Brexit, año 10: las réplicas del sismo todavía agrietan el Reino Unido
El referéndum que debía curar una fractura dentro del Partido Conservador ha perpetuado el debate, tribalizando la política británica, atizando la xenofobia y socavando la economía
LondresA media tarde del 24 de junio de 2016, Rhys Morgan y Polly Corrigan, vecinos de este corresponsal, llamaron a la puerta de casa. Venían cargados de té y galletas como muestra de desagravio por lo que había pasado el día anterior. El 23 de junio, el próximo martes, hará una década que más de 17 millones de británicos votaron por romper una relación de cuarenta y un años con la Unión Europea (UE). Todo ello por un margen estrecho: el 51,9% contra el 48,1%. Las hogueras de la verbena quemaron en Westminster mucho más que en Cataluña.
Política tribal: cómo el Brexit dividió Gran BretañaTribal politics: how Brexit divided Britain, "la psicología humana hace que sea muy difícil admitir el error: sencillamente, no nos gusta equivocarnos". Como se verá más adelante, esto explicaría, en parte, que solo el 18% de los votantes del Leave hayan cambiado de opinión.
Los acontecimientos se precipitaron aquella mañana de San Juan. Poco antes de las diez, el premier David Cameron anunció su dimisión por haber perdido un referéndum que nadie le había pedido, a excepción de los más euroescépticos de su partido. Cuando anunció que lo convocaría, en enero del 2013, solo el 2% de la población consideraba la UE una cuestión relevante para sus vidas. Cameron se disparó un tiro, no en el pie, sino en la cabeza.
Con la consulta –ni Escocia ni Irlanda del Norte aprobaron la ruptura, pero se ratificó por el peso demográfico de Inglaterra–, el premier pretendía unir el Partido Conservador. Ahora, sin embargo, los toriesestán más divididos que nunca, y las fugas hacia la extrema derecha del gran impulsor del Brexit, Nigel Farage y su Partido Reformista, continúan. En las elecciones locales del 7 de mayo, esta formación ha sido la que ha crecido más, hecho que confirma el acta de defunción del bipartidismo tradicional de Westminster.
El terremoto se hizo realidad, aunque se tardó casi cuatro años en formalizar el acuerdo de salida. En octubre de aquel 2016, la sustituta de Cameron, Theresa May, intentó explicar qué era el Brexit con un eslogan banal: "Brexit means Brexit" (Brexit significa Brexit). El problema es que nadie sabía cómo descifrar el jeroglífico ni tenía ningún plan para llevarlo a la práctica. Se improvisó sobre la marcha sin tener en cuenta los cambios estructurales, comerciales, laborales, económicos, legales, vitales y constitucionales que supondría, tanto para los que lo apoyaron como para los que no. Incluso se puso en riesgo la estabilidad de los Acuerdos de Paz de Viernes Santo.
No son bienvenidos
Tampoco se pensó en los más de tres millones de ciudadanos comunitarios que habíamos hecho del Reino Unido nuestro hogar y que, de repente, sin haber podido decir ni pío, teníamos que asumir un mensaje muy explícito: no sois bienvenidoscon deportaciones de inmigrantes sin papeles a gran escalaUna década después, la demonización continúa y se ha agravado. Farage es ahora líder del mencionado Partido Reformista, y aspira a ocupar el número 10 de Downing Street después de las elecciones generales, en principio previstas para 2029. Incluso ha amenazado con deportaciones de inmigrantes sin papeles a gran escala, como hace Donald Trump, y también con restringir los derechos de los residentes legales comunitarios, protegidos por el acuerdo de retirada firmado entre Londres y Bruselas.
Mi vecina Polly Corrigan murió hace unos años, con menos de cincuenta, víctima de un cáncer maldito. Pero el Brexit sigue entre nosotros. Ya no ocupa los titulares de prensa como hace cinco o seis años, pero está presente entre los mismos británicos, divididos en dos bandos: leavers y remainers. "Una identidad tribal muy fuerte que supera identificaciones tradicionales, como entre laboristas y conservadores", dice Sara Hobolt. El novelista Jonathan Coe lo reflejó ya hace años (2018) en la novela Middle England.
El país, y esto ya no es excepcional en Occidente, sufre una "polarización profunda", asegura la politóloga. "La gente no solo ve a los del otro grupo como gente con opiniones diferentes sobre la UE, sino que en cuestionarios abiertos también utiliza descripciones espontáneas muy poco halagadoras. Los remainers describen a los leavers como personas fácilmente manipulables, crédulas, poco instruidas, xenófobas, racistas, cortas de miras y tontas. Y los leavers describen a los remainers como privilegiados, arrogantes, idiotas, cortas de miras, malos perdedores y poco demócratas". Coe también lo recoge con términos muy parecidos.
Como era de esperar, la desconfianza provocada por el Brexit –y por actitudes desafiadoras como las del primer ministro, Boris Johnson, que llegó a decir que podía firmar el Protocolo de Irlanda del Norte, pero que igualmente podría incumplirlo–, ha ensanchado la distancia entre el Reino Unido y la UE. Los 33,2 kilómetros que separan Dover de Calais, el punto más cercano entre el continente y el territorio de las islas, se ha multiplicado por diez o quizás por cien. El Brexit flota como un zombi por las aguas del canal de la Mancha.
Con Rhys Morgan hemos continuado hablando de vez en cuando de Polly, del divorcio con la UE, del caos generado en la política británica desde entonces, de la demagogia y de las mentiras que lo hicieron posible. También de los errores de unos gobiernos que abonaron el campo para que estallara lo que, sin duda, fue un voto de protesta del norte de Inglaterra contra Westminster. Y, claro, hablamos de las enormes consecuencias de aquella decisión: algunas estructurales –impacto en el crecimiento económico, la productividad, las inversiones, la inmigración– y otras que son pequeños tropiezos cotidianos.
Este verano, cuando Rhys y toda su familia extensa –unas veinte personas, entre las que se encuentra Eluned Morgan, ex primera ministra de Gales– vayan a la casa que han reservado en Mallorca para ver y vivir el eclipse, tendrán que someterse a los controles fronterizos digitales. Desde el 10 de abril, todos los británicos que entren por primera vez en uno de los 29 países del espacio Schengen deben registrar sus datos biométricos y dejar sus huellas. Viajar a Europa es más caro y más lento. Ya se han denunciado horas de colas en los aeropuertos y las aerolíneas alertan a sus clientes de que deben llegar con un mínimo de tres horas si no quieren arriesgarse a perder los vuelos.
Los datos del móvil, sin obligación de roaming gratuito, también son más caros. La nueva tarjeta sanitaria GHIC tiene menos prestaciones que la antigua europea. El seguro médico se ha convertido en casi indispensable para cualquier británico que quiera ir a Lloret o a Magaluf. Para actuar, dar conferencias o prestar servicios, muchos profesionales necesitan visados específicos o permisos temporales, que varían según el país. Los músicos y técnicos de gira deben asumir costes y burocracia adicionales. La lista de obstáculos es larga. Más allá de los daños económicos y la xenofobia, no es el fin del mundo, pero los cambios experimentados son molestos.
y sustituyó a Theresa May al frente del ejecutivo. Para muchos observadores, su apoyo al Brexit respondió menos a una convicción ideológica profunda que a un cálculo político personal.
Una alianza contra natura
Ahora bien, el apoyo a una posible vuelta a la UE no se traduce en un consenso sobre cómo deberían ser las futuras relaciones con la UE. Hay una mayoría favorable a una vinculación más estrecha, incluida la posibilidad de volver al mercado único o a la unión aduanera. Sin embargo, cuando se plantean medidas concretas –aceptar regulaciones europeas en materia agroalimentaria para facilitar el comercio–, las "opiniones son mucho más divididas y a menudo dependen de la manera como se formula la pregunta", dice el profesor de la Universidad de Strathclyde (Glasgow) John Curtice, el mayor especialista en demoscopia del país, que ha analizado los datos para el think tank UK in an Changing Europe.
cúspide entre los representantes de la UE y el gobierno británicoFinalmente, rechazó una oferta de David Cameron de entrar a formar parte de su gobierno –como ha revelado el propio Cameron en un documental de la BBC–, y se decantó por el Brexit. Dos años después del referéndum, Johnson consiguió el liderazgo del Partido Conservador y sustituyó a Theresa May al frente del ejecutivo. Para muchos observadores, su apoyo al Brexit respondió menos a una convicción ideológica profunda que a un cálculo político personal.
Si Johnson –además de Nigel Farage– fue la cara más visible, Matthew Elliott fue uno de los cerebros que había detrás, junto con Dominic Cummings, exjefe de gabinete de Johnson durante el primer año de su mandato. Elliott, miembro de la Cámara de los Lores y director de la campaña del Leave, forma parte de los sectores políticos y económicos que impulsaron el Brexit con una agenda marcadamente liberalizadora.
Él y otras personas estaban convencidos de que la salida de la UE permitiría al Reino Unido reducir regulaciones, recuperar soberanía normativa y negociar con más libertad sus propios acuerdos comerciales globales. El sueño era desregular al máximo y bajar impuestos al mínimo. Todo para construir una especie de Singapore-on-Thames y transformar la economía británica imitando la de la ciudad estado del sudeste asiático.
Con una retórica muy emocional –recuperemos el control de nuestras fronteras, leyes y economía–, aquel proyecto consiguió sumar amplios sectores de las clases populares más castigadas por la crisis financiera del 2008, no necesariamente partidarias de la desregulación económica, ya que son herederas de una tradición de estado de bienestar posterior a la Segunda Guerra Mundial.
La desconfianza creciente hacia Westminster, alimentada en buena parte por el escándalo de los gastos de los parlamentarios del 2009, y por las políticas de austeridad impulsadas por el gobierno de David Cameron con la excusa de la crisis del 2008, se convirtió en uno de los principales combustibles del Leave. Este grupo formó una alianza contra natura con el establishment neoliberal, que respondió muy bien al mensaje emocional y a la culpabilización del extranjero de sus males. Dos sensibilidades y tradiciones muy diferentes confluyeron en una misma papeleta.
Elliott continúa defendiendo su posición. A su parecer, el peso económico relativo de la Unión Europea en el mundo no ha dejado de disminuir y esto justifica que el Reino Unido busque oportunidades comerciales más allá del continente. "Cuando entramos en el Mercado Común en los años setenta, el PIB de los nueve estados miembros de entonces representaba el 35% del PIB mundial. Actualmente, los 27 estados de la UE representan el 15% del PIB global, y será del 10% en 2040. Prefiero mucho más un Reino Unido que tenga la flexibilidad para aprovechar estas oportunidades comerciales en el futuro", dijo hace unos días en un coloquio en la London School of Economics.
Diez años después, la paradoja es aleccionadora. Una consulta convocada para acabar con un debate histórico dentro de los conservadores ha dividido y polarizado la sociedad, ha castigado la economía y ha perpetuado el dilema. El 22 de julio, Bruselas acogerá una segunda cumbre entre los representantes de la UE y el gobierno británico para llevar a cabo lo que el primer ministro, Keir Starmer, llama un reset en las relaciones mutuas.
El martes pasado, desde la reunión del G-7 en Francia, el premier insistió en que el objetivo es "volver a situar el Reino Unido en el corazón de Europa". Sin embargo, este acercamiento aún está limitado por las líneas rojas que los mismos laboristas se autoimpusieron en el programa electoral de 2024, y que son las mismas que implica el Brexit: ni libre circulación de personas por miedo a las retóricas xenófobas, ni reincorporación al mercado único, ni entrada en la unión aduanera.
Londres aún quiere la cuadratura del círculo: estar en el corazón de Europa manteniéndose fuera de las principales estructuras de integración de la UE. Las réplicas del seísmo continúan.