El presidente español, Pedro Sánchez, en una imagen reciente en la cumbre de la OTAN en Turquía.
31/07/2026 - 07:27 h.
Jefe de Internacional
3 min

La tarde del jueves, después de entender que la entrada masiva de jóvenes marroquíes a Ceuta era, sobre todo, un movimiento político, desde el ARA contactamos con varios expertos en la región para intentar descifrar el por qué ahora. La respuesta de todos ellos fue que era demasiado pronto para tener pistas claras. Me agradó especialmente el mensaje que me trasladó uno de ellos: "Más que a mí, las preguntas hay que hacerlas a Marruecos".

A estas alturas de la película, sería ingenuo obviar la vocación política, estratégica y diplomática de las imágenes que vimos el jueves, y que tanto recordaban a la crisis de Ceuta del 2021, uno de los grandes sobresaltos en los más de ocho años de mandato de Pedro Sánchez. La presión migratoria es una de las armas más utilizadas en el contexto de guerra híbrida en el que vivimos los europeos. La política exterior española hace décadas que vive condicionada por este fenómeno. También la de la Unión Europea. La imprevisibilidad acentuada que caracteriza el orden internacional de hoy hace pensar que el contexto de guerra híbrida se intensificará y mutará en los próximos años. España, y también Europa, tienen que entender que las dependencias y vulnerabilidades geopolíticas se pagan mucho más caras hoy que hace una década, y que la sensación de desprotección ante los consiguientes chantajes es, en muchos casos, real.

Fruto de esta posición de fuerza geopolítica respecto a Madrid, Marruecos ha sido, es y será la mayor injerencia extranjera para la política española. Rabat tiene la clave para desencadenar cuando quiera una crisis migratoria que tiene incidencia directa en la agenda del Congreso y, aún peor, en la forma como los españoles deciden su voto. La inmigración, estigmatizada e instrumentalizada en todo el mundo, se ha consolidado como un tema altamente sensible para cualquier gobierno europeo. Como sucedió en 2021, lo que acabe pasando estos días en Ceuta, y también en Melilla, dejará huella en la popularidad del ejecutivo de Sánchez, ahora en horas bajas, pronto en momentos decisivos.

Si admitimos que los acontecimientos en Ceuta han sido un movimiento de presión diplomática de Rabat, evidentemente me intriga saber qué mensaje ha querido lanzar la política marroquí al gobierno español. Puede ser una respuesta al reciente viaje de Pedro Sánchez a Argelia, vecino y rival regional de Marruecos. También puede ser un pataleo por la proposición de ley que busca conceder la nacionalidad española a los saharauis nacidos cuando el Sáhara Occidental era colonia española. O también puede llegar, como se especula en las últimas horas, a raíz de una presión de Israel y los Estados Unidos —buenos amigos de Sánchez— a Rabat. Puede ser, efectivamente, una mezcla de todo.

En la Moncloa se dice a menudo que las relaciones con Rabat deben hacerse con guantes de seda. Enfadar al vecino del sur ha comportado casi siempre una respuesta. La mencionada crisis en Ceuta de 2021 venía después de que el gobierno de Sánchez permitiera la entrada en territorio español del líder del Frente Polisario por motivos médicos. La sorprendente decisión, en 2022, de dar apoyo al plan de autonomía de Marruecos para el Sáhara Occidental solo se puede entender en el marco de esta estrategia de chantaje desde Rabat. Aquel cambio de postura es todavía hoy la decisión más controvertida de Sánchez en política exterior.

Y esto nos lleva a otro titular, todavía en construcción: Marruecos ha sido, es y, probablemente, será la gran incoherencia del estudiadísima y celebradísima política exterior del gobierno de Pedro Sánchez, que, precisamente, intenta basarse en la coherencia. Y el titular no es mío. Me lo dijeron hace unos meses un grupo de personas que forman parte del círculo más cercano del presidente español.

Los mapas son los mapas y los vecinos están condenados a ser siempre vecinos y, mientras Madrid continúe encontrándose en una posición de dependencia frente a Rabat en la gestión de la frontera, Marruecos continuará siendo la kriptonita de España.

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