Kramatorsk, la ciudad donde solo se oyen drones
El último gran bastión ucraniano en el Donbás resiste a los enjambres rusos mientras continúan las evacuaciones de los que aún no han huido
Kramatorsk (Ucrania)¡Solo se oyen drones! Solo hay oscuridad y el zumbido de los motores de los pequeños drones, interrumpido de vez en cuando por alguna explosión cuando encuentran una víctima. Los hay de otros, mucho más grandes, que no hacen ningún ruido. Solo se oye la detonación. "Es aterrador", me dice Andrei, uno de los pocos habitantes que quedan en Kramatorsk. La mayoría son evacuados por orden del gobierno.
La policía tiene una unidad especializada que va a los domicilios de los escasos vecinos que todavía ocupan pisos en edificios prácticamente desiertos. El resto ya ha huido. Esta unidad la forman tres policías. Usan una furgoneta que, vista desde fuera, no se diferencia mucho de las que se podría encontrar en cualquier ciudad europea. El interior, sin embargo, está completamente recubierto de un blindaje artesanal: placas de acero protegen todo el habitáculo y dos puertas correderas –una en el lateral y la otra en la parte trasera– dan acceso a él.
"Depende del dron", nos responde uno de los agentes cuando le pregunto si este blindaje sería capaz de resistir un impacto. La cuestión es que muchos policías ya han muerto intentando evacuar personas de otras ciudades, a pesar de estas protecciones. Solo los vehículos militares pueden soportar el impacto de algunos drones, y ni siquiera de todos los modelos.
Procedimiento mecánico
El procedimiento de evacuación es siempre el mismo, casi mecánico. Según si hay drones sobrevolando la zona o no, la operación se lleva con más o menos rapidez. Hoy toca un edificio de catorce plantas, sin ascensor porque no hay electricidad. También hay cortes de agua. La misión es evacuar a una familia de cinco personas, incluida la abuela, de 91 años, a quien hay que ayudar a bajar las escaleras. Los cinco se llevan unos pocos objetos personales.
Suben a la furgoneta, que se dirige hacia un punto indeterminado de la ciudad, donde van llegando otros vehículos, algunos blindados y otros no, tanto de la policía como de ONG locales. Transportan más evacuados. Un policía saca una foto a cada uno y anota los nombres en una lista. Son las personas que, finalmente, subirán a un autobús con destino a un lugar más seguro. Detrás dejan toda una vida de recuerdos y una casa a la que no saben si algún día podrán volver.
Los policías emprenden el camino de regreso a la ciudad. Son cerca de las siete de la tarde. A las ocho, Kramatorsk quedará sumergida en una oscuridad absoluta. El último gran bastión ucraniano en el Donbás se transforma literalmente en este momento. La ciudad ha pasado de unos 200.000 habitantes antes de la guerra a 58.000. Los que todavía viven allí –la mayoría militares y personal civil esencial– desaparecen de las calles a medida que bajan las persianas de los establecimientos que continúan abiertos, básicamente cafeterías y algún restaurante que han sobrevivido a los bombardeos.
El gran supermercado de la plaza del Ayuntamiento ofrece una imagen apocalíptica. La mayoría de los cristales se han hecho añicos y han desaparecido. El edificio de enfrente presenta impactos directos, y al lado está el hotel de Kramatorsk, ahora partido literalmente por la mitad a raíz de un bombardeo. Presidiendo la gran plaza se alza el majestuoso edificio del Ayuntamiento, sin ventanas, sustituidas por planchas de madera, y con numerosos impactos de metralla procedentes del bombardeo del restaurante situado justo enfrente.
En las calles de los alrededores ya se han instalado las redes que sirven para detener los drones suicidas más pequeños. Pero solo una parte muy reducida de la ciudad dispone de esta protección. Unas calles más arriba, Nicolai señala un edificio medio destruido, justo enfrente del piso que nos ha alquilado. "Esto fue hace dos días", dice. Últimamente, todos los ataques se concentran en esta zona de la ciudad. Ya ni siquiera queda la luz de los semáforos que pueda sugerir algún rastro de vida en esta urbe fantasma. En las calles no hay nadie. Los pocos coches que circulan lo hacen a gran velocidad. El resto están escondidos bajo arbustos o árboles, como si así pudieran protegerse de los drones.
Durante la noche nadie sale de casa. Todos tapan las ventanas con cartones y lonas, con la esperanza de que la luz del interior no los delate como objetivos. Muchos drones, sin embargo, ya utilizan sistemas de detección térmica. Bajo un bombardeo convencional, siempre hay un factor de azar; con los drones, este componente prácticamente desaparece.
Objetivos prioritarios
Las redes sociales están llenas de vídeos que han publicado ambos bandos en los que se ven víctimas durante los últimos instantes de su vida. El terror queda reflejado en sus rostros. Son unos segundos interminables en los que saben que morirán. Después, las antenas del dron impactan contra el cuerpo y la carga explosiva estalla.
"Somos objetivos prioritarios de los rusos porque los drones han cambiado el equilibrio de la guerra", explica Dimitro. Es ingeniero de profesión y el encargado de hablar con la prensa. Me enseña el último modelo de dron terrestre que fabrica su empresa. Es una especie de carretilla de seis ruedas capaz de transportar suministros logísticos hasta la primera línea del frente. "Este modelo cuesta una sexta parte de lo que vale el equivalente fabricado en Europa". Es un sistema autónomo que toma sus propias decisiones, aunque también puede ser controlado manualmente. Lo mismo ocurre con los drones aéreos. Ya son plenamente autónomos. Es decir, utilizan inteligencia artificial, aunque –insisten siempre– la decisión final continúa en manos de un operador humano.
Los hay de todo tipo: desde los sencillos drones suicidas, que a duras penas cuestan 800 dólares y que, mayoritariamente, se fabrican con impresoras 3D y componentes chinos, hasta otros capaces de interceptar drones enemigos de diferentes dimensiones. Estos últimos son los encargados de defender las ciudades cuando Rusia envía un enjambre de drones. También los hay más grandes, capaces de recorrer largas distancias para llegar a sus objetivos.
Al final todo es una cuestión de números. Todos los sistemas de defensa antiaérea tienen una capacidad limitada. Solo hay que superarla. Por eso, la clave acaba siendo quién es capaz de fabricar más drones al menor coste posible y, al mismo tiempo, adaptarse más rápidamente a las contramedidas tecnológicas que tanto Rusia como Ucrania van desarrollando.
La transformación que ha provocado la guerra marca un punto de inflexión de cara a los conflictos del futuro. Ha quedado demostrado que los sofisticados y carísimos sistemas tradicionales de defensa antiaérea de las grandes potencias son obsoletos e insuficientes ante unas tecnologías que evolucionan a velocidad de vértigo.
Ucrania se ha situado a la vanguardia en la fabricación de drones y ha sido capaz de convertir una guerra inicialmente asimétrica en un conflicto en el que incluso puede afectar a Moscú, como demostró el reciente ataque de cientos de drones ucranianos contra una refinería situada en la misma capital rusa. Después de aquel ataque, Vladímir Putin tuvo que admitir que "su país atraviesa un momento difícil", mientras que Volodímir Zelenski parece haber encontrado finalmente un cierto equilibrio estratégico: "Si arde Ucrania, arde Moscú." El jueves de madrugada, Kiev ardió con fuerza. Un ataque devastador con más de 500 drones causó al menos 21 muertos.