El primer ministro de Armenia, Nikol Pashinián, con el presidente ruso, Vladímir Putin, en Moscú el 1 de abril.
06/06/2026
Periodista
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Por primera vez, a Vladímir Putin le inquietan los resultados de unas elecciones parlamentarias en Armenia como las de este domingo. Si las encuestas se confirman y el primer ministro, el liberal Nikol Pashinián, renueva su mandato, el Kremlin puede encontrarse con una Armenia dispuesta a dejar de ser un protectorado ruso.

Armenia ha sido un satélite de Rusia desde que se incorporó a la Unión Soviética en 1922, arrastrando el dolor por el genocidio provocado por Turquía en 1915 –en plena Primera Guerra Mundial– durante el cual fueron exterminadas más de un millón y medio de personas de identidad armenia esparcidas por la península de Anatolia. Para los turcos, se trataba de una etnia portadora de todo tipo de maldades, similar a lo que representaban los judíos para los nazis. No es nada extraño, pues, que en 1939, en vísperas del pacto germano-soviético que dio impulso a la Segunda Guerra Mundial, Hitler no se contuviera de exclamar con fuerza: "¿Y quién se acuerda ahora, de los armenios?"

Hitler gritó tan fuerte en 1939 como Putin calló en 2015, durante los actos de memoria por los cien años del genocidio en las comunidades de Anatolia. El amo del Kremlin ignoraba la matanza y, si era necesario, no se abstenía de defender los supuestos derechos de Azerbaiyán –de identidad turcomana– a la hora de exigir la anexión de la región del Alto Karabaj, a pesar de que era de mayoría armenia. Anexión consumada hace ahora tres años, en otoño de 2023. Ya en tiempos de la URSS, Moscú procuraba mantener las mejores relaciones con Azerbaiyán, la manera de preservar el acceso a las reservas de gas y de petróleo de la república azerí, las más potentes del Cáucaso.

Así, Vladímir Putin tiene en mente que es tan importante el control energético del Caspio como la sumisión de Armenia. Y sabe que un primer ministro como Nikol Pashinián no se abstendrá de cuestionar ni la pertenencia de Armenia a la OTSC –la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, la versión rusa de la OTAN— ni a la UEE, la Unión Económica Eurasiática, controlada también por el Kremlin. Pashinián, no obstante, es un pragmático dispuesto a evitar conflictos estériles con los rusos. Por eso ya ha avisado a la población armenia que hay que renunciar al Alto Karabaj y hacer las paces con Azerbaiyán. Porque, de hecho, fue un grave error histórico reivindicarlo en 1988 en plena perestroika, y es así como acabó perdiendo la razón política y la fuerza.

Acercamiento a la UE

Con todo, lo que se prevé que no hará Pashinián es cambiar su agenda repleta de contactos y encuentros con dirigentes de la Unión Europea. Hasta el punto de que hace unas semanas Ereván, la capital armenia, acogió la cumbre de la Comunidad Política Europea –un organismo que intenta superar las limitaciones comunitarias– a la que asistió el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski. Una presencia que el Kremlin se tomó como una ofensa a la memoria de los armenios que lucharon contra el nazismo en suelo soviético.

El señalamiento de los liberales de Nikol Pashinián como potenciales enemigos del régimen putinista plantea la posibilidad de que Moscú haya estado interviniendo con sus hackers en el proceso electoral de este domingo. El Kremlin no puede permitirse perder Armenia en unos momentos en los que no ha conseguido imponerse en Ucrania, y amenaza con lo que más daño puede hacer: cortar el suministro de gas y de petróleo al mismo tiempo que repite el canturreo que más duele: “Sin nosotros os extinguiréis como pueblo”. 

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