Irán ha amenazado este jueves con destruir "todas las infraestructuras" estadounidenses en la región si Estados Unidos ataca las suyas. La advertencia llega después de que la Casa Blanca amenazara con destruir la semana que viene todas las centrales eléctricas y puentes de Irán si Teherán no acepta sentarse a negociar. Por su parte, la Casa Blanca ha asegurado que Irán continúa hablando con ellos y que quiere llegar a un acuerdo.Mientras tanto, han continuado los ataques. Irán asegura que ha continuado apuntando contra objetivos de Estados Unidos en el Golfo y que sus proyectiles han impactado contra Jordania, Kuwait y Bahréin. Teherán también ha acusado de "crimen de guerra" el ataque estadounidense cerca de un hospital oncológico infantil, y EE.UU. ha atacado un aeropuerto de Irán, sin causar víctimas.
El acuerdo para llevar la paz al sur del Líbano choca con la realidad sobre el terreno
Hezbollah rechaza el acuerdo y Israel no parece dispuesto a retirarse del sur del país
BeirutLas explosiones continúan marcando el ritmo en el sur del Líbano mientras en las salas de negociación se intenta dar forma al futuro de la frontera. En Washington hablan de dar pasos hacia las "primeras "zonas piloto" previstas en el acuerdo marco entre el Líbano e Israel". Pero a solo unos cuantos kilómetros de la línea de demarcación la realidad es bien diferente: el ejército israelí mantiene las posiciones y continúa las operaciones contra lo que considera infraestructura de Hezbolá, y los pueblos fronterizos todavía esperan una retirada para la cual no se ha fijado ninguna fecha.
Sobre el papel hay un acuerdo. Sobre el terreno casi no se ha resuelto nada. La última ronda de conversaciones, celebrada esta semana en Roma –la sexta desde que comenzaron los contactos directos bajo la mediación de los EE. UU.–, permitió avanzar los detalles técnicos necesarios para implementar el acuerdo alcanzado a finales de junio". Pero también puso al descubierto el problema principal: pasar de los compromisos políticos a la realidad.
Las llamadas zonas piloto serán la primera prueba del acuerdo. Sobre el papel el mecanismo es sencillo. Israel se retiraría gradualmente de ciertas zonas, el ejército libanés tomaría el control y se garantizaría el fin de la presencia militar de Hezbolá. Pero la implementación continúa llena de obstáculos. Aunque todavía no hay una lista oficial definitiva, Beirut pide un calendario claro, e Israel insiste en verificar primero que estas zonas estén libres de la infraestructura militar del movimiento chií y en definir quién supervisará el proceso.
Esta diferencia refleja el punto principal de desacuerdo: para el Líbano, la retirada israelí debe abrir el camino para que el estado asuma el control; para Israel, la retirada depende, antes que nada, de garantizar su seguridad. En medio de esto está el ejército libanés. Su misión no será solo desplegar tropas, sino también asumir el control de áreas donde el movimiento chií ha mantenido una presencia militar y política dominante durante años. El reto será identificar y eliminar la infraestructura militar del movimiento sin provocar un conflicto interno.
Beirut mantiene que cualquier acción debe cumplir la ley libanesa. Israel pide un sistema de verificación para garantizar que sus tropas no abandonan zonas que podrían volver a convertirse en una amenaza. Washington busca intervenir como garante del proceso. Pero el obstáculo no es solo militar, sino también político.
Hezbollah observa el proceso desde fuera. El movimiento no ha participado en las negociaciones mediadas por los EUA entre Beirut y Tel Aviv y rechaza un acuerdo que considera contrario a sus intereses. Sus líderes sostienen que el futuro de sus armas no se puede decidir sin ellos. El diputado Hassan Fadlallah ha calificado el acuerdo de "inaplicable", mientras que el gobierno libanés defiende precisamente lo contrario: restablecer la autoridad del estado sobre el territorio y fortalecer el ejército como única fuerza militar reconocida.
Mientras Beirut intenta avanzar, Israel se mantiene firme en sus condiciones. Donald Trump ha pedido a Benjamin Netanyahu que retire las fuerzas israelíes desplegadas en Líbano y Siria, pero el mensaje de Jerusalén es diferente. El ministro de Defensa, Israel Katz, ha insistido en que Israel se mantendrá en las llamadas zonas de seguridad mientras considere que hay amenazas cerca de sus fronteras. Sobre el terreno, esta postura se traduce en una presencia militar continuada y nuevas operaciones en las localidades del sur del Líbano, donde las explosiones continúan alimentando las dudas sobre la implementación real del acuerdo.
Diferencias fundamentales entre los EUA e Israel
La prueba política llegará el martes a Washington, donde el presidente libanés, Joseph Aoun, tiene previsto reunirse con Donald Trump. La reunión llega después de la cancelación definitiva del viaje de Netanyahu a Estados Unidos y de la comunicación de Israel Katz al Pentágono sobre la intención de Israel de mantener sus posiciones en Líbano, Siria y Gaza. El intercambio refleja una diferencia fundamental entre los dos aliados: mientras que Trump busca progresos diplomáticos en Oriente Medio y cree que una retirada parcial de Israel podría favorecer este objetivo, Israel insiste en que su presencia militar es una necesidad de seguridad y no está dispuesto a abandonar posiciones que considera estratégicas.
Para Aoun, la visita será una oportunidad para medir el alcance real de la capacidad de influencia de los EE. UU. sobre Israel. El presidente libanés busca un calendario para las primeras zonas piloto, más apoyo para el ejército y garantías de que Washington utilizará su influencia para presionar a favor de una retirada israelí. Los informes sobre el establecimiento de nuevos puestos militares permanentes israelíes en la región añaden una complicación más a un proceso que ya avanza en medio de diferencias profundas. Tampoco se ha decidido quién supervisará el proceso. El futuro de la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas para el Líbano está en duda, y se están considerando nuevos acuerdos que comporten más implicación de los EE. UU. y la posible participación de países europeos, aunque Israel tiene reservas sobre la misión de la ONU.
El acuerdo marco ha abierto una oportunidad diplomática después de meses de guerra. Pero la prueba verdadera empieza ahora, lejos de las mesas de negociación. En el sur del Líbano, donde las tropas israelíes continúan desplegadas y el ejército libanés debe asumir un papel que no ha ejercido nunca, la implementación del acuerdo dependerá de decisiones que parece que nadie está plenamente preparado para tomar.