El acuerdo entre Tel Aviv y Beirut no responde a la pregunta más urgente: ¿cuándo acabará la ocupación israelí?
Israel ha dejado claro que no se retirará del sur del Líbano hasta que el ejército libanés demuestre que ha desmantelado Hezbollah
BeirutHace una semana en Washington hubo sonrisas, apretones de manos y un acuerdo presentado como el inicio del final de la guerra entre Israel y el Líbano. Sin embargo, la situación sobre el terreno apenas ha cambiado. Los soldados israelíes continúan desplegados en partes del sur del Líbano y miles de residentes aún están desplazados, esperando volver a sus pueblos devastados por la guerra. El documento, presentado por Estados Unidos como el primer paso para estabilizar la frontera y restablecer la autoridad del estado libanés, deja sin respuesta la pregunta más importante: ¿cuándo acabará realmente la ocupación israelí?
El texto no fija una fecha para la retirada. La condiciona. Israel ha dejado claro que no se retirará de las zonas ocupadas hasta que el ejército libanés demuestre que ha desmantelado la infraestructura militar de Hezbolá y ha eliminado cualquier amenaza para su seguridad. Es un cambio que puede parecer técnico, pero que altera profundamente la lógica de las negociaciones que se han estado llevando a cabo durante décadas.
Hasta ahora, la posición tradicional de Beirut era sencilla: primero la retirada israelí, después el despliegue del ejército libanés y, finalmente, la extensión de la autoridad estatal sobre el sur del país. El nuevo acuerdo invierte esta secuencia. Antes de que Israel considere la retirada, el ejército debe desplegarse en las llamadas zonas piloto, localizar y confiscar armas, desmantelar las posiciones de Hezbolá y demostrar que la zona está bajo control.
Sobre el papel, el mecanismo parece sencillo. En la práctica, presenta al ejército libanés una de sus misiones más delicadas desde el final de la guerra civil. Los soldados deberán ser desplegados en ciudades donde Hezbolá ha mantenido una infraestructura militar significativa durante años, y convencer a una población profundamente marcada por la guerra de que el estado vuelve para quedarse. Todo esto mientras Israel continúa ocupando parte del territorio y se reserva la capacidad de intervenir militarmente si considera que persisten amenazas para su seguridad. Para Beirut, el reto no es solo desarmar a una organización que todavía mantiene una base política y social significativa, sino también hacerlo sin provocar un conflicto interno que el país apenas podría soportar.
Washington seguirá de cerca el proceso. Los Estados Unidos supervisarán la implementación del acuerdo y formarán las unidades libanesas responsables de estas operaciones, una señal de que nadie espera una misión rápida. El éxito de cada fase será evaluado por un mecanismo con representantes norteamericanos e israelíes. Solo entonces podrá comenzar una retirada gradual.
La cuestión no es solo si el ejército libanés será capaz de llevar a cabo esta tarea. También es cuánto tiempo podría tardar. El acuerdo no establece plazos ni define exactamente qué constituye una amenaza para la seguridad de Israel. Tampoco especifica cuándo se podría considerar que esta condición se ha cumplido. En la práctica, el calendario resta abierto y la decisión final depende de una evaluación en la que Israel tendrá un papel decisivo.
No es la primera vez que un acuerdo patrocinado por Washington vincula la retirada israelí a una precondición. En 1983 otro pacto firmado entre los dos países estipulaba que Israel se retiraría del sur del Líbano una vez las tropas sirias también se hubieran retirado. Damasco no aceptó nunca esta condición y el acuerdo finalmente se hundió pocos meses después. Israel permaneció en el sur durante dieciséis años más. Las circunstancias en 2026 son muy diferentes, pero el precedente ha vuelto inevitablemente al debate político libanés.
Un acuerdo desigual
Esta incertidumbre también explica la amplitud de las críticas que el acuerdo ha provocado dentro del mismo Líbano. La oposición no proviene únicamente de Hezbollah y de su aliado Amal. Figuras y partidos fuera del eje proiraní también han expresado reservas, aunque por diferentes motivos. Algunos cuestionan la ausencia de un calendario vinculante para la retirada israelí; otros temen que el acuerdo limite la capacidad del estado libanés de denunciar futuras violaciones israelíes en foros internacionales. A pesar de estas diferencias, hay un punto de acuerdo: la sensación de que las obligaciones impuestas a Beirut son mucho más precisas y medibles que las asumidas por Israel.
En Beirut, nadie cuestiona que el estado quiera recuperar el control del sur, ni que el monopolio de armas sea un problema que se deberá resolver más pronto que tarde. La verdadera cuestión es otra: quién fija el calendario. El acuerdo establece con precisión qué debe hacer el Líbano, pero deja las obligaciones de Israel mucho más abiertas.
Mientras que el ejército libanés se prepara para desplegarse en las primeras zonas piloto con el apoyo y el entrenamiento de EE. UU., el gobierno de Benjamin Netanyahu insiste en que sus tropas permanecerán sobre el terreno hasta que se haya eliminado cualquier amenaza para su seguridad. Esto significa que la retirada ya no está ligada a un calendario, sino que ahora depende de una evaluación política y militar, cuyo resultado nadie puede predecir. Puede durar meses. Puede alargarse años.