Kilómetro a kilómetro por la nueva frontera del sur del Líbano

El ARA se adentra con los Cascos Azules en los territorios del país ocupados por Israel

El pueblo de Odaisseh, al sur del Líbano ocupado por Israel, donde el 85% de los edificios están totalmente destruidos y el 15% están parcialmente.
27/07/2026 - 07:01 h.
4 min

Kfar Kila (Sur del Líbano)El blindado avanza poco a poco. No por precaución, sino porque cada kilómetro exige volver a aprender un territorio que ha cambiado. Hace unas semanas esta carretera continuaba cerrada incluso para los Cascos Azules de las Naciones Unidas. Por primera vez en unos cuantos meses, una patrulla de la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas en el Líbano (FINUL) va del sector este al oeste del sur del país. Para los soldados es un trayecto. Para el Líbano, el reflejo de una nueva realidad.

"Para nosotros, es importante reabrir el sector este. Hacía bastantes meses que no podíamos venir –explica el teniente Thomas mientras el convoy abandona el cuartel de Deir Kifa–. Ahora recuperamos nuestra libertad de movimientos y podemos volver a ayudar a la población".

La carretera que recorremos durante meses estuvo fuera del alcance de la misión internacional. La guerra entre Israel y Hezbolá convirtió estas localidades fronterizas en una zona de combate, pero el alto el fuego y después el acuerdo marco abrieron una nueva etapa. No significa que la normalidad haya vuelto, sino que algunos movimientos vuelven a ser posibles.

Durante décadas, la referencia al sur del Líbano fue la Línea Azul, la línea de demarcación establecida por las Naciones Unidas entre el Líbano e Israel tras la retirada israelí del año 2000. Hoy, esta frontera ya no explica completamente lo que pasa sobre el terreno. La nueva realidad está marcada por la llamada Línea Amarilla, una franja de seguridad bajo control israelí que se adentra hasta diez kilómetros en territorio libanés y que ha transformado la geografía militar de la frontera.

La disputa sobre esta franja también continúa en el terreno político. Mientras el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, insiste en que Israel mantiene su zona de seguridad, el ejército libanés denuncia nuevas violaciones del alto el fuego que dificultan su despliegue en varias zonas del sur. En medio, queda un territorio en el que las nuevas reglas aún no están consolidadas. El blindado avanza hacia el primer control del ejército libanés. A partir de aquí comienza esta nueva frontera.

En Shaqra, el cambio es visible. En lo alto de una colina aparece el castillo medieval de Doubeih. La fortaleza domina el valle, pero la imagen que atrae todas las miradas es otra: una bandera israelí ondeando sobre la muralla.

Más adelante pasamos por las localidades más castigadas por los combates: Houla, Kfar Kila, Odaisseh. Pueblos que parecen suspendidos en el tiempo. Casas atravesadas por los bombardeos, calles convertidas en corredores de escombros, campos abandonados. En algunos puntos solo quedan montañas de ruinas donde antes había barrios enteros. A lo largo del recorrido aparecen controles, muros de hormigón y posiciones militares. Una frontera que ya no solo se dibuja sobre los mapas, sino sobre el propio paisaje.

Terreno desconocido

La patrulla continúa hasta un punto elevado desde el cual los soldados pueden observar el valle. El capitán Julien mira con prismáticos hacia una zona bajo posición israelí que la misión aún no ha podido reconocer. "Estamos aquí para tener una visión del valle y poder dar información precisa sobre lo que ocurre", explica. Un equipo ha bajado para comprobar el terreno. La FINUL necesita reconstruir el mapa operativo de una zona en la que los movimientos militares han cambiado y en la que las posiciones que ayer no existían hoy forman parte del paisaje.

Durante años, los Cascos Azules patrullaron principalmente para supervisar la Línea Azul y acompañar la aplicación de la resolución 1701 de las Naciones Unidas. Hoy, además, trabajan para reabrir las carreteras, dar apoyo a operaciones de desminado, localizar munición que no haya explotado y permitir que algunas zonas vuelvan a ser transitables. "Estamos aquí para asegurar las zonas antes de que la población pueda volver", explica el sargento Luigi mientras su equipo revisa una carretera contaminada por restos de explosivos.

A pocos kilómetros de las zonas más devastadas, algunos pueblos cristianos conservan aún parte de su población. Son comunidades aisladas, con servicios limitados y una incertidumbre constante sobre lo que pasará mañana. Muchas dependen de organizaciones humanitarias y religiosas. Cada semana, convoyes cargados de alimentos, medicinas y productos esenciales llegan hasta estas localidades.

Hani Tawk, coordinador de una red de organizaciones católicas, explica que su misión no es solo llevar ayuda material. "Cuando nos ven, saben que no están solos –dice–. Nuestra presencia es más importante que las cosas que llevamos". Para muchos habitantes, abandonar el pueblo significa correr el riesgo de no poder volver. "Si dejamos la tierra, la perdemos para siempre", resume Tawk. Viven en medio de una frontera que no controlan, sin una presencia fuerte del estado libanés y bajo la sombra de una ocupación que se puede alargar durante años.

Este es precisamente uno de los objetivos del acuerdo marco entre Israel y el Líbano, devolver progresivamente al estado libanés un papel central en el sur. El plan prevé un despliegue gradual del ejército libanés en las llamadas zonas piloto, un paso destinado a reforzar su presencia, avanzar hacia el desarme de Hezbolá y crear las condiciones para un eventual repliegue israelí. Pero sobre el terreno nadie espera una solución rápida. Es un proceso largo, lleno de obstáculos y condicionado por la evolución política y militar. El sur del Líbano continúa intentando recuperar algo mucho más difícil: la certeza de que sus carreteras, sus pueblos y sus fronteras volverán algún día a pertenecer a las personas que viven allí.

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