Arabia Saudita busca su lugar en el nuevo Oriente Medio: ¿qué papel juega en la guerra?

Riad, obligado a redefinir su modelo de seguridad y con un difícil equilibrio bajo la sombra amenazadora de Teherán

Ricard Gonzalez
28/03/2026

BarcelonaDe todas las monarquías del golfo Pérsico que han sufrido los ataques de Irán desde que Washington inició la guerra, Arabia Saudí es la que se encuentra en una posición más confusa, inmersa en un auténtico dilema estratégico. Entre otras razones, porque es el país más grande y poderoso de la región, el que tiene un vínculo más antiguo y estrecho con los Estados Unidos, pero el que, junto con Omán, ha sufrido menos la ira del régimen de los ayatolás. Al menos, hasta ahora. Por ello, se han publicado noticias contradictorias sobre cómo y cuándo querría Riad que acabara el conflicto bélico, y cuál podría ser su futura estrategia de seguridad, dado el fracaso de la actual.

En sus declaraciones públicas, el gobierno saudí ha condenado los ataques de Irán con sus vecinos en un tono más bien medido. Si bien ha advertido que se reserva el derecho "a tomar todas las medidas necesarias para salvaguardar su soberanía", los analistas han interpretado que no se planteaba contraatacar Teherán por miedo a provocar una escalada en el conflicto. Riad, como las otras petromonarquías del Golfo, desearía que la guerra acabara cuanto antes mejor para minimizar los daños a sus instalaciones petroleras y a su modelo económico.

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Por ello, causó sorpresa un artículo de esta semana del New York Times en que se aseguraba que el príncipe heredero saudí, Mohammed bin Salman, habría instado al presidente Donald Trump a continuar la guerra en varias conversaciones telefónicas recientes. Según el rotativo estadounidense, Bin Salman habría definido la guerra como "una oportunidad histórica para rehacer Oriente Medio", lo que implicaría provocar un cambio de régimen en Irán.

La naturaleza del artículo es bastante excepcional, ya que el gobierno saudí es poco propenso a las filtraciones. A partir de la información, algunos analistas han argumentado que, a pesar de haberse posicionado contra la guerra antes del estallido de las hostilidades, Bin Salman debe estar preocupado por el escenario que perfilaría una retirada precipitada de los EE. UU. y, en consecuencia, un Irán envalentonado y dispuesto a chantajear continuamente a sus vecinos. Otros han apuntado que la información podría tratarse de una filtración poco precisa por parte de una Casa Blanca que se ha sentido aislada cuando ha pedido ayuda a sus aliados para reabrir el estrecho de Ormuz.

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Contradicciones

La contradicción en los mensajes que llegan desde Riad es fruto de la estupefacción que ha generado el fracaso de su apuesta dual para garantizar su seguridad. La dinastía de los Saud percibió la fundación de la República Islámica como una amenaza desde su advenimiento en el año 1979, tanto por su discurso revolucionario, como por su potencial demográfico y militar. Por ello, su primer instinto fue reforzar su pacto de seguridad con los EE. UU., firmado en 1945.

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Sin embargo, después de los desacuerdos con Washington durante el mandato de Barack Obama por su apoyo a las revueltas de las Primaveras Árabes y por su incapacidad de derrotar a los hutíes, la milicia proiraní de Yemen, Bin Salman optó por añadir una nueva póliza de seguros: rebajar la tensión con Irán. El giro saudita tiene una fecha, septiembre de 2019, cuando un ataque de los hutíes provocó serios daños a la refinería de petróleo más grande del mundo. Ante la inacción de Washington, Riad recurrió a la mediación de China. En 2023, para sorpresa de muchos, se anunció el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Arabia Saudita e Irán gracias a la mediación de Pekín.

Ante el fracaso de esta estrategia dual de seguridad nacional, el gobierno saudita está sopesando alternativas. En primer lugar, el régimen de los ayatolás ha sugerido a sus vecinos árabes que si rompen su asociación con Washington y cierran las bases estadounidenses, ya no serán nuevamente atacados. Esta elección requeriría acercarse a China como garante. Ahora bien, en el clima actual de desconfianza mutua, este escenario parece una quimera. Además, presenta un serio problema: casi todo el armamento del ejército saudita es estadounidense.

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En segundo lugar, una opción que va en una dirección completamente inversa es firmar con Washington un pacto de defensa mutua con una cláusula similar al artículo 5 de la OTAN que forzase a los EE. UU. a ayudar a Riad en caso de ataque. Esta es una vieja aspiración saudita que actualmente topa con un obstáculo importante: Washington, a cambio, le pide normalizar las relaciones con Israel, una condición difícil de digerir después de la guerra en Gaza.

Una tercera alternativa consistiría en diversificar sus socios en el ámbito militar. De hecho, la semana pasada Riad celebró una reunión con otras tres potencias de la región, Turquía, Egipto y Pakistán para coordinar sus posiciones sobre la guerra, un encuentro que algunos analistas han interpretado como el embrión de una posible alianza militar de cara al futuro.