Hezbollah se prepara para otra guerra larga con Israel
Israel avanza lentamente por el sur del país, pero se encuentra con una resistencia estructurada
BeirutEn las colinas del sur del Líbano, donde el frente vuelve a abrirse paso entre pueblos vacíos y carreteras bombardeadas, Hezbollah no combate como una fuerza en retirada. Combate como una organización que llevaba meses esperando ese momento. La escena contrasta con la imagen que el grupo proyectó durante más de un año. Tras el acuerdo del 27 de noviembre del 2024, negociado por el chií Nabih Berri, presidente del Parlamento, con mediación estadounidense, Hezbollah dio señales de contención. Al menos, formalmente, aceptó desvincular el frente libanés de Gaza y toleró el despliegue del estado en el sur del río Litani, en línea con la resolución 1701 de la ONU. Durante meses pareció replegarse, cooperar, e incluso adaptarse a un nuevo equilibrio interno.
Tras la muerte de Hassan Nasrallah, el movimiento entró en una fase de incertidumbre. Su sucesor, Naim Qassem, adoptó un tono más pragmático, incluso conciliador por momentos, mientras dentro de la organización crecían tensiones entre quienes aceptaban una integración parcial en el aparato del Estado y quienes consideraban cualquier desarme como una línea roja. Durante este período, Hezbollah evitó responder a ataques israelíes, incluso cuando se multiplicaban. Pero en paralelo, según fuentes diplomáticas y de seguridad, siguió recibiendo financiación y armas de Irán, reconstruyendo su arsenal y reorganizando las unidades de combate.
"Todo indicaba que el partido se estaba replegando, pero en realidad estaba comprando tiempo", resume Mohamed Obaid, analista cercano al eje proiraní, que añade: "Hezbollah no podía permitirse otra guerra en ese momento. Necesitaba reconstruirse, reorganizarse." Hoy, sobre el terreno, esa preparación se hace visible. Israel avanza lentamente en el sur, pero se encuentra con una resistencia estructurada con misiles antitanques, drones, emboscadas y combates cuerpo a cuerpo. Hezbollah volvió a desplegar sus fuerzas de élite Radwan y retomó tácticas de guerrilla, operando en pequeñas unidades dispersas, integradas en el terreno.
"No es una guerra convencional, es una guerra de desgaste", asegura Obaid. El grupo conserva decenas de miles de combatientes, aunque sólo una parte son operativos de primera línea, y un significativo arsenal de cohetes y misiles. Su capacidad ha sido degradada pero no neutralizada. Tras la guerra del 2024, Hezbolá ha reforzado sus sistemas de comunicación, ha descentralizado su estructura militar y ha apostado por ataques coordinados –también con Irán– para saturar las defensas israelíes. Incluso fuentes israelíes reconocen cierto grado de asombro ante la rapidez de su movilización.
De la contención a la confrontación
El punto de inflexión llegó en los últimos meses. Mientras el estado libanés, bajo presión internacional, insistía en recuperar el monopolio de las armas, Hezbolá endureció el discurso. Qassem advirtió abiertamente de las consecuencias de un intento de desarme. Altos cargos del movimiento llegaron a hablar de guerra civil si se cruzaba esa línea. Incluso, cuando estalló la escalada regional actual, tras el ataque contra Irán y la muerte del líder supremo Ali Jamenei, muchos analistas creyeron que Hezbolá se mantendría al margen, debilidad y condicionado por la presión interna. Se equivocaban.
Combatientes que durante meses habían estado en segundo plano volvieron a sus posiciones en el sur y en el valle de la Bekaa, en el centro. En cuestión de horas, el grupo pasó de la contención a la confrontación abierta. "Ya no nos escondemos", reconocía recientemente un miembro del partido. "El acuerdo de 2024 no fue el inicio de una desescalada estructural, sino una pausa táctica", asegura, por su parte, Hanin Ghaddar, especialista en Hezbolá. Sin embargo, según el analista, la milicia chií intenta proyectar fuerza, pero llega a esta guerra "debilidad, con menos legitimidad interna y más dependencia que nunca de Irán". "Su estrategia no es ganar, sino sobrevivir políticamente y evitar un escenario en el que el estado libanés o la presión internacional puedan imponer su desarme", dice Ghaddar.
En otras palabras, Hezbollah no sólo combate a Israel, también gestiona su posición dentro de un Líbano exhausto, donde una parte creciente de la población cuestiona el coste de la "resistencia". Aunque sigue siendo un actor profundamente arraigado en el ámbito militar, social y político, ahora su margen de maniobra se ha limitado. La posibilidad de un enfrentamiento directo con el ejército libanés ya no se ve como algo improbable. "Hezbollah no necesita derrotar a Israel en el campo de batalla; le basta con impedir una victoria clara, alargar el conflicto y mantenerse como actor imprescindible en cualquier negociación futura. El tiempo le va a favor", resume Ghaddar. "Cuanto más dure la guerra, más difícil será para Israel sostenerla políticamente", advierte.
El movimiento proiraní no sólo recibe financiación, decenas de millones de dólares mensuales de Teherán, según estimaciones occidentales, sino que forma parte de una arquitectura regional más amplia. La guerra actual ofrece al régimen de los ayatolás la posibilidad de abrir múltiples frentes y desgastar a Israel. Si Irán resiste, Hezbolá puede sobrevivir, incluso salir reforzado políticamente. Si se debilita de forma decisiva, el grupo chií podría perder su principal apoyo y quedar expuesto, tanto frente a Israel como dentro del propio Líbano.
En el sur de Líbano, mientras, la lógica es otra. Cada avance israelí implica combates lentos, exposición constante y un terreno que favorece a quien resiste más que a quien avanza. Hezbollah parece haber asumido esa ecuación. No busca una victoria rápida. Busca resistir. Resistir lo suficiente para seguir siendo relevante, lo suficiente para imponer un coste, lo suficiente para no desaparecer. Porque resistir es su forma de ganar.