El Líbano se prepara para negociar con Israel y los EE. UU. bajo las bombas
Mientras se activan los canales diplomáticos, Tel Aviv continúa atacando el sur del país y toma la ciudad de Bint Jbeil
BeirutMientras se activan discretamente los canales diplomáticos, al sur del Líbano la guerra sigue su curso con una intensidad que desmiente cualquier indicio de tregua. La paradoja no es nueva en Oriente Próximo, pero pocas veces resulta tan evidente: las conversaciones comienzan, pero el frente no se detiene.
Sobre el terreno, esta tregua no existeSobre el terreno, esta tregua no existe. En el municipio de Bint Jbeil, a apenas cinco kilómetros de la frontera, el ejército israelí asegura haber completado el asedio de la ciudad después de varios días de combates intensos. La ofensiva marca un avance significativo en la incursión terrestre iniciada hace unas semanas. Según fuentes militares israelíes, más de un centenar de combatientes de Hezbolá han muerto en la última semana, en enfrentamientos directos y bombardeos aéreos.
El grupo chií Hezbolá sostiene, sin embargo, que la batalla continúa abierta. El líder del grupo, Naim Qassem, ha pedido este lunes al gobierno libanés que cancele la reunión con el embajador israelí en Washington, calificando las conversaciones de inútiles. Además, Hezbolá habla de enfrentamientos “a bocajarro” y de una resistencia que se prolonga a pesar de la presión aérea y terrestre. La ciudad de Bint Jbeil, donde el antiguo líder del movimiento, Hassan Nasrallah, proclamó la “victoria” tras la retirada israelí en el año 2000, vuelve a convertirse en un símbolo, pero también en un campo de batalla devastado.
La violencia no se limita a este frente. Drones israelíes golpean vehículos en el sur, mientras la artillería castiga localidades en Nabatieh (también en el sur) y en la Bekaa (en el sureste). Hezbolá responde con cohetes y drones contra posiciones israelíes. El intercambio es constante, casi mecánico, y deja poco margen para la diplomacia.
El coste humano continúa creciendo. El balance oficial supera los 2.055 muertos, entre los que se encuentran al menos 165 niños y decenas de trabajadores sanitarios. En los últimos días, la muerte de otro paramédico de la Cruz Roja libanesa, abatido por un dron durante una misión humanitaria, ha provocado una fuerte reacción. La organización denuncia un ataque directo a pesar de la coordinación previa con fuerzas internacionales para garantizar su seguridad. También la Fuerza Provisional de Naciones Unidas en el Líbano (FINUL) alerta de un deterioro preocupante. En un comunicado este lunes, acusa al ejército israelí de embestir en dos ocasiones vehículos de la misión y de obstaculizar su libertad de movimiento, además de destruir equipos de vigilancia a lo largo de la Línea Azul. Incidentes que, según la ONU, contravienen la resolución 1701 y dificultan su capacidad para monitorizar las violaciones sobre el terreno.
Unas exigencias inaceptables para Beirut
En este contexto, las posiciones de las partes se endurecen. Israel, bajo el liderazgo de Benjamin Netanyahu, insiste en que la ofensiva continuará hasta neutralizar completamente la amenaza de Hezbollah. El objetivo declarado es doble: impedir ataques contra el norte de Israel y forzar un cambio en el equilibrio de poder en Líbano. Entre las condiciones que se plantean están el desarme total del grupo, su exclusión del gobierno libanés y el corte de sus vínculos con Irán. En paralelo, se plantea una supervisión internacional más robusta con control de los pasos fronterizos, mecanismos para impedir el contrabando de armas y apoyo directo al ejército libanés, bajo tutela estadounidense. Todo ello, acompañado de una condición clave para Israel: mantener libertad de acción militar ante cualquier amenaza, incluso en caso de acuerdo.
Para Beirut, estas exigencias suponen un desafío existencial. Hezbollah no es solo una milicia, sino un movimiento integrado en el tejido político y social del país, dentro de la comunidad chií. Su desmantelamiento inmediato no solo parece inviable, sino que podría desestabilizar aún más un sistema ya frágil.
Aun así, el gobierno intenta ganar margen. La discusión sobre el monopolio estatal de las armas refleja tanto una voluntad de reafirmar la soberanía como una presión creciente por parte de sus socios internacionales. Mientras tanto, Nabih Berri, aliado clave de Hezbollah, reabre canales con el movimiento para garantizar una posición común que permita negociar sin fracturar el equilibrio interno. Este equilibrio es, precisamente, uno de los grandes interrogantes. Estados Unidos insiste en la necesidad de una “garantía chií” que asegure el cumplimiento de cualquier acuerdo, conscientes de que sin el aval de Hezbollah, directo o indirecto, cualquier compromiso corre el riesgo de quedar en papel mojado.
Así, las negociaciones que comienzan hoy lo hacen bajo el signo de la desconfianza. Demasiadas condiciones, demasiadas líneas rojas y, sobre todo, una guerra que no se detiene. Y por ahora, en el sur del Líbano, la guerra sigue hablando más fuerte que la diplomacia.