"No puedo continuar en un país donde cada dos por tres estamos en guerra": los que ya no ven futuro en Israel
La salida de ciudadanos israelíes con ingresos elevados casi se ha duplicado en cinco años
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Jerusalén“Me iré a Grecia y después a Chipre”. Con 22 años, Reem trabaja en el barrio cristiano de la Ciudad Vieja de Jerusalén y ya tiene un plan para irse. Tiene trabajo y una situación económica estable, pero no se imagina el futuro allí. Su familia vive en el extranjero y ella quiere seguir su camino. “No puedo continuar en un país donde cada dos por tres estamos en guerra, quiero tener mejores oportunidades”, explica. Su caso refleja el malestar de una parte de la sociedad israelí que, después de tres años marcados por el conflicto, empieza a plantearse si todavía tiene sentido quedarse.
Los datos confirman que no es un caso aislado. Un estudio de la Universidad de Tel-Aviv, publicado en agosto, calcula que, entre el 2023 y el 2025, 268.509 ciudadanos pasaron al menos tres meses consecutivos en el extranjero. La cifra supera a los 183.219 registrados entre el 2013 y el 2015. En cuanto al 2025, los investigadores estiman que entre 45.000 y 50.000 israelíes emigraron con una estancia en el extranjero de un año o más, unas cifras récord.
También preocupa quién se marcha. Un estudio de la Autoridad Tributaria israelí del verano constataba que la salida de ciudadanos con ingresos elevados casi se ha duplicado en cinco años. Entre los perfiles más afectados hay médicos, ingenieros y profesionales cualificados de los sectores tecnológico y sanitario. Si la tendencia se mantiene, el estado podría dejar de recaudar hasta 980 millones de euros anuales de aquí a cinco años. En un país donde el 20% de la población con mayores ingresos aporta el 92% de la recaudación del impuesto sobre la renta, la pérdida de estos profesionales puede tener consecuencias importantes para la economía.
¿Qué empuja a estos ciudadanos a hacer las maletas? El estado bélico del país es central, pero no el único factor. La crisis de confianza en las instituciones viene de más lejos. Uno de los primeros grandes puntos de inflexión llegó en 2023 con la reforma judicial impulsada por el gobierno de Benjamin Netanyahu. La propuesta, que pretendía dar más peso al ejecutivo en el nombramiento de los jueces y limitar la capacidad del Tribunal Supremo para revisar sus decisiones, provocó una profunda fractura social. Los detractores advertían que los cambios podían debilitar la independencia judicial y los contrapesos democráticos.
Los ataques de Hamás agravaron esta crisis de confianza. A la sensación de inseguridad se añadió el malestar por la falta de asunción de responsabilidades políticas y por la ausencia de una investigación estatal independiente sobre los errores que los permitieron. Entre las voces más críticas hay familiares de las víctimas y de los rehenes, algunos de los cuales se están planteando abandonar el país.
“El gobierno me falló antes del 7 de octubre y me falló después”, afirma Michel, padre de Guy Illouz, un músico de 26 años secuestrado durante los ataques y muerto en cautiverio en Gaza. Michel, que todavía reclama una investigación, admite que ha considerado marcharse. “Para mí, renunciar querría decir dejar Israel e ir a vivir a otro país”, dice. “No sé qué pasará, pero no puedo vivir con un gobierno así. Marcharse es una posibilidad que me planteo, y tanto que sí”.
El estudio de la Universidad de Tel-Aviv vincula precisamente el aumento de las salidas con la prolongación del conflicto y las tensiones políticas en Israel. En la misma línea, la socióloga Lilach Lev Ari, del centro universitario Oranim, al norte del país, señala en declaraciones a The Times of Israel que la insatisfacción con el gobierno y la preocupación por el futuro de la democracia israelí son factores cada vez más determinantes.
La guerra condiciona los estudios y el trabajo
Entre los jóvenes, la incertidumbre sobre el futuro se traduce en ganas de marcharse. Según el Sindicato Nacional de Estudiantes de Israel, casi tres de cada diez universitarios se plantean trasladarse a otro país cuando terminen los estudios, tres puntos más que el año anterior. La inseguridad es uno de los principales motivos, señalado por el 46% de los que valoran marcharse, mientras que un 20% apunta a las perspectivas laborales y a la crisis política.
La guerra, reconocen, condiciona su vida académica. El 27% de los estudiantes encuestados han sido movilizados como reservistas durante el curso y casi dos de cada tres aseguran haber sufrido dificultades emocionales y sociales a la hora de reincorporarse a los estudios. Este contexto también se refleja en el retroceso del optimismo sobre el futuro del país: solo el 31% se declaran bastante o muy optimistas, frente al 37% del año anterior.
“Puedo tener mejores oportunidades laborales fuera de aquí”, explica Fadi, otro joven de treinta años que trabaja de guía turístico. Le gustan el trabajo que tiene y la ciudad, pero su trabajo depende de un sector turístico que todavía está lejos de recuperar la normalidad después de los conflictos iniciados en 2023. “Me gustaría conseguir una beca para perfeccionar mi castellano en el extranjero y, desde allí, explorar nuevas salidas profesionales”, añade.
Irse no siempre significa romper definitivamente con Israel. Muchos de los que se van mantienen aquí a la familia, los amigos y los vínculos personales, y algunos confían en volver cuando la situación política y de seguridad mejore. Otros, en cambio, comienzan a imaginar su futuro lejos del país. La incógnita ya no es solo cuántos israelíes se irán los próximos años, sino cuántos decidirán volver.