Los ojos del régimen apuntan a Ali Larijani como nuevo hombre fuerte de Teherán

El dirigente concentra consenso entre estamentos militares, religiosos y parlamentarios en plena lucha por la supervivencia del régimen

BarcelonaEntre la situación de caos e incertidumbre que ha provocado en el régimen iraní el asesinato de su líder supremo, Ali Jamenei, y otros 40 miembros de su élite, una figura se ha elevado como un personaje clave en la gestión de la presente crisis: Ali Larijani. Actual secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán, Larijani, de 68 años, ha ocupado en su dilatada carrera varias posiciones de relevancia en el sistema político iraní. Precisamente, fue por su veteranía y preparación que Jamenei le había otorgado en las últimas semanas la responsabilidad de gestionar las negociaciones con EE.UU., pasando por encima del presidente, Masoud Pezeshkian.

Aunque no forme parte del triunvirato que ha asumido de forma interina las funciones de Jamenei, su figura se ha visto ahora aún más realzada, según apuntan algunos expertos. Más allá de sus conocimientos, Larijani puede desempeñar un papel decisivo en las próximas semanas debido a su fluida relación con varios estamentos del complejo régimen iraní, cultivada durante más de cuatro décadas de servicio en la estructura de poder.

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Pocas personas en Irán disponen de la confianza de instituciones tan diferentes y poderosas como los Guardianes de la Revolución –la guardia pretoriana del régimen–, el Parlamento, el ejército o el círculo de ayatolás más influyentes. También cuenta con una profunda red de contactos internacionales. No en vano, durante varios años fue el máximo representante iraní en las negociaciones con Occidente sobre el programa nuclear iraní. Larijani necesitará afilar su ingenio para cumplir la labor con éxito en la que es la peor crisis de la República Islámica desde su fundación en 1979.

El padre, un clérigo chií

Nacido en 1958 en la ciudad de Najaf, en el sur de Irak, donde su padre, un clérigo chií, se exilió por sus actividades de oposición al régimen del sha, Larijani pudo regresar a Irán durante su infancia y cursar estudios universitarios de matemáticas e informática. Posteriormente, completó un doctorado en filosofía en la Universidad de Teherán, cuya tesis versó sobre el pensamiento del filósofo alemán Immanuel Kant.

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Tras la Revolución Islámica y el estallido de la guerra Irak-Irán, pasó a integrar a los Guardianes de la Revolución, donde adquirió experiencia militar y obtuvo el grado de comandante adjunto. A principios de los años noventa, inició su carrera política ejerciendo el cargo de ministro de Cultura y del Consejo islámico. En 1994, ya habiéndose ganado la confianza de Jamenei, fue nombrado director de la radiotelevisión estatal iraní, órgano clave desde el que el régimen difunde su propaganda ideológica.

Tras una década en el cargo, el líder supremo recompensó sus servicios al asignarle la presidencia del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, la institución encargada de las negociaciones nucleares con Occidente. Larijani compatibilizó su ascensión a los distintos escalafones de la administración con el cultivo de un perfil político propio. En el 2008, fue elegido diputado por la circunscripción de Qom, ciudad santa del chiísmo iraní, así como presidente del Parlamento nacional, cargo en el que fue reelegido en ocho ocasiones y que mantuvo hasta el 2020.

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Sin embargo, su exitosa carrera política no ha estado exenta de disgustos. En 2005, se presentó en las elecciones presidenciales obteniendo un magro 6% de los votos. En otras dos ocasiones, en el 2021 y el 2024, su ambición presidencial se topó con el Consejo de los Guardianes, el organismo que filtra a los candidatos presidenciales y que lo declaró no apto.

Pocos días después de la guerra contra Israel y EEUU del pasado verano, Jamenei volvió a recurrir a sus servicios y le volvió a situar al frente del Consejo Supremo de Seguridad Nacional. Con este extenso currículo y firmes credenciales revolucionarias, algunos se preguntan si Larijani podría desempeñar en Irán el mismo rol que Delcy Rodríguez en Venezuela, es decir, negociar con Trump y vender en las bases del régimen una serie de dolorosas concesiones para garantizar su supervivencia. Ahora bien, esto requiere una condición inicial: que Washington y Tel-Aviv no le sitúen en su punto de mira.