Pakistán, pieza clave en la difícil ecuación diplomática entre los Estados Unidos y el Irán
La dificultad de conseguir un acuerdo pone en evidencia los límites negociadores de Islamabad
BeirutLa llegada del jefe de la diplomacia pakistaní, Ishaq Dar, a Washington la semana pasada volvió a alimentar la sensación de que un entendimiento entre los Estados Unidos y el Irán era posible. Durante horas, filtraciones diplomáticas y titulares en medios internacionales dejaron entrever la posibilidad de un borrador ya avanzado, elaborado discretamente con la mediación de Pakistán. Pero la realidad, confirmada con cautela por ambas partes, es más simple: todavía no existe ningún acuerdo cerrado y las posiciones todavía están lejos de coincidir.
Todo esto plantea una cuestión de fondo: ¿hasta qué punto Pakistán se puede convertir en un actor principal de una de las negociaciones más sensibles de Oriente Medio? Islamabad intenta presentarse como un puente indispensable entre Washington y Teherán, pero cuanto más visible se vuelve su mediación, más evidentes también aparecen sus límites. No tiene la neutralidad histórica de Omán, ni la capacidad financiera y mediática de Qatar, ni la influencia directa que China ejerce hoy sobre Irán. Y, a pesar de ello, ha conseguido mantener abiertos los contactos entre estadounidenses e iraníes, a pesar de meses de amenazas cruzadas y escalada militar.
La visita de Ishaq Dar a la capital estadounidense forma parte de este esfuerzo para mantener abiertas las conversaciones. A pesar de que el ministro pakistaní llegó con un nuevo borrador de entendimiento, el contenido de este documento no se ha traducido en avances concretos, y tanto Washington como Teherán mantienen públicamente posiciones muy prudentes.
Islamabad gana peso
Para entender cómo Pakistán ha ido ganando más peso en este proceso, hay que mirar el contexto regional. Las conversaciones entre Estados Unidos e Irán llevan años atrapadas en un ciclo de ruptura y reanudación, marcado por el programa nuclear iraní, las sanciones y el temor constante a una guerra más amplia en Oriente Medio. En este escenario, los actores tradicionales de mediación, como Omán, han perdido parte de su protagonismo, mientras que otros intentan ocupar este espacio sin conseguir sustituirlos del todo.
En este contexto, Pakistán ha ido ganando presencia. Su valor no radica en la neutralidad, sino en su posición entre diversos mundos. Comparte frontera con Irán, mantiene relaciones históricas con Estados Unidos, y depende profundamente de la estabilidad regional para proteger su propia economía y seguridad. Pero esta posición también le obliga a moverse en un equilibrio delicado entre intereses rivales.
Detrás de la diplomacia oficial, además, el verdadero peso de esta mediación recae en otro lugar: el ejército pakistaní. El mariscal de campo Asim Munir se ha convertido en la figura central de los contactos regionales. Su visita reciente a Teherán incluyó conversaciones con altos responsables iraníes sobre un posible esquema para rebajar la tensión y sobre un borrador preliminar de entendimiento. Poco después, Munir viajó a Pekín, en una sucesión de visitas que muestra hasta qué punto China forma parte de la ecuación como un actor clave en segundo plano.
El rol de China
Pekín es el principal socio estratégico de Pakistán y, al mismo tiempo, un apoyo importante para Irán, que ve en China una garantía política y económica en caso de que las conversaciones con Estados Unidos no avancen. Su prioridad es evitar una guerra en el Golfo que pueda afectar el comercio y el suministro energético del que depende buena parte de la economía china. La actividad diplomática de los últimos días en Teherán, Pekín y Washington resume bien la compleja posición que intenta ocupar Pakistán.
Pero esta ambición también expone las debilidades estructurales. A diferencia de Qatar u Omán, Pakistán no tiene un aparato diplomático consolidado ni una reputación de estricta neutralidad. Y a diferencia de China, no tiene capacidad de imponer incentivos económicos o estratégicos decisivos. Aun así, su papel no es irrelevante. En un contexto regional cada vez más fragmentado, su principal ventaja es que mantiene contacto con todas las partes. Estados Unidos lo ve como un canal útil, e Irán lo considera un interlocutor aceptable.
Pero este equilibrio no ha sido suficiente para desbloquear las negociaciones. Las diferencias entre Washington y Teherán continúan siendo profundas. Estados Unidos insiste en limitar el enriquecimiento de uranio y en reforzar los mecanismos de supervisión internacional, mientras Irán exige garantías creíbles de levantamiento de sanciones y rechaza cualquier fórmula que perciba como una imposición unilateral. Entre las dos posiciones, la distancia continúa siendo considerable. A esto se suman las tensiones sobre la seguridad marítima en el Golfo y el riesgo constante de una escalada militar con Israel.
En este contexto, el rol de Pakistán tiene menos de mediador clásico, y más de país capaz de evitar que las conversaciones colapsen completamente. Su objetivo inmediato no parece ser conseguir un gran acuerdo histórico, sino que la crisis no desemboque en una guerra abierta.