Los parques, otro lugar donde las mujeres ya no podemos ir en Afganistán

KabulHace días fui a Qargha, una zona verde con un gran lago que está en las afueras de Kabul. Se celebraba un festival para volar cometas, una práctica muy extendida en Afganistán, y el medio para el que trabajo me pidió que informara sobre ello. Era viernes, el día de descanso semanal en Afganistán, durante el cual era habitual que antes las familias fueran a este precioso lugar de recreo a pasar la jornada.

Yo llevaba seis años sin ir a Qargha. La última vez estuve allí con mi familia, precisamente. Entonces Qargha era un lugar lleno de vida: mujeres y hombres se sentaban juntos junto al lago, desde los restaurantes se veía el agua, los niños jugaban libremente, y las niñas reían mientras se divertían en los columpios.

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Cuando volví el otro día, me encontré un lugar completamente diferente. Funcionarios del ministerio para la Promoción de la Virtut y la Prevención del Vicio de los talibanes estaban en la entrada controlando a todo el que accedía. Cuando mi cámara y yo nos acercamos, uno de ellos levantó la voz y dijo: "¿A dónde vais?". "Somos periodistas. Estamos aquí para informar sobre el festival", respondimos. El hombre, entonces, me miró a mí primero, después a mi compañero, y contestó señalándome con el dedo: "Marchaos. Esta mujer no puede entrar". Insistimos en que éramos periodistas, que habíamos ido a trabajar, y que éramos un equipo. Yo no podía quedarme fuera. Pero el talibán no cedió y gritó: "En nombre del periodismo, no podéis venir aquí y difundir la inmoralidad".

En aquel momento me sentí como una extraña en mi propio país. Pensé que, si este país fuera realmente mi hogar, no me negarían la entrada por el simple hecho de ser mujer.

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Detrás de las colinas, lejos del lago, encontramos a un grupo de jóvenes que hacían volar cometas. Reían, gritaban, disfrutaban de su día sin restricciones. Los filmamos y les hicimos algunas entrevistas, y así pudimos salvar nuestro reportaje. Ellos disfrutaban de su libertad. Pero yo, vestida con un vestido largo y negro, la cabeza bien envuelta con el velo y una mascarilla cubriéndome la cara, solo podía pensar en una cosa: chicas como yo, de mi edad, han sido borradas de la vida en Afganistán. Ni siquiera allí, en Qargha, me sentía tranquila. Me agarraba el velo con fuerza con la mano, por miedo a que una ráfaga de viento lo desemvolviera y los talibanes me acusaran de "inmoral" por estar en un lugar donde había hombres.

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Una gran sorpresa

Cuando terminamos de filmar, nos dirigimos hacia otras colinas que hay delante de la principal zona verde de Qargha. Allí vi algo que me dejó helada: ¡mujeres! Estaban sentadas sobre aquella colina seca y abrupta donde solo había unos árboles raquíticos recién plantados, lejos del agua, lejos del lugar donde antes acostumbraban a reunirse las familias.

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Me acerqué a una de ellas y le pregunté por qué estaban allí. Me contestó que iban cada mes con la familia. "Los talibanes no nos permiten acercarnos al lago, así que venimos aquí para al menos verlo desde la distancia", argumentó. Y añadió: "Solo espero que no nos quiten también este lugar". Sus palabras se me quedaron grabadas.

No solo hay restricciones en Qargha. Los talibanes también han prohibido a las mujeres entrar a todos los parques. Uno de los más conocidos, el Shahr-e-Ara, a menudo conocido como el parque de las mujeres porque era un lugar donde solo se permitía la entrada de las mujeres. Recuerdo ir allí con mi madre, mi tía y mis primos años atrás, cuando los talibanes aún no habían vuelto al poder. Llevábamos utensilios de cocina y preparábamos comida. Nos sentábamos en el césped, hablábamos durante horas y disfrutábamos de momentos de calma. Después de largos días de estudio, era uno de los pocos lugares donde podíamos descansar, reír y sentirnos libres. Pero el parque no solo era un lugar de ocio, también había pequeños talleres regentados por mujeres: algunas cosían, otras hacían joyas o ponían henna en las manos de las chicas. Era un lugar de libertad para nosotras, las mujeres. Ahora, en cambio, no podemos entrar.

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No se trata solo de no poder disfrutar un día al aire libre. Es mucho más que eso. Siento que las mujeres estamos siendo borradas lentamente de la vida pública en Afganistán. Los espacios donde podemos reír y pasarlo bien con nuestras familias son cada vez más reducidos. Los niños ya no crecen viendo mujeres y hombres juntos en un mismo espacio, conviviendo con normalidad. Ahora todos los espacios están segregados. A veces me pregunto: ¿qué futuro les espera a las niñas que crecen así? ¿Y qué idea tendrán los chicos sobre la igualdad cuando pocas veces ven a las mujeres en la vida pública?

Para mí, todas estas restricciones no son solo la pérdida de un lugar. Es la pérdida de oportunidades, de disfrutar, de respirar, de trabajar, de ser vistas. Y lo que más me asusta es que todo esto se vuelva lentamente normal, que algún día nadie recuerde que las mujeres una vez se sentaron a la orilla del lago Qargha, rieron y formaron parte de la vida pública de esta ciudad.

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