Rusia

Rusia convierte la lucha contra el satanismo en política de estado

La Iglesia ortodoxa rusa utiliza la lucha contra el diablo como un cajón de sastre para perseguir a todo el que no comulgue con los valores tradicionales

MoscúEn Rusia, la lucha contra el satanismo no es una ocurrencia de otros tiempos, sino una política de estado. La poderosa Iglesia ortodoxa rusa ha impulsado la persecución de esta creencia como un cajón de sastre donde albergar una agenda ultraconservadora y de represión a las identidades que se alejan de los valores tradicionales rusos. Grupos de heavy metal, organizadores de festivales de Halloween o videntes son las últimas víctimas de una cruzada que también utilizan las autoridades para demonizar al colectivo LGBTI y para justificar la guerra de Ucrania como una operación de “desatanización”.

Hace un año que se prohibió el inexistente “movimiento satanista internacional”. Según la fiscalía, los miembros de esta organización extremista odian las religiones tradicionales, profanan templos ortodoxos y tienen vínculos con el neonazismo. Desde entonces, lucir una estrella de cinco puntas, ya sea en un tatuaje, en un parche o en una imagen en las redes sociales, equivale a lucir una esvástica y puede comportar desde multas de 20 euros por difundir contenido satanista hasta penas de prisión por supuesta pertenencia a grupos de adoración del diablo.

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Al amparo de esta ley, entidades fundamentalistas ortodoxas como Sorok Sorokov se han dedicado a buscar indicios de satanismo por doquier. En noviembre consiguieron que se cancelara un encuentro de disfraces de Halloween en San Petersburgo porque se exhibían “danzas blasfemas con la cruz, vestidos que promovían el sexo LGBTI y artistas con cuernos”. Su director, Gueorgui Soldátov, lo defiende en declaraciones a el ARA: “No condenar el mal equivale a aceptarlo. Sin líneas rojas, cualquier estado acabaría sumido en el caos”. Otras víctimas colaterales de la fiebre contra el satanismo son los músicos de metal. Uno de los casos más sonados fue la redada en una sala de conciertos de Moscú, en febrero, donde actuaban cuatro grupos de este estilo y que se saldó con diez detenidos. Se les acusaba de haber mostrado estrellas de cinco puntas, cruces invertidas y otros símbolos extremistas. 

Aunque la justicia no ha ilegalizado a los adivinos, los tarotistas o los brujos, el patriarca Cirilo I afirma que también están guiados por un “poder diabólico” y exige prohibir sus servicios. La preocupación del jefe de la Iglesia ortodoxa se explica por los datos de una encuesta según la cual un 52% de los rusos admiten leer los horóscopos y haber consultado a astrólogos, y un 37% aseguran haber pagado para que les predijeran el futuro. Los sociólogos atribuyen este crecimiento a la ansiedad provocada por la guerra y las dificultades económicas.

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Para el director de Sorok Sorokov, las actividades esotéricas son “la base del satanismo” y representan “el principal problema de la vida social y religiosa en la Rusia actual y una auténtica epidemia espiritual”. Lamenta que “las personas que comercian con las almas de los demás obtienen beneficios de miles de millones de rublos cada año” e “involucran a cientos de miles de ciudadanos en prácticas espirituales destructivas”.

En guerra contra los valores occidentales

Al prohibir el “movimiento satanista internacional” se tomó como ejemplo la ilegalización, en 2023, del “movimiento LGBTI internacional” porque los sectores más conservadores aseguran que ambas “ideologías” se retroalimentan. Y esta retórica no es inocua: ese mismo año, en la región de Uliánovsk, un médico fue detenido acusado de formar parte, simultáneamente, del “movimiento LGBTI internacional” y del “movimiento satanista”, y de “promover la idea de las relaciones con personas del mismo sexo entre los subordinados como una manera de iniciarlos en la adoración del diablo”. Aunque lo negó, lo condenaron a tres años de prisión.

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Los principales dirigentes rusos también emplean este discurso que vincula cualquier expresión de género no normativa al satanismo. El ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, describió la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de París como “uno de los ejemplos más evidentes de degradación moral” por la inclusión de elementos “inhumanos y satánicos”, en referencia a la aparición de drag queens y, hace poco, descartó que Rusia volviera a Eurovisión porque las actuaciones que se representan allí son de un “satanismo descarado”.

La guerra para "desatanizar" Ucrania

Cuando meses después de justificar la invasión de Ucrania como una operación para “desnazificar” el país algunos líderes rusos comenzaron a hablar de “desacralización”, mucha gente se sorprendió. Por ejemplo, el expresidente ruso Dmitri Medvédev definió la guerra como un “conflicto sagrado con Satanás”, mientras que el secretario adjunto del Consejo de Seguridad ruso, Alekséi Pávlov, escribió que, desde 2014, Kiev se había erigido en un centro mundial de sectas satánicas con la ayuda de los Estados Unidos. A partir de aquí, con el objetivo de probar esta deriva diabólica del enemigo, se ha ido informando recurrentemente del hallazgo de supuestos altares satánicos en pueblos conquistados por el ejército ruso. 

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A quien no le sorprenden en absoluto estas filigranas argumentales es a Serguéi Chapnin, extrabajador del Patriarcado de Moscú. Él fue el primero en advertir, en el año 2015, que el Kremlin, con el apoyo de la Iglesia ortodoxa, transformaría la guerra en Ucrania en una guerra santa. En una conversación con el ARA, recuerda cómo, ya entonces, el patriarca Cirilo I aseguró que la rebelión prorusa en el este de Ucrania había estado motivada por el deseo de los jóvenes locales de deshacerse de las marchas del orgullo gay. “Rusia era presentada como el bando de la luz y del bien. No luchaba solo contra Ucrania, sino también contra el Occidente colectivo, que había traicionado los valores cristianos”, explica. En su opinión, el jefe de la Iglesia, que ha dado apoyo inequívoco a la guerra de Putin desde el primer día, “no actúa según principios cristianos”, sino que, para él, “lo más importante es ser leal al estado” y, por tanto, “aceptar la violencia”.