Ana Rosa Quintana persigue etarras
Hace unas semanas, Mikel Garikoitz, alias Txeroki, que fue jefe militar de ETA, salió de la prisión de Martutene en régimen de semilibertad. Ha cumplido diecisiete años de prisión de los cuatrocientos a los que fue condenado. Sale del centro penitenciario para trabajar y realizar tareas de voluntariado, como estipula la justicia. En El programa de Ana Rosa les faltó tiempo para esperarlo en la puerta y empujarlo para ver a dónde iba. Manu Marlasca, el colaborador experto en sucesos y otras temáticas sórdidas, lo comentaba con sarcasmo: “¡Oh! ¡Sorpresa! Diecisiete años después goza de un régimen de semilibertad que ha llegado, lógicamente, cuando el gobierno vasco se hace cargo de este tipo de consecuencias” Y, irritado, preguntaba al redactor si lo habían visto trabajar: “¿Tú lo has visto trabajar mucho? ¿Tiene las manos llenas de callos, reventadas de trabajar?” Insistían en el mito de la gran vida de los etarras. Ana Rosa Quintana lamentaba las dificultades para seguirlo: “Él está protegido, no como la mujer violada”. Se refería a la víctima de una noticia anterior.El redactor relataba excitado su persecución. Las imágenes caóticas grabadas por la calle con la cámara al hombro incorporaban las preguntas delirantes que le hacía a Txeroki: “¿Te gusta por lo menos la democracia o algo? Con las víctimas que hubo cuando tú eras jefe de ETA, ¿no tienes ni la valentía de decir nada?” El periodista aseguraba que los hombres que lo acompañaban eran “personas del entorno abertzale” y les reprochaba que fueran con él: “¿Estáis siempre con Txeroki, eh? ¡Siempre avisándole!” Durante una persecución con el coche por la autopista se aventuraba a afirmar que el protagonista “se mueve igual que cuando era jefe de la banda terrorista: da dobles vueltas a las rotondas, toma varias direcciones y cuando llega a su destino cambia de coche”. Mientras lo perseguía, las preguntas que le hacía aglutinaban todos los tópicos periodísticos del argot contra ETA: “¿Te arrepientes de lo que hiciste durante tus años de jefe de ETA?”, “¿Te ha merecido la pena?”, “¿Qué haces fuera de la cárcel? ¿No dices nada a las víctimas?”, “¿Condenáis la violencia o no? ¿O es un paripé todo esto?” El redactor le recriminaba la actitud fría, que no lo mirara a los ojos y que no quisiera dirigir unas palabras a su micrófono. Todos los colaboradores de Quintana, fascinados con la intrepidez del reportero, lo felicitaban por el trabajo hecho. Era paradójico el desprecio que le profesaban y, a la vez, cómo lamentaban no conversar con él: “Eran valientes, cuando mataban inocentes en sus trabajos...”, criticaba la presentadora, reprochándole la cobardía de no dar la cara. Es esperpéntico que estos presentadores que en el pasado lamentaban que se dialogara con ETA para conseguir la paz justamente ahora necesiten reincorporar a estos personajes al circuito mediático, tenerlos en exclusiva, ponerles un micrófono y obtener declaraciones suyas, estimulándolos incluso a dirigirse a sus víctimas. Lo peor es imaginar qué harían si obtuvieran alguna respuesta.