Sin atajos para el periodismo

Leo en Dircomfidencial que La Vanguardia ha sufrido una patada severa en audiencias digitales y que lo atribuyen a los cambios algorítmicos de Google y Discover y a “la línea de contenidos redactados por empresas externas”. Explican que hasta tres empresas diferentes elaboraban artículos que solo se revisaban posteriormente a su publicación. La prensa debería vigilar en no perder el foco: la mayoría de medios que trabajaban no para el lector sino para Facebook pasaron a mejor vida al día siguiente que el gigante tecnológico decidiera cerrar el grifo. Un poco de espuma pescaclíquica en la cerveza es amena y hace cosquillas en el bigote, pero si tu vaso es fundamentalmente bromera, el trago resulta insustancial. La crisis de la prensa inquieta, pero hay una verdad que se mantiene sólida en estos últimos años: la mejor dependencia es la de los lectores. Que no es lo mismo que la de los clicadores.

El caso evidencia que no hay atajos para el periodismo. Muchas de estas empresas externas se abonan a la IA, porque es una tecnología barata y rápida si quieres despachar contenidos de titular llamativo y cero sustancia genuina. Y es éticamente reprobable porque, al final, estas compañías beben de la faena de alguien otro que no recibe ni crédito ni compensación. Además, nunca sustituye el valor añadido que aporta un humano: una IA te podrá decir qué intensidad ha tenido un terremoto y a qué sismógrafos lo han detectado, pero el relato de las consecuencias necesitará siempre que alguien se plante allí con libreta, micrófono o cámara... y ganas de escuchar. Cada vez proliferan más artículos hechos por IA, a menudo robados de otros medios y reescritos a la ortopédica manera de la máquina. Hay periodistas falsos con nombres inventados firmando piezas y con su perfil de baratillo creado en las redes sociales. Esto es ruido, no periodismo, y acaba siendo tan temerario como segar la hierba bajo los pies.