Callar violaciones para no alimentar el odio?
Gran revuelo entre los lectores del New York Times por una columna de Nicholas Kristof que habla sobre los abusos sexuales cometidos contra palestinos por parte de israelíes, incluyendo casos de incitar a perros para que penetraran a las víctimas. El ruido ha sido lo suficientemente grande como para que el diario haya hecho una pieza en la que el autor y la jefa de Opinión respondían algunas de las preguntas más frecuentes que ha generado la pieza. Se cuestionaba, por ejemplo, si las fuentes eran fiables y tanto el diario como el periodista detallaban por qué consideraban que sí. Aquí era interesante el criterio aplicado: el apoyo político que pueda dar una entidad no la descalifica de manera automática. Eso sí, añado, hay que encontrar maneras de contrastarlo con fuentes independientes (como ha hecho Kristof, hablando directamente con alguna de las víctimas).
Uno de los dilemas morales planteados por los lectores era si se había valorado que revelar estas prácticas degradantes, especialmente en el caso de las violaciones por bestialismo, podía alimentar el antisemitismo. El periodista admitía haber dudado, pero recordaba que cuando cubrió el genocidio de Darfur, cometido por árabes contra diferentes grupos étnicos africanos, sabía que eso alimentaría los prejuicios contra los árabes. “Pero la solución no es mirar a otro lado”, explicaba. Y añadía: “Cuando has entrevistado supervivientes de violaciones y has visto su trauma y el coraje que supone explicarlo en público, quieres hacerlo saber a todo el mundo, ya seas en Sudán o en Cisjordania”. Es la clave: el periodista no juzga. Solo ilumina lo que otros, generalmente con poder, querrían mantener oculto. Y la primera responsabilidad es contra las personas concretas. En esta era de choques constantes de relatos macro, el periodismo debe mantener las raíces a pie de calle y hablar de la gente. La guerra también lo es contra la abstracción aséptica que intentan imponer los que la decretan.