El jueves por la noche, el The late show de la CBS bajó el telón. Stephen Colbert ya está de vacaciones, y se considera cerrada una etapa histórica del late night televisivo.El presentador comenzó explicando que querían hacer una emisión normal, sin solemnidades ni autocomplacencia. Apelaba a uno de los propósitos fundacionales: considerar el programa una joy machine, una máquina de la alegría basada en lo que ellos han llamado una "relación emocional recíproca", defendiendo un vínculo con la audiencia que retroalimentaba el show. El resultado, por tanto, fue más emotivo y simbólico que combativo. A pesar de las pruebas evidentes de que las presiones políticas se han cargado el programa, Colbert evitó los comentarios cáusticos contra Donald Trump. Y se echaron en falta. Después de toda la capacidad de análisis que ha demostrado el programa, del sustrato ideológico que ha sabido gestionar con tanta inteligencia, el final quedó empapado de un espíritu insustancial y blando. Se quería potenciar el tono amistoso y festivo sin amargura. Pero el último programa no hizo justicia a su capacidad de influencia y, sobre todo, al espíritu crítico y reivindicativo. Se esperaba más mordacidad y menos tontería.Paul McCartney fue el entrevistado principal. La elección tenía también un significado alegórico: los Beatles debutaron en The Ed Sullivan show hace 62 años. El programa, sin embargo, estuvo repleto de apariciones fugaces de buenos amigos de Colbert: Brian Cranston, Paul Rudd, Ryan Reynolds, Elijah Wood... Y, por supuesto, sus colegas de profesión: Fallon, Kimmel, Meyers y Oliver. Y un Jon Stewart que se encargaba de darle la estocada. Todo ello demuestra que el universo televisivo nocturno es eminentemente masculino, y que entre ellos se lo hacen todo y se ríen las gracias.Cobert cantó Hello, goodbye con McCartney: "You say «goodbye», I say «hello» / You say «stop» but I say «go»" son versos que hacen referencia a esta lucha de contrarios, pero también a este inicio de una nueva etapa. La letra permite múltiples lecturas interpretativas.Colbert optó por un final simbólico. Un enorme agujero luminoso que llevaba a una dimensión paralela amenazaba al presentador. El astrofísico Neil deGrasse explicaba al protagonista que la cancelación de su programa provocaba una especie de anomalía cósmica. Cuando McCartney desconectaba el tablero eléctrico, aquel vacío energético succionaba a Colbert y al edificio entero. Una metáfora indiscutible. El late show acababa reducido a una pequeña bola de nieve en medio de la calle, olfateada por un perro, como si el universo televisivo colapsara y quedase reducido a un objeto kitsch poco útil. Un simple souvenir de Nueva York. Solo un recuerdo. Como si la cancelación del programa fuera también el cierre de una cultura mediática, el final de etapa de una determinada televisión generalista que está desapareciendo y está quedando reducida a una entrañable reliquia del pasado.