Atrapada en Afganistán: tengo que inventarme un marido que no existe para poder salir del país
KabulTras meses de incertidumbre, finalmente parecía que una puerta se había abierto para mí. Tras leer mis crónicas en el diario ARA y saber que las mujeres en Afganistán no tenemos ninguna posibilidad de continuar nuestros estudios en el país debido a las restricciones de los talibanes, un empresario catalán lector del ARA se puso en contacto conmigo para ofrecerme sufragar el coste de un máster de periodismo para que pudiera completar mis estudios en el extranjero. Cuando recibí la noticia, lloré de alegría y sentí que años de esfuerzo, esperanza y resiliencia por fin me llevaban a algún lugar. Por primera vez en mucho tiempo, me permití imaginar un futuro más allá de la pura supervivencia.
Pero pronto me di cuenta de que, en el Afganistán de los talibanes, siempre hay barreras, incluso cuando aparece un camino hacia la libertad. Uno de los requisitos para solicitar un visado en el extranjero es disponer de un certificado de antecedentes penales. Para obtenerlo, fui al ministerio del Interior de los talibanes con mi hermano mayor.
Llegamos poco antes de las ocho de la mañana, pero a esa hora ya había una larga cola. Muchas chicas jóvenes esperaban acompañadas de sus padres o hermanos, y llevaban en la mano carpetas llenas de documentos. Algunas habían viajado desde provincias lejanas. Otras hablaban en voz baja de las becas de estudios que habían conseguido tras años de mucho esfuerzo. Sus caras irradiaban esperanza, la esperanza que aparece cuando una puerta ha estado cerrada durante años y de repente se abre un poco.
Mi hermano llevaba mis documentos. Los habíamos preparado con cuidado. Como sabía que los talibanes probablemente se negarían a emitir un certificado a una mujer que viajara sola, mi hermano también había solicitado un certificado de antecedentes penales para él para así hacer ver que viajaríamos juntos. Para evitar posibles sospechas, incluso habíamos dicho que nuestro destino sería Arabia Saudita.
Consentimiento de mi hermano
Cuando abrieron las puertas del ministerio, mi hermano y yo tuvimos que separarnos. Él tuvo que entrar en la sección de los hombres, y yo en la de las mujeres. Un funcionario miró mi solicitud y mi documento de identidad, y preguntó: "¿Con quién has venido?". "Con mi hermano", respondí. Entonces me pidió que llevara una copia del documento de identidad de mi hermano y una declaración escrita confirmando que me dejaba viajar. No puse ningún impedimento. Si una firma podía ayudarme a conseguir el certificado, no era un inconveniente.
Mi hermano escribió la carta y la llevó al funcionario pertinente para su aprobación. Entonces, sin embargo, todo cambió de repente. Como aquel día había tantas chicas jóvenes solicitando un certificado de antecedentes penales, los talibanes sospecharon que la mayoría lo queríamos para continuar nuestros estudios en el extranjero. Así que decidieron no emitir ningún certificado más a las mujeres.
Un hombre que acompañaba a su hija protestó y aseguró que él personalmente había dado permiso a su hija para viajar. La respuesta de uno de los talibanes fue: "¿Queréis que vuestras hijas se conviertan en prostitutas? No lo permitiremos".
Cuando mi hermano salió del ministerio con los otros hombres, supe enseguida por su cara que las cosas habían ido mal. Aquellos padres y aquellos hermanos habían acompañado personalmente a sus hijas y a sus hermanas, habían escrito cartas de consentimiento, y habían hecho todo lo necesario, pero nada de eso importaba. Los talibanes no nos dejaban viajar.
Ese día, más que nunca, sentí lo que significa ser mujer en Afganistán: no tienes ninguna autoridad sobre tu propio futuro. Incluso si tu padre está de acuerdo. Incluso si tu hermano te apoya. Incluso si has conseguido una beca o cumples todos los requisitos legales, alguien aún puede decidir que tu futuro no te pertenece.
No pude evitar ponerme a llorar. Mi hermano intentó consolarme, pero en mi cabeza había demasiadas preguntas: ¿qué pasará si no puedo conseguir el certificado de antecedentes penales? ¿Y si esta oportunidad de estudiar en el extranjero se desvanece? ¿A cuántas chicas les ha pasado como a mí: tuvieron una oportunidad y después no pudieron salir del país?
Una mentira
Entre todas las caras de decepción, había una única chica que parecía aliviada: ella sí que había conseguido completar el proceso biométrico y podía recoger su certificado en dos días. Curiosa, le pregunté cómo lo había hecho. Al principio, me dijo que estaba prometida con un hombre que vivía en el Reino Unido. Pero cuando vio que cada vez más chicas se acercaban a ella desesperadas, nos explicó en voz baja que en realidad no tenía ningún prometido. Todo era una mentira. Y nos aconsejó lo que debíamos hacer.
Teníamos que volver al ministerio del Interior al cabo de unos días, y decir que viajábamos para reunirnos en el extranjero con nuestro prometido. Si teníamos un amigo o un familiar fuera de Afganistán, debíamos pedirle que nos enviara un justificante de residencia y presentarlo como si aquella persona fuera nuestro futuro marido. También debíamos explicar a los talibanes que viajaríamos a un tercer país con uno de nuestros hermanos, y allí nos casaríamos con nuestro prometido.
Mientras la escuchaba, me quedé sin palabras. En un país donde desde pequeños nos enseñan que mentir está mal, el único camino que nos queda a las mujeres que queremos continuar con nuestra educación es inventarnos un marido que no existe.
Lo que me preocupa no es solo mi propio futuro, sino el futuro de toda una generación de mujeres afganas. Cuando a las mujeres se nos niega la educación en Afganistán y, al mismo tiempo, se nos impide cursar estudios en el extranjero, los sueños desaparecen. Las profesoras, médicas, periodistas, ingenieras e investigadoras que se podrían haber formado nunca lo llegarán a ser. Ningún país puede excluir deliberadamente a la mitad de su población de la educación y esperar que su futuro no se vea afectado.