Conservación

Los guardianes de los bosques submarinos al rescate del Mediterráneo

Científicos catalanes impulsan proyectos pioneros para restaurar la biodiversidad del fondo del mar que sostiene la vida en la costa

28/07/2026 - 07:01 h.
8 min

Aún a media mañana, la actividad en la cofradía de pescadores de Blanes es frenética: un ir y venir de cajas llenas de boquerón y sardinas, y salmonetes y otros peces, que llegan a esta lonja gerundense para la subasta. Ajena a este trajín y resguardados bajo las gradas, una cuarentena de individuos descansan, impasibles, en enormes tanques de agua. Algunos llevan poco tiempo allí y se recuperan esperando que llegue su momento. Otros ya están preparados y regresarán al mar pronto.

La mayoría son gorgonias, abanicos de mar de preciosísimos colores que recuerdan árboles; también hay otras especies de corales, esponjas, alguna curiosa pluma de mar, y briozoos. Hace poco, todos estos animales invertebrados yacían en el fondo del Mediterráneo, a decenas de metros de profundidad, formando parte de verdaderos bosques submarinos, tridimensionales, donde peces y crustáceos encuentran refugio, alimento y lugar para reproducirse.

Accidentalmente, sin embargo, en algún momento quedaron atrapados en las redes de pesca, que los arrancaron del fondo marino. Años atrás, habrían acabado muertos en el muelle o devueltos al mar sin posibilidad de sobrevivir. Hoy, sin embargo, su destino es, por fortuna, otro.

La Marina coge un ejemplar del primer tanque de agua, una especie de UCI de agua salada a 13 °C. Con mucho cuidado, lo observa, lo admira, y lo deposita sobre una pizarra con una regla dibujada. “Es una Eunicella cavolini, una gorgonia naranja, muy delicada. Si la tenemos demasiado tiempo fuera del agua, se ennegrece”, nos explica. Sofía asiente, le saca una foto y la inscribe en el registro de especies recuperadas. Rápidamente, la vuelven a poner en el acuario. Es uno de los últimos individuos que han traído los pescadores de Blanes. “Cuando pescan alguno, nos avisan a través de un grupo de WhatsApp que tenemos y lo traen aquí, al acuario”, nos comentan.

Bosques invisibles

“Cuando preguntas a la gente qué hay bajo el mar, muchos imaginan arena, rocas, peces, pero cuesta que piensen en un bosque o en un prado”, señala la también investigadora del ICM-CSIC Aurora Ricart, jefa de grupo júnior La Caixa.Bajo las aguas de la costa, entre la orilla y unos 20 metros de profundidad se extienden praderas de posidonia. Unos metros más abajo, comienzan a aparecer los bosques de macroalgas, que pueden llegar hasta los 40 o 50 metros. Y desde los 15 o 20 metros de profundidad y hasta más de 100, es cuando emergen estos bosques animales, llenos de color, con corales, gorgonias, esponjas, briozoos.Los tres, a pesar de ser ecosistemas costeros diferentes, comparten una característica fundamental: construyen la arquitectura del mar. “Si desaparecen estas especies estructurales, se esfuman todas las especies que viven asociadas”, alerta Ricart, que remacha: “Es como si quitáramos los edificios en una ciudad o los árboles en un bosque”.

Tanto Marina como Sofía son estudiantes de doctorado del Instituto de Ciencias del Mar (ICM-CSIC) y llevan tres días recorriendo las cofradías de la costa catalana. Empezaron en Llançà, después visitaron las de Port de la Selva, Cadaqués, Roses, Palamós y Sant Feliu de Guíxols, y hoy han llegado a la de Blanes. Fin de trayecto. De aquí a dos semanas volverán a empezar haciendo el mismo recorrido. Mientras tanto, otro equipo de la Universidad de Barcelona se encargará de los animales en los acuarios instalados en las cofradías de Arenys de Mar y de Vilanova i la Geltrú.

Una investigadora del ICM-CSIC sostiene una gorgonia naranja que acaba de llegar a la cofradía de Blanes.

Una vez estos organismos se han recuperado, los enganchan con una resina especial en cantos rodados para garantizar que, cuando los lancen de nuevo al mar, quedarán derechos. Lo han bautizado como método bádminton y esto, aseguran Sofía y Marina, contribuye a su supervivencia, porque “si quedan tumbados se asfixian”. Cuando los pescadores salen a pescar, se los llevan y los devuelven en alguno de los vedados distribuidos por la costa catalana. Cuando lo hacen, les envían una foto y las coordenadas GPS, de manera que los científicos puedan hacer seguimiento.

Primero conservar, después restaurar

Esta escena, de recuperar animales capturados accidentalmente, cuidarlos para luego devolverlos a su hábitat con las condiciones necesarias para garantizar su supervivencia, resume un cambio de paradigma profundo en conservación marina. Porque si durante décadas los esfuerzos se concentraban en proteger los ecosistemas para que dejaran de degradarse a causa de la acción humana, ahora los científicos asumen que esto ya no es suficiente y trabajan a contrarreloj para reconstruirlo. El reto, titánico, es cómo hacerlo.

De hecho, esto es lo que persigue el proyecto europeo Life ECOREST, coordinado por el ICM-CSIC, que desde que se puso en marcha, en 2022, ya ha conseguido devolver al Mediterráneo alrededor de 10.000 animales en colaboración con los pescadores catalanes. Los acuarios que acabamos de visitar en Blanes forman parte de ello.

“Hacemos campañas de seguimiento de estas acciones que nos han permitido saber que más del 90% de los animales que reintroducimos sobreviven y que los hábitats que restauramos vuelven a actuar como refugio de biodiversidad”, señala con satisfacción Jordi Grinyó, investigador postdoctoral Beatriu de Pinós en el ICM, al frente de esta iniciativa.

Un bosque de algas de la especie 'Cymodocea', delante del islote de la Foradada.

El objetivo final de Life Ecorest, que concluirá el año que viene, es restaurar cerca de 30.000 hectáreas de hábitats marinos profundos vulnerables en el litoral catalán.

Esta idea, de hecho, comenzó a gestarse hace más de 30 años, cuando los mismos pescadores captaban cómo diversos stocks pesqueros de la costa del país estaban a punto de colapsar o en un declive acelerado. Y ya entonces, en colaboración con investigadores del ICM, decidieron establecer los primeros cercados, zonas completamente protegidas de la pesca.

“Es un hecho bastante único en todo el Mediterráneo, porque no ha sido una imposición de la administración, sino fruto de un proceso consensuado con el sector pesquero”, asegura Grinyó, que destaca que en nuestro país “tenemos una de las densidades más elevadas de vedados”.

Las primeras pruebas en Roses, donde se estableció un cercado de 50 km², mostraron que en tan solo dos años se recuperaba la pesca. “La biomasa de merluza juvenil, por ejemplo, aumentó 10 veces respecto a fuera del vedado en dos años", dice el ecólogo marino, que apunta como explicación: “Es dar un espacio a las especies para reproducirse y vivir sin presiones”.

Tomando muestras del fondo marino.

La idea de establecer más cercados a lo largo de la costa catalana fue cuajando. Sin embargo, la exploración de aquellas reservas protegidas con robots submarinos mostró que la fauna sésil, la que vive enganchada fija al fondo marino, que conforma verdaderos bosques que son hogar para la biodiversidad, no se estaba recuperando al mismo ritmo que algunas especies comerciales que se habían evaluado. Esto llevó a emprender Life Ecorest, en el que actualmente participan 8 cofradías catalanas.

“Vemos cómo muchas especies utilizan estos organismos restaurados para poner los huevos. Hemos visto gorgonias que habíamos devuelto al mar completamente envueltas de huevos de tiburón gato, de puestas de cefalópodos, y juveniles de otras especies entre las ramas”, remacha el investigador del ICM-CSIC haciendo balance de cuatro años de funcionamiento del proyecto.

El éxito de la experiencia Life Ecorest es una prueba de que la restauración puede recuperar no solo los organismos, sino también las funciones ecológicas del sistema. Y ya ha inspirado acciones similares en otros lugares del Estado, como las islas Baleares, Valencia y Galicia, y ahora emprenderán un proyecto similar en Cádiz. En las Azores y en México están aplicando la misma metodología pero a profundidades mayores, de 400 metros. 

El nuevo enemigo invisible

Durante buena parte del siglo XX, el principal problema de los bosques mediterráneos era la contaminación del agua. La construcción de depuradoras permitió estabilizar muchas praderas de posidonia que retrocedían desde los años 60. Ahora el reto es otro: “Cada año batimos récords de temperatura”. Las olas de calor marinas se han convertido en una amenaza creciente para organismos que no pueden desplazarse buscando aguas más frías.Aurora Ricart, jefa de grupo júnior 'la Caixa' en el Instituto de Ciencias del Mar (ICM-CSIC), investiga cómo afecta en estos ecosistemas costeros la acción humana y el calentamiento del Mediterráneo. En acuarios en el ICM, ubicado frente a la playa de la Barceloneta, hacen experimentos con macroalgas para saber cómo responderán a futuras situaciones climáticas.“Las especies tienen umbrales de supervivencia y cuando se sobrepasan determinadas temperaturas no pueden sobrevivir”, afirma, y pone como ejemplo la ola de calor que entre 2014 y 2016 mató al 90% de la población de algas kelp, gigantes, en algunas zonas de California.En el Mediterráneo los investigadores ya detectan mortalidades locales y saben, gracias a los experimentos de laboratorio, que muchas especies se acercan a sus límites fisiológicos. La posidonia, por ejemplo, empieza a mostrar signos de estrés cuando la temperatura del agua supera los 26 °C, un valor que ya se alcanza habitualmente durante los veranos más cálidos.Además, a este enemigo invisible hay que sumar otros viejos conocidos: la contaminación, la pesca de arrastre, las anclas de barcas y barcos y las obras que se hacen en los puertos, que conllevan una alteración física del espacio.

Recuperar el ecosistema

Los acuarios repartidos por las cofradías de pescadores catalanas no revertirán por sí solos décadas de degradación del Mediterráneo, pero simbolizan un reto mayúsculo. “Durante muchos años pensamos que conservar era suficiente. Pero nos equivocábamos”, afirma contundente la bióloga marina del Centro de Estudios Avanzados de Blanes (CEAB-CSIC) Emma Cebrian, una de las pioneras en restauración. “Nadie cuestiona que después de un incendio hay que restaurar un bosque. Con el mar tenemos que empezar a pensar igual”.

Ahora bien, restaurar, incide Cebrian, va mucho más allá de replantar. "Implica mejorar la calidad del agua, para tener pocas especies invasoras, hacer una gestión del fondeo y de la pesca, entre otras cosas. Plantar es la última acción y se tiene que hacer de forma estratégica".

La investigadora Sofía Faramelli, del ICM-CSIC, fijando una gorgonia en un guijarro para devolverla al mar.

Es en este sentido que Cebrián comenzó a trabajar hace 15 años en bosques de macroalgas, que son su especialidad. Con su grupo de investigación, logró restaurar Cala Teurela, en la bahía de Mahón, en Mallorca, un bosque de algas cystoseira en un punto donde estaba documentado que había habido a principios del siglo pasado y que había desaparecido a causa de la contaminación. Fue un proyecto de años con el que consiguieron recuperar la biodiversidad, y los procesos de producción de oxígeno y captación de carbono. Un hito extraordinario, porque una vez se pierden los bosques, tanto de corales como de gorgonias y macroalgas, es extremadamente difícil recuperarlos.

Desafortunadamente, sigue siendo, por el momento, el único ejemplo de éxito. “Plantar organismos allí donde se han perdido no garantiza recuperar un ecosistema y que vuelva a funcionar ecológicamente”, subraya la investigadora.

Y es que estos ecosistemas del litoral no son tan solo paisajes submarinos, sino infraestructuras naturales que sostienen buena parte de la vida marina. Oxigenan el agua, fijan los sedimentos y contribuyen a proteger las playas de la erosión. Actúan como refugio y zona de cría de numerosas especies, incluidos muchos peces y crustáceos que son la base de la pesca artesanal y comercial. Además, concentran buena parte de la biodiversidad mediterránea.

Por eso, insiste Cebrian, “restaurar el mar no es una cuestión estética ni una obsesión de los biólogos. Es una inversión en calidad de vida”.

Un plan de país para la conservación marina

Ahora esta bióloga marina coordina el primer plan de restauración de los hábitats marinos de Cataluña, el Peremcat, un proyecto pionero en el Mediterráneo que cuenta con una inversión superior a los tres millones de euros por parte del departamento de Política Marina y Pesca Sostenible de la Generalitat y que persigue primero saber qué hábitats marinos hay, en qué estado están y qué amenazas tienen, para después poder decidir cuáles son las acciones que hay que llevar a cabo en cada caso. “No podíamos empezar a restaurar sin tener un plan de país, sería como ponernos a construir carreteras y autopistas sin tener un plan de movilidad”, alega Cebrian.

Los investigadores del CEAB-CSIC trazaron una cartografía de los hábitats submarinos del litoral catalán.

Por el momento, han dividido el litoral catalán en 31 masas de agua, desde las Cases d’Alcanar hasta el Cap de Creus, y ya han trazado una cartografía de los hábitats existentes y su estado de salud. “Hemos descubierto bosques de macroalgas que ni sabíamos que existían en Cataluña, que están en muy buen estado y que, por lo tanto, todavía podemos actuar para mantenerlos”, afirma esta bióloga marina.

Ahora trabajan para identificar las amenazas a las que se enfrenta cada uno. “Es de sentido común: antes de restaurar, hay que eliminar la causa que provoca degradación. No sirve de nada replantar posidonia en puntos donde continúan fondeando embarcaciones, ni tampoco devolver gorgonias si después serán de nuevo arrancadas”, considera la bióloga marina del CEAB. Cada hábitat necesita una estrategia diferente y habrá que priorizar.

Una vez parado aquello que provoca la degradación, se puede optar porque el sistema se recupere solo o hacer una intervención activa reintroduciendo organismos. “Restaurar no es simplemente plantar, sino conseguir que un ecosistema vuelva a funcionar”, dice Cebrián.

Este cambio de paradigma ya no es solo científico, sino también una obligación legal. La Unión Europea ha aprobado la ley de restauración de la naturaleza, que obliga a los estados miembros a impulsar la recuperación de los ecosistemas degradados. Entre los objetivos se encuentra recuperar antes de 2030 al menos un 20% de los hábitats terrestres y marinos de interés comunitario. Cataluña ya avanza hacia este objetivo. Durante décadas hemos intentado evitar que el Mediterráneo continuara degradándose. Ahora toca empezar a reconstruirlo.

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