Esperábamos que los talibanes cambiaran, pero tuvimos que cambiar nosotras
El 15 de agosto de 2021 tenía que ir a la universidad, como cualquier otro día, pero fue el último de nuestra libertad
KabulEl 15 de agosto de 2021 tenía que ir a la universidad como cualquier otro día. Nos llegaban noticias de que una provincia tras otra iba cayendo en manos de los talibanes y el miedo se iba apoderando de mí poco a poco. Pero aún no podía creerme que Kabul caería. Pensábamos que, si los talibanes entraban en Kabul, sería mediante un acuerdo con el gobierno central y no a través de la guerra o de la fuerza. En nuestro grupo de WhatsApp, mis compañeros de clase y yo habíamos acordado ir a clase al día siguiente.
Pero el 15 de agosto acabó siendo el último día que estudiaríamos juntos bajo el mismo techo, junto a nuestros compañeros hombres. Era la primera hora de clase, pero el ambiente era completamente diferente. Todos hablaban de los talibanes y las chicas estaban especialmente preocupadas. Cuando entró el profesor, no dio clase. En lugar de eso, nos preguntó cómo pensábamos que serían los talibanes y qué temíamos perder.
Cada uno de nosotros tenía algo que perder: uno sufría por su vida, otro por su trabajo, otro por su libertad, mientras que las chicas teníamos miedo de no poder estudiar. El profesor me preguntó: "¿Qué harías si te dijeran que estudiaras llevando un burka?". Respondí: "Mientras nos dejaran estudiar, ya tendría suficiente". Una de mis compañeras dijo: "No quiero una educación al precio de perder mi libertad".
Hacia las nueve de la mañana, el decano de nuestra facultad entró en el aula y nos dijo que volviéramos a casa porque la situación estaba empeorando. Antes de marcharnos, cuatro de mis compañeros más cercanos y yo fuimos al café que había enfrente de la universidad. Pensábamos que quizás sería la última vez que nos sentaríamos juntos los cinco. Aún no nos creíamos que Kabul caería. Pensábamos que quizás el gobierno simplemente cambiaría mediante un acuerdo.
Nos hicimos una fotografía juntos. Hacia las diez y media, uno de mis amigos dijo: "Vamos a casa. Tengo miedo". Mi amiga Sodaba y yo subimos a un vehículo que transportaba a otros estudiantes. Mientras nos alejábamos, vi gente corriendo hacia casa, las calles atascadas de tráfico y vehículos militares por todas partes.
Fue entonces cuando lo entendí: Kabul también estaba cayendo. La Sodaba empezó a llorar. Cada día, de camino a la universidad, hablábamos de continuar estudiando, cursar un máster y construir nuestro futuro. Aquel día llorábamos porque estábamos a punto de perder nuestro derecho a estudiar. Recordábamos las historias que nos habían contado nuestras madres sobre el primer régimen de los talibanes, cuando las mujeres estaban confinadas en casa y a las niñas les estaba prohibido ir a escuelas y universidades.
Cuando llegué a casa, mi madre también acababa de volver del trabajo. La abracé y lloré. No podía creer que, después de más de veinte años, nuestras vidas volvieran a parecerse tanto. Mi padre aún estaba fuera. Le seguimos llamando una y otra vez. Nos decía que las calles estaban cortadas, que la gente abandonaba los coches y volvía a casa a pie, y que las tiendas estaban cerrando.
El presidente ha huido
Finalmente, llegó sobre las tres y media de la tarde. Verle sano y salvo me proporcionó un momento de alivio. Pero entonces llegó la noticia de que el presidente había huido. Los talibanes habían entrado oficialmente en Kabul. Ese día experimenté a la vez miedo, rabia, desesperación, impotencia y angustia.
Esa noche supimos que los talibanes estaban registrando las casas de nuestro barrio. Mi padre había sido oficial del ejército, por lo que empezamos a esconder sus pertenencias. Quemamos sus medallas y sus certificados de reconocimiento, cosas que en otro tiempo habían representado sus éxitos, pero que ahora podían ponerle en peligro. Por suerte, aquella noche los talibanes no entraron en nuestra casa. Pero al día siguiente, el 16 de agosto, comenzó una vida diferente.
Un mes más tarde, salí de casa por primera vez. Vi combatientes talibanes por las calles, hombres de pelo largo, ropa descuidada y armas, apostados en los controles. Estaba aterrorizada, pero aún no entendía hasta qué punto transformarían nuestras vidas.
Durante los primeros meses, las mujeres todavía trabajaban en muchas oficinas gubernamentales y no gubernamentales. Mucha gente había vuelto al trabajo. En aquel momento, el problema más grande para mí era el cierre de las escuelas y las universidades.
A los seis meses, las universidades reabrieron, pero las restricciones no tardaron en llegar. Separaron a los estudiantes de sexo masculino de las estudiantes de sexo femenino. Se modificaron los horarios de las clases. Nuestra forma de vestir debía ajustarse a las nuevas normas. Finalmente, en diciembre de 2022, las universidades volvieron a cerrar las puertas a las mujeres.
Aun así, en aquellos primeros tiempos todavía teníamos esperanza. Pensábamos que la situación podía ser temporal. Quizás los talibanes cambiarían. Quizás las escuelas para niñas volverían a abrir. Quizás las restricciones se aliviarían.
Pero ocurrió todo lo contrario. Llegaron decretos, uno tras otro. Las mujeres fueron expulsadas de la educación, del trabajo, del deporte, de los parques, de los viajes y de muchos espacios públicos. Las restricciones sobre la forma de vestir y los desplazamientos se hicieron más estrictas. Los registros de casas y teléfonos continuaron.
Incluso nuestra apariencia cambió. Se esperaba que las mujeres vistieramos de negro, con prendas largas para cubrirse y con el rostro tapado. También presionaron a los hombres para que siguieran unas formas de vestir determinadas.
Poco a poco, las familias también cambiaron. Antes de salir de casa, muchas mujeres ahora tienen que pedir permiso o tranquilizar a sus familias asegurándoles que la ropa que llevan es aceptable. Las familias tienen miedo de que detengan a sus hijas por la calle.
Yo también cambié. Hace cinco años, si alguien me hubiera dicho que un día me revisaría una y otra vez la ropa antes de salir de casa, no me lo habría creído. Hoy, muchas de nosotras cambiamos nuestro comportamiento antes de que los talibanes nos lo tengan que decir. Y quizás este es uno de los cambios más profundos de estos cinco años.
Los medios de comunicación también han cambiado. Durante los primeros años, los periodistas aún podían informar sobre la guerra, los derechos humanos, la ocupación de las mujeres y la educación de las niñas. Pero después de que algunos periodistas fueran detenidos y que varios medios fueran amenazados, la autocensura se extendió.
Hoy, algunos temas casi no reciben cobertura. Las informaciones sobre las mujeres y los derechos humanos a menudo se basan en declaraciones de organizaciones internacionales, más que en información obtenida directamente desde el interior de Afganistán.
Y la gente ha cambiado. Hace cinco años, cuando vi a los talibanes por las calles por primera vez, les tenía miedo. Pero aún creía que podía continuar viviendo mi vida como yo quisiera. Hoy, el miedo ya no consiste solo en ver un combatiente talibán por la calle.
Aquella mujer de veinte años
Datos recientes de ONU Mujeres –el organismo de las Naciones Unidas dedicado específicamente a la igualdad de género y el empoderamiento de la mujer– muestran hasta qué punto esta transformación nos ha afectado: la mitad de las mujeres entrevistadas dijeron que solo salen de casa una o dos veces al mes.
Cuando leo este dato, pienso en aquella mujer de veinte años que estaba sentada al lado de Sodaba en aquel vehículo universitario, llorando por el futuro que creía que estaba perdiendo. Aquel día pensaba que los talibanes me quitarían la universidad.
No sabía que un día tendría que pensármelo dos veces antes de ir a trabajar, elegir qué me pongo, hablar con libertad, moverme por la ciudad o, simplemente, estar en un espacio público.
Hace cinco años, esperábamos que los talibanes cambiaran. No lo hicieron. Cambiamos nosotros. Aprendimos a salir menos, a vestirnos, dónde guardar silencio, qué escribir y qué no escribir. Aprendimos a vivir dentro de los límites que nos imponían. Y quizá esta es la parte más aterradora de estos cinco años.
El 15 de agosto de 2021, mis amigas y yo estábamos sentadas en un café y nos hicimos una fotografía juntas, sin saber que acabaría convirtiéndose en el testimonio del último día en que aún considerábamos normal nuestra libertad. Cinco años después, aún pienso en aquella fotografía. Cinco chicas que no sabíamos qué estábamos a punto de perder. Se suponía que debíamos esperar a que los talibanes cambiaran. En cambio, nos obligaron a cambiar nosotros para poder sobrevivir.