¿Por qué es importante tener pestillo en la habitación?
Siempre que voy a casa de una pareja con hijos me fijo. ¿Tienen pestillo en la habitación? Puede parecer una obsesión extraña, pero para mí es un pequeño detalle cargado de significado. Porque poner un pestillo no es solo instalar un mecanismo en una puerta; es poner un límite y proteger un espacio de intimidad.
Cuando no lo hay, el mensaje implícito es que estamos disponibles en cualquier momento. Y sí, es cierto que nuestros hijos nos necesitan y que queremos estar ahí. Pero, ¿dónde quedamos nosotros? ¿Dónde queda la pareja? ¿Qué pasa con aquellos ratos en los que también necesitamos estar a solas, hablar, abrazarnos o, sencillamente, descansar sin miedo a que alguien entre sin avisar? Es inevitable preguntarse si viviremos nuestra sexualidad con la misma espontaneidad sabiendo que, en cualquier momento, la puerta se puede abrir.
Además, poner un pestillo también es una manera de educar. Enseñamos a nuestros hijos e hijas que la intimidad es un derecho, y también la de los adultos. Que antes de entrar hay que llamar y esperar respuesta. Que amar no significa tener acceso ilimitado al otro. Que los límites no alejan, sino que protegen las relaciones. Y que cada uno necesita un espacio propio donde sentirse seguro.
Paradójicamente, cuando los niños crecen, son ellos los primeros que reclaman que llamemos a la puerta antes de entrar en su habitación. Y hacen bien. Pero la intimidad no aparece de golpe en la adolescencia; se construye desde pequeños, observando cómo los adultos también la cuidan.
En conclusión, tener pestillo en la habitación es cuidar la relación de pareja. Es recordarnos que, antes de ser madre o padre, también somos personas, compañeros, amantes. Y que preservar este espacio no es un acto de egoísmo, sino una forma de cuidar un vínculo que sostiene a toda la familia.