Del 'girlboss' y el minimalismo al 'girl dinner' y el 'whimsy-maxxing': ¿crónica de una infantilización?
Expertos analizan el giro hacia estéticas infantilizadas entre las jóvenes y adolescentes y alertan del coste social, económico y ambiental de una tendencia basada en el hiperconsumo
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BarcelonaDurante una década, la mujer joven ideal vistió tonos neutros, vació los armarios y convirtió el orden, el autocontrol y la productividad en una estética. Era el año 2014 y Sophia Amoruso no era consciente de que un hashtag, #girlboss, lo cambiaría todo. Una mano tendida a la hustle-culture, la cultura del ajetreo, acompañada de una tendencia minimalista a la hora de vestir y decorarlo todo, dibujaron una feminidad aparentemente autosuficiente: una joven que trabajaba, emprendía, cuidaba su cuerpo, mantenía un aspecto y una casa impecables y las rutinas al minuto, siempre de la mano de un café de especialidad (o un matcha latte, hoy en día). Ahora, el péndulo parece haber vuelto, después de que años de hustle-culture hayan provocado un burnoutcasi previsible. Llegan los lazos, los colores pastel, los estampados extravagantes, toda una oda al kitsch, acompañada de un sentimiento de nostalgia y una necesidad de recuperar el juego, volver a ser niñas. Del girlboss al girl dinner (la cena de chica menos elaborada) o el girl math (la gimnasia mental para justificar un gasto); del minimalismo al maximalismo; de la mujer joven que lo podía todo a la mujer joven que quiere volver a jugar. El whimsy-maxxing es una de las expresiones más recientes para definir este fenómeno.
Pilar Medina-Bravo, doctora en psicología por la UB e investigadora de la UPF, asegura que todas estas tendencias tienen un hilo conductor. Explica que son fenómenos que se viralizan a través de las redes sociales y que, según su lectura, tienen en común "vaciar de contenido político la causa feminista". Lo que a priori parece una reivindicación, asegura, pasa a convertirse en una cuestión individual: una manera de vestir, comer, decorar la casa o presentarse ante los demás.
La investigadora asegura que la transformación es importante porque modifica lo que significa "cambiar las cosas". En lugar de reclamar un cambio de condiciones materiales de vida, la reivindicación se traslada al estilo de vida. El problema entonces, según Medina-Bravo, es el concepto de la "política de la representación": mostrar quién eres, qué consumes y qué estilo de vida adoptas pasa a ocupar el espacio que antes podía tener la reivindicación política. El problema, según la experta, es que la opción individual "no tiene la misma capacidad de transformación que una causa colectiva".
Esta crítica, remarca, no va dirigida contra las chicas que adoptan estas estéticas. Medina-Bravo insiste en el hecho de que no quiere "ridiculizar, banalizar o culpabilizar" a las mujeres jóvenes. El foco, dice, debe ponerse en el sistema que construye, amplifica y comercializa estas opciones. La paradoja es que una persona puede sentir que está cuestionando las normas establecidas y, al mismo tiempo, acabar reproduciendo las mismas dinámicas de poder y de consumo que quería dejar atrás.
Volver a ser niñas
La pregunta entonces es: ¿qué hay detrás de esta fascinación por la infancia? Laura Francolí, psicóloga y vocal de la Sección de Psicología de las Mujeres, Géneros y Diversidades del Colegio Oficial de Psicología de Cataluña, apunta a una posible explicación mucho menos política y más emocional: la incertidumbre. La crisis de la vivienda, los estudios, la precariedad laboral y la dificultad de imaginar el futuro pueden hacer que la infancia aparezca como un espacio seguro. No necesariamente porque las mujeres jóvenes quieran dejar de ser adultas, sino porque asocian aquel periodo con una época en la que no existían las mismas angustias.
"Las incertidumbres pueden generar rechazo y pueden generar miedo", explica Francolí. La infancia, por tanto, puede aparecer como un territorio conocido, una etapa vivida, ante un futuro que se prevé difícil. Pero la misma idea tiene una cara menos amable: ser niño también implica dependencia. Desde esta perspectiva, la recuperación de una estética infantil puede acabar asociando la feminidad con una posición menos autónoma y con menos poder.
Por eso Francolí pide distinguir entre infantilización y recuperación del juego. "Una mujer joven puede jugar, imaginar y sentir nostalgia sin que eso implique volver a un papel infantil", asegura. La palabra infantilización adquiere sentido, según ella, cuando implica "quitar poder a la mujer joven", reducir su autonomía o situarla en un lugar más dependiente. También interviene la necesidad de pertenencia. Durante la juventud, explica la psicóloga, la identidad todavía se está configurando y las modas ofrecen una manera de encontrar un grupo y sentirse parte de él. Las redes sociales y la publicidad tienen, en este momento, una capacidad especialmente grande para presionar y orientar estas identificaciones.
Esto permite entender por qué una misma estética puede tener significados muy diferentes. Para una joven puede ser nostalgia; para otra, una manera de pertenecer a un grupo; para una tercera, simplemente una moda. Francolí insiste en que habría que mirar cada caso individualmente. El problema aparece cuando esta tendencia colectiva acaba convirtiéndose en una norma sobre cómo debe ser una mujer joven. Y aquí el cuerpo vuelve a aparecer. Las imágenes que circulan por las redes no solo proponen colores, ropa u objetos, sino también una determinada idea de cuerpo. Francolí señala que la representación de una mujer infantilizada puede asociarse a un cuerpo "más pequeño, más delgado, más estilizado". Las redes funcionan así como un espacio de socialización más, capaz tanto de ofrecer referentes como de alimentar inseguridades.
Una moda que también se compra
El problema es que la nueva estética no se limita a mirar. También pide comprar. Si el minimalismo proponía deshacerse de todo aquello que sobraba, el whimsy-maxxing convierte precisamente la acumulación en parte del juego: más colores, más objetos, más decoración, más personalización. El maximalismo tiene también una lectura de clase, según Medina-Bravo. Poder llenar un espacio de objetos o comprar constantemente cosas nuevas presupone una determinada capacidad económica.
La investigadora sitúa esta dinámica en una lógica de hiperconsumo. El "yo me lo merezco", "yo lo valgo" o "yo me lo he ganado" convierte el consumo en una forma de autorrecompensa. La pregunta que propone es sencilla: ¿quién gana dinero con esta exhibición? ¿Y cuánto dinero cuesta mantenerla? Para Medina-Bravo, esta es una de las preguntas que deberían acompañar cualquier lectura de las nuevas tendencias de las redes. Incluso el minimalismo, aparentemente opuesto al maximalismo, tiene una lectura de clase. Poder tirar objetos porque "ya no los necesitas" presupone tener la capacidad de volver a comprarlos si algún día hacen falta. En cambio, explica la investigadora, las clases trabajadoras pueden vivir en un minimalismo no elegido. Lo que en un caso es una estética, en el otro puede ser simplemente falta de recursos. Así, la sucesión de estéticas puede parecer mucho más revolucionaria de lo que es. Cambian los colores, las palabras y los objetos, pero el mecanismo sigue siendo parecido: una nueva identidad que se puede consumir, fotografiar y compartir.
De la estética al plástico
Y en el caso del whimsy-maxxing, este mecanismo tiene una consecuencia que va más allá de la pantalla. Julio Barea, portavoz y responsable de plásticos de Greenpeace España, alerta del volumen de materiales que se utilizan para fabricar muchas de estas decoraciones. Según explica, en ellos se pueden encontrar plásticos como PVC, acrílicos y otros materiales que, por su pequeño formato, son especialmente difíciles de recuperar y reciclar. El problema es precisamente el tamaño. Cuando estas pequeñas piezas se desprenden, pueden acabar en el aire, en los desagües y, posteriormente, en los ríos y en el mar. No son residuos que se puedan separar fácilmente ni recuperar con los circuitos convencionales de reciclaje, según Barea.
La purpurina es un precedente conocido de esta misma lógica: pequeños fragmentos de plástico pensados para decorar que acaban diseminados por el entorno. Barea alerta, además, de que algunos plásticos pueden incorporar aditivos químicos y que los materiales utilizados en productos decorativos pueden estar sometidos a marcos regulatorios diferentes a los de los envases alimentarios. Por eso, el mensaje de Greenpeace no es acabar con la creatividad ni con la necesidad de personalizar los objetos. Al contrario: Barea defiende que esta creatividad se puede mantener, pero sustituyendo los materiales de un solo uso por objetos reutilizados o naturales y priorizando reparar antes que recubrir o transformar. "Una creatividad sin plásticos", resume.
¡Una reacción al momento político?
Hay, finalmente, una pregunta más difícil: ¿esta nueva feminidad es también una reacción al avance del feminismo? Francolí no descarta que el cambio forme parte de la dinámica política, social y económica del momento, pero es prudente a la hora de establecer una relación directa. Considera que no se puede descartar que, tras una etapa marcada por la figura de la mujer más empoderada, aparezca una tendencia en sentido contrario, pero también advierte que no se puede considerar una respuesta política única. Medina-Bravo va más allá en su interpretación, pero sitúa el fenómeno sobre todo en la transformación del sistema capitalista y patriarcal. Su tesis no es que las jóvenes sean conscientes de estar reproduciéndolo, sino precisamente que pueden pensar que están cuestionándolo mientras participan en sus lógicas. "No es una conspiración", advierte, sino una manera de analizar cómo el neoliberalismo puede absorber y convertir en mercancía determinadas expresiones de cambio social.
Y quizás aquí radica la paradoja de esta nueva feminidad. Volver a jugar puede ser una necesidad legítima. Buscar confort también. Decorar una habitación, llevar un lazo o "comer una pizza delante de una cámara" no son, por sí mismos, actos políticos ni dejan de serlo porque alguien los interprete de una determinada manera. El problema aparece cuando las redes convierten estas prácticas en identidades prefabricadas y estas identidades en productos. Entre el girlboss y el whimsy-maxxing hay, aparentemente, un mundo de distancia. Una mujer joven con americana delante de un ordenador y otra rodeada de estampados, lazos y purpurina parecen representar dos formas de feminidad completamente opuestas. Pero, miradas de cerca, ambas pueden compartir una misma pregunta: ¿qué pasa cuando convertirse en una misma también se convierte en algo que se puede comprar?