‘Farmejar aura’, ‘six seven’ y otras construcciones inofensivas de la identidad joven
Expertos aseguran que las nuevas tendencias en las redes responden a necesidades de reconocimiento y pertenencia, pero alertan de los riesgos del entorno digital
BarcelonaSon las siete de la tarde de un miércoles de agosto en Barcelona. Bajo el Arco de Triunfo, cientos de jóvenes convocados por las redes sociales participan en un fenómeno que en las últimas semanas ha saltado de TikTok a las tertulias de la radio, la televisión y todo tipo de espacios de conversación. Son las batallas de aura, con el objetivo de farmear aura, una práctica tan sencilla como hacer acciones destinadas a proyectar una personalidad atractiva, interesante o, sencillamente, diferente.
Durante décadas, cada generación ha encontrado sus propias maneras de marcar territorio y reconocerse; a través de la ropa, del vocabulario, de los gestos o escuchando una música que los adultos no conocen. Lo que cambia ahora es la velocidad. Y también el escenario. Antes podía ser un momento de main character (de protagonista) en la discoteca, con el objetivo de ganarse el respeto de los iguales, como podíamos ver en películas como Grease; ahora son las batallas de aura en la calle.
Mientras las generaciones veteranas miran con sorpresa –y a menudo con rechazo– esta viralidad, los jóvenes ocupan la calle con códigos de la pantalla. Un six seven, sigma, NPC, lookmaxxing o delulu aparecen y desaparecen de las conversaciones. Son palabras que no buscan decir gran cosa, y aquí reside su valor: formas de construir identidad y buscar reconocimiento. Necesidades antiguas con nuevos códigos en un escenario más rápido, visible y efímero.
El salto de las redes sociales a la calle
Farmear aura podría parecer, visto desde fuera, una competición para ver quién consigue más atención. Pero para Kepa Paul Larrañaga, sociólogo de la infancia e investigador de la UCM, hay algo más interesante: los jóvenes están trasladando al espacio público fenómenos que nacen en internet. Lo vimos años atrás con el Harlem Shake o el Pokémon Go. Larrañaga explica que la performance les hace visibles e identificables y, sobre todo, les permite apropiarse de un espacio que “también consideran suyo”.
Anna Berga, doctora en sociología y profesora de Blanquerna-URL, explica que todas las generaciones han construido códigos para distinguirse de los adultos y reconocerse entre iguales. “En los ochenta había palabras como mola, guay o flipar”, y más adelante, con la llegada de Tuenti, “llegaron el LOL, el XD o el OMG”. La diferencia, explica Berga, es que ahora un código puede pasar de un pequeño grupo de jóvenes a millones de personas en cuestión de días. Las redes no han inventado la necesidad de pertenecer: “Han acelerado su circulación”.
Six seven no necesita un significado profundo para cumplir una función social. El valor es compartir el código: "Es una complicidad, y la complicidad construye comunidad", apunta Berga. El aura farming funciona como un capital simbólico juvenil para ganar estatus. No difiere en el fondo de las estrategias de reputación históricas, como pueden ser los bailes de debutantes de París o la presentación en sociedad anglosajona que se remonta al siglo XVIII; lo que cambia es el lenguaje y la plataforma donde se producen.
Esta función estuvo muy vinculada "a las tribus urbanas, que compartían una estética, una música, un vocabulario y un espacio". Hoy se ha desplazado al espacio digital, pero esto no implica aislamiento: fenómenos como las batallas de aura vuelven a la calle como una experiencia físicamente compartida. Larrañaga reitera esta ocupación del espacio público: frente al discurso adulto de que los jóvenes ya no juegan en la calle, ahora internet se los vuelve a llevar allí.
La amenaza de los entornos digitales
La cuestión es que esta identidad no se construye solo en las calles. También se graba. Se fotografía. Se cuelga. Y queda. Aquí es donde aparece una de las grandes diferencias respecto a generaciones anteriores. Hacer una cosa ridícula a los quince años no es nada nuevo. Que la escena quede registrada, que circule y vuelva a aparecer años después, sí que lo es. El riesgo de escarnio público existe, pero Larrañaga pide poner el foco en otro elemento: "El papel de las mismas plataformas en la construcción de estos fenómenos". Hay que recordar que las redes están pensadas para retener al usuario y generar consumo publicitario y, por tanto, también condiciona el comportamiento y la interacción de los usuarios.
La pregunta no es solo qué hacen los adolescentes, sino qué pasa cuando sus prácticas entran en un sistema que puede "amplificarlas, convertirlas en contenido y premiar su visibilidad". Larrañaga distingue entre la cultura creada por los mismos jóvenes y la cultura que las plataformas pueden acabar fabricando o modulando, un fenómeno estudiado por los expertos bajo conceptos como la teoría de la internet muerta, entre otros. Aquí es donde aparecen conceptos como ellookmaxxing, sigma, NPCo delulu. Son fenómenos diferentes, con significados diferentes y que responden a contextos diferentes. Por este motivo, Larrañaga pide "entender de dónde sale cada fenómeno, quién lo difunde y sobre todo, qué hacen los jóvenes cuando se lo apropian".
La psicología detrás de la cuestión de la identidad
Detrás de la voluntad de resultar interesante, hacer reír o destacar ante los demás, hay una necesidad muy antigua de reconocimiento. José Ramón Ubieto, psicólogo clínico, psicoanalista y docente de la UB, lo vincula con tres preguntas que forman parte de la adolescencia desde siempre: "Quién soy y qué deseo, a qué grupo pertenezco y qué hago con mi cuerpo y con mi sexualidad". Ubieto recuerda que las redes sociales no han inventado estas preguntas, pero sí que las han "acelerado y espectacularizado".
En este contexto, farmear aura se puede entender también como una manera de aprender a saber estar: mostrar seguridad, confianza, carisma, saber qué decir y cómo comportarse ante los demás. Aquí es donde Ubieto añade la presencia de los influenciadores, que actúan como "prescriptores de conducta" y enseñan maneras de presentarnos ante el mundo. El problema, explica, no es necesariamente ser partícipe de esta performance o querer llamar la atención. El problema es qué pasa cuando esta identidad propia depende demasiado de una forma de reconocimiento que puede desaparecer tan rápidamente como ha llegado.
Para el experto, este es un riesgo más importante que una eventual caída en una humillación viral. El prestigio siempre ha existido, pero el prestigio digital puede ser más efímero: "Un destello de reconocimiento que lo ocupa todo y mañana ya ha desaparecido". La fragilidad, alerta, aparece cuando una personalidad construye su identidad sobre este reconocimiento inestable como puede ser el aura.
Esto no lo convierte en un problema de salud mental. Los tres expertos coinciden en evitar la mirada adultocéntrica que patologiza el comportamiento juvenil. Para Berga, que los adultos no entiendan un código es su función: "Cuando una expresión juvenil es adoptada por los adultos, deja de cumplir la misma función de pertenencia y es sustituida". Un circuito similar al de los memes, que nacen en Reddit o Discord, saltan a Instagram y acaban muriendo en Facebook. La mejor respuesta adulta no es impedir una batalla de aura ni aprender todas las palabras de TikTok. Larrañaga defiende "una alfabetización digital basada en la conversación": preguntar, entender cómo interpretan las redes y acompañar sin imponer.
Farmear aura, decir sixseven, ser un sigma o un NPC, lookmaxxing o abrazar el delulu son, en definitiva, maneras diferentes de jugar con la identidad. Algunas serán efímeras; otras dejarán rastro. Lo que no desaparecerá es la necesidad que hay detrás: encontrar a los otros, saber quién eres y conseguir que, durante un rato, los demás también te reconozcan.