Una 'Aida' alejada no historicista inaugura la temporada del Liceo
El montaje de Shirin Neshat opta por el feminismo y el descolonialismo para explicar la ópera de Verdi
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- Música: Giuseppe Verdi. Libreto de Antonio Ghislanzoni.
- Dirección escénica: Shirin Neshat. Dirección musical: Antonello Manacorda.
- Intérpretes: Anna Netrebko, Ekaterina Semenchuk, Ivan Gyngazov, Artur Ruciński, George Andguladze, Alexander Köpeczi, Moisés Marín, Carmen Buendía y la Orquesta y el Coro del Gran Teatro del Liceo.
Recomiendo vivamente a quien vaya a ver la versión de Aida que firma Shirin Neshat y que inaugura temporada del Liceu, que se lea el artículo El imperio en acción: 'Aida' de Verdi, de Edward W. Said, incluido en Culture and Imperialism. Porque puede ayudar a entender la clave conceptual del espectáculo. Neshat interpreta la ópera de Verdi a partir de temas como el descolonialismo y el feminismo. Y lo hace con escenas sin concesiones a la galería, pero sin descartar un innegable sentido poético. De hecho, Aida nos habla del abuso de las teocracias, de la salvajada militarista y de los refugiados que huyen de las guerras para ir a parar a tierras de nadie. Nada demasiado alejado del catastrófico espectáculo que desde Occidente vemos cómodamente ante el televisor, apoltronados en los sofás de casa y con un mando a distancia para cambiar lo que resulta irresistible a nuestra mirada. En este sentido, la mirada de la iraní Shirin Neshat no tiene nada de compasiva, y por eso puede resultar incómoda.Sin embargo, el problema del espectáculo radica en el hecho de que el artista oriental domina el lenguaje videoartístico, pero no el teatral. Y el resultado es excesivamente contrastado entre unos elementos performativos y conceptuales bien encontrados y un movimiento escénico de cantantes estereotipado e incluso caduco o –en el caso de la gestualidad de Anna Netrebko— directamente ridículo. Tampoco ayudan unas escenas ubicadas en los entreactos que, si bien personalmente me han resultado estimulantes, pueden chocar con la tradición de una ópera que es la más vista y representada en el Liceu, siempre desde una óptica clásica y de artificioso historicismo. No obstante, hay que decir que el espectáculo es eficaz, arriesgado y de incuestionable categoría escénica.Aida no es una ópera de cámara, pero sí intimista a pesar de las escenas más célebres (especialmente la segunda del segundo acto), de gran espectacularidad. Pero el resto se concentra en una historia de amores y odios para la cual Verdi escribe una música sabia y sutil. Y hay que servirla con buen gusto y precisión. Y, si bien la dirección de Antonello Manacorda nunca es despeinada, sí que al menos se ajusta bien a las directrices de la partitura y la sirve con detallismo y buen gusto. La respuesta de la orquesta de la casa estuvo a la altura, por no hablar de un coro sencillamente mayúsculo, especialmente el masculino (genial el cuadro del templo de Vulcano).
Anna Netrebko, con intervenciones de antología
Los tres repartos (cuatro en algún caso) programados a lo largo de las dieciocho funciones (hasta el 25 de octubre), incluyen una retahíla de voces importantes e incluso de referencia. La noche de estreno, contar con Anna Netrebko significa inaugurar temporada con la voluntad de hacerla grande. Y lo cierto es que la soprano rusa exhibe los medios sobrados conocidos por todos, a pesar de algunos sonidos levemente calados. Más que en las arias, es en los números de conjunto cuando la intérprete crece, con intervenciones de antología como Fuggiam gli ardori inospiti en el tercer acto.El Radamès de Ivan Gyngazov fue de menos (poco convincente su Celeste Aida, con ataque dudoso al si bemol) a más, aunque a la interpretación global le faltan matices expresivos. Por su parte, Ekaterina Semenchuk despliega un alud generoso de carnalidad vocal al servicio de una Amneris que, si bien no es de matrícula de honor, sí que roza la excelencia por expresividad y musicalidad, aunque la voz no sea especialmente grande.En la piel de Amonasro, Artur Ruciński demuestra una vez más que es uno de los mejores barítonos-Verdi del momento, junto al contundente Ramfis del también polaco Alexander Köpeczi.Incomprensible que un rol como el del Rey recaiga en un bajo de escasa autoridad vocal como George Andguladze, mientras que Moisés Marín y Carmen Buendía defendieron con buenos argumentos los papeles de mensajero y sacerdotisa respectivamente.No se puede decir que la noche inaugural fuera de las que derrumban el teatro, en parte por la asistencia de público invitado y en buena parte ajeno al mundo de la ópera y que aplaude por compromiso. Habrá que esperar a las funciones con abonados y asiduos al Liceu. Pero temo que esta Aida gustará a pocos. Y es una lástima porque, aparte de los elementos no siempre bien resueltos del montaje, su concepto no es solo interesante y arriesgado, sino valiente y necesario ante un mundo que parece ir a la deriva.