El Liceu canta contra el odio que separa a Romeo y Julieta
Riccardo Frizza dirige 'I Capuleti e i Montecchi' con Lisette Oropesa y Raffaella Lupinacci al frente de la producción
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BarcelonaEl público que asista a las funciones de I Capuleti e i Montecchi en el Gran Teatre del Liceu se encontrará con un escenario capitaneado por dos grandes paredes, una escalinata de piedra y un río majestuoso en el centro. La ópera de Vincenzo Bellini (Catania, 1801 - Puteaux, 1835) regresa al teatro barcelonés bajo la dirección de Riccardo Frizza —que ya la lideró en la última versión, vista en el mismo escenario hace 10 años—, con dirección escénica de Allex Aguilera y la soprano Lisette Oropesa y la mezzosoprano Raffaella Lupinacci en los papeles de los dos grandes protagonistas, Julieta y Romeo. Considerada una de las joyas del bel canto italiano, la obra se representará en el Liceu del 30 de octubre al 11 de noviembre.
Escrita en 1830 y con libreto de Felice Romani, I Capuleti e i Montecchi parte de una de las grandes historias de Shakespeare, la de Romeo y Julieta, pero sus creadores no se inspiraron tanto en el relato del Bardo inglés sino que se basaron en las fuentes italianas previas, que hablaban de una pareja de amantes y de un amor imposible que les había llevado al suicidio. Aquí los protagonistas no son dos jóvenes que se han conocido en una fiesta y experimentan un primer amor apasionado, sino un Romeo y Julieta ya maduros que se han casado a escondidas y viven su relación en secreto. "Bellini propone una gran renovación del mito y convierte el amor en un gesto sacrílego ante un odio y una violencia que rodea a los dos personajes, que no tienen más salida que un final trágico", explica el director artístico del Gran Teatre del Liceu, Víctor Garcia de Gomar.
La ópera late a través del amor imposible de los dos protagonistas, pero proyecta una mirada diferente sobre su desenlace. "Aquí el odio se ve como un destino y no como una circunstancia. El suyo es un amor que desafía las normas, que pone en cuestión los valores que sostienen el entorno y el honor familiar", apunta Garcia de Gomar. En este sentido, una de las grandes preguntas que se ha hecho el equipo artístico durante el proceso de creación ha sido cuál es la parte más importante de la ópera, si el amor o el acto político de la historia. "Fue escrita en los años 30 y se estrenó en Venecia, donde gobernaba el Imperio Austríaco. El tema de la patria estaba muy presente, aunque aquí se camufle a través de la historia de amor. Hemos intentado dar peso a esta faceta de la ópera", subraya Frizza.
Lágrimas en los ojos
Una de las particularidades de esta pieza es que el personaje de Romeo está pensado para que lo interprete una mezzosoprano. "Julieta encarna la fragilidad, el ideal de pureza, la fidelidad y el sacrificio. Romeo es un hombre apasionado, valiente, que se mueve entre el ardor heroico y la vulnerabilidad íntima. La fusión tímbrica de las dos voces aporta una gran delicadeza a la función", señala Garcia de Gomar. Para Frizza, esta partitura contiene "algunas de las mejores melodías del repertorio belliniano" y "solos muy importantes de instrumentos como el arpa, la trompa y el clarinete, que eran los preferidos del compositor".
Las intérpretes han vivido en su propia piel el impacto de la partitura. "En el ensayo, antes de cantar, cuando he escuchado el solo del arpa he estado a punto de llorar. La música es tan bonita y tan emocionante que, inevitablemente, me vienen lágrimas a los ojos", explica Oropesa. Para las dos protagonistas, el gran reto del montaje ha sido aprender a contener la emoción. "Necesitamos la emoción para utilizarla en el canto, pero no podemos dejar que se nos lleve la voz. Debo cantar el conflicto dramático manteniendo siempre la pureza —dice la soprano—. Este es el papel más bonito de Bellini que he hecho". Lupinacci, que debuta en el Liceu, se ha encontrado con la misma dificultad. "Por suerte he tenido un maestro que entiende la vocalidad de cada artista, y nos ayuda, y una compañera excelente. Juntas hemos conseguido una comunión entre las dos voces, porque aquí no se trata de sobresalir", destaca la mezzosoprano.
El agua en escena
Allex Aguilera no quería situar la puesta en escena en plena Edad Media, pero tampoco era partidario de ubicar la historia en la contemporaneidad. El director artístico ha optado por un punto intermedio que se percibe, sobre todo, en el vestuario. Mientras que Romeo viste de forma más clásica, Julieta se moverá por la escena con tres vestidos que se acercan a la moda del presente. "Al principio se presenta con ropa de novia; después aparece vestida de calle con una ropa azul esperanza, porque está buscando a Romeo después de la guerra, y al final lleva un vestido que será el de su funeral", destaca Aguilera.
A la hora de idear la escenografía, el director ha jugado con los símbolos. Las dos paredes contrapuestas representan el destino de los dos amantes, que no tendrán escapatoria, y el agua es un elemento fundamental para el personaje de Julieta. "Ella tiene una relación muy cercana con el agua. Es la única que se relaciona con ella, que la toca. Vuelve allí para encontrarse con el amor, mientras que Romeo va al río para tomarse el veneno. Todo confluye allí", dice Aguilera. Los espectadores más observadores también encontrarán un simbolismo en lo que respecta al diseño de luces, que huye de la calidez y solo utiliza tonos fríos. Según el director, "el uso de los claroscuros es una manera de señalar que estamos ante un drama, ante una gran historia de amor en la que, a pesar de toda su pasión, hay algo que no funciona bien".