Bellini de pasa-que-te-he-visto
Anodina producción de la ópera 'I Capuleti e i Montecchi' en el Liceu, salvada por algunas voces y dirección musical
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- Música: Vincenzo Bellini. Libreto: Felice Romani.
- Dirección escénica: Allex Aguilera. Dirección musical: Riccardo Frizza.
- Intérpretes: Lisette Oropesa, Raffaella Lupinacci, Iván Ayón-Rivas, Marko Mimica, Alejandro López y la Orquesta y el Coro del Gran Teatre del Liceu.
Reconozco que no puedo ser objetivo con Bellini, y menos aún con una de las obras que personalmente considero más inútiles del repertorio: I Capuleti e i Montecchi. Una ópera que tan solo justifica su programación si el pretexto es la exhibición de buenas voces con musculatura belcantista para aguantar la arquitectura antidramática y anticlimática de un referente en el mundo del melodismo romántico italiano pero que, a mi modesto entender, no aporta nada a la grandeza del género lírico. Sea por el exceso de autopréstamos, sea por la escasa entidad dramática del libreto de Felice Romani, hoy en día es difícil justificar que los teatros de ópera programen una obra como esta. En caso de hacerlo, quizás habría que optar por una versión en concierto, porque montarla resulta muy difícil si no se quiere caer en el ridículo.
Aun así, el Liceo ha apostado fuerte por las dos grandes protagonistas, una Lisette Oropesa en estado de gracia al servicio de Gulietta y una Raffaella Lupinacci de medios sobrados al de Romeo. Oropesa, que por lo que dicen el 30 de octubre tuvo una noche de estreno con algunos problemas vocales, estuvo el lunes sencillamente deliciosa en ataque y emisión, en dominio de reguladores y en musicalidad. Y el entendimiento con Lupinacci funcionó, porque la mezzo italiana exhibe un canto generoso y dúctil, servido por un timbre y color preciosos.
Lució igualmente Iván Ayón-Rivas, tenor que asumía el rol de Tebaldo y que tuvo momentos de gran brillantez, como su gran escena del primer acto y, sobre todo, el dúo con Romeo en el segundo. Proyección y ataques a los sobreagudos y fraseo de gusto exquisito fueron algunos de los mejores atributos del tenor peruano.
Fue una lástima que el capítulo de bajos palideciera de manera incomprensible: el canto –otras veces noble y matizado– de Marko Mimica sonó desconfigurado en la zona aguda y con leves problemas de afinación en sus intervenciones como Lorenzo. Por otra parte, no se entiende que un teatro de la categoría y la tradición canora del Liceu haya contado con una voz como la de Alejandro López para el personaje de Capellio. Dejémoslo correr.
Un acierto, eso sí, tener a Riccardo Frizza como director musical. El maestro italiano es un excelente concertador y se erige en heredero de las grandes batutas italianas especializadas en el repertorio romántico tardobelcantista. Y una vez más lo demostró, ante una orquesta dúctil y con intervenciones estelares en las secciones con “obligados” (arpa, clarinete y trompa). Buena prestación también del coro titular, esta vez reducido a la sección masculina.
La producción de Allex Aguilera, alquilada a la ópera de Valonia, es de pasar-que-te-he-visto. Ni bonita, ni interesante, con una coreografía ridícula y algunas ideas estrambóticas que, sin venir a cuento (¿Tebaldo manoseando a Romeo?) resultaban directamente risibles. Si no fuera por la calidad de las tres voces principales y por la batuta de Frizza, al día siguiente habríamos olvidado esta representación. Y tal día hará un año.
(Por cierto, que el día del estreno se hizo un minuto de silencio por la reciente tragedia ferroviaria, pero el teatro no ha hecho mención ni uno ni otro día a la asistente escénica accidentada durante los ensayos. Habría sido un detalle, preservando toda la intimidad que se quisiera, pero recordándola en estas funciones).