Insegura estás más guapa: ¿qué hay detrás de la belleza en las redes?
Hablamos con la autora del libro 'Diva Virtual' sobre cómo el negocio de las 'influencers' afecta y condiciona la autoestima de las mujeres
Ella encarna todas las contradicciones del feminismo moderno: es una empresaria exitosa, madre autosuficiente, libre de matrimonio y que ha construido un imperio gracias a su imagen. Toda una girlboss. Y, sin embargo, su feminismo no cuestiona ni critica al patriarcado, sino que, simplemente, aspira a tenerlo todo. Ella es la modelo y influencer Kylie Jenner, una de tantas que han triunfado en las redes sociales mostrando un nivel de belleza y perfección tan elevado que no ha hecho sino fortalecer el sistema del que tantas mujeres intentan escapar. Un estándar de belleza patriarcal que cada vez es más estricto, pero que se disfraza de empoderamiento femenino.
Al menos todo esto es lo que critica Ellen Atlanta en su libro Diva virtual (Deusto, 2025), donde la periodista británica disecciona el negocio de las influencers como un síntoma de lo que viven hoy millones de chicas y mujeres que se ven abocadas a admirar e imitar su tipo de contenido.
De hecho, ella misma confiesa que durante una década ha participado de forma personal y profesional en este sistema, siendo consultora para marcas de la industria cosmética como BeautyCon y Estée Lauder, por lo que se decidió a escribir este libro. "Quería entender mi propia complicidad, de cómo he trabajado en un mundo en el que se entrena a las mujeres a ser visibles y deseables, al tiempo que las erosiona de forma silenciosa", explica.
Para ella, de este mundo virtual es difícil salir indemne: "Incluso cuando puedes criticar intelectualmente el sistema, todavía estás emocionalmente formado por él", asegura la autora, que intenta en el libro "cartografiar la trampa desde dentro". Una trampa en la que nuestra fe en la belleza se convierte en una profecía autocumplida: una vez creemos que es la moneda principal en el ámbito social, más buscamos legitimar nuestro esfuerzo estético y, sin querer, más reforzamos el sistema que lo propicia.
Experimento virtual
No son pocos los estudios que muestran que cuanto más seguidores se tienen en las redes, más aumenta en las mujeres la presión por ser atractivas. "Y cuanto más éxito tienen, peor se ven. Es un círculo vicioso muy difícil de romper", asegura. Todo un fenómeno al que se ven abocadas las mujeres milenniales y centenniales, las primeras generaciones en verse expuestas a la cultura digital de una forma tan masiva. "Se han criado en un experimento social, entre miles de fotos y un montón de personas con las que compararse", lamenta la autora, que remarca un estudio realizado durante la década del 2010 donde se aseguraba que las tasas de depresión, ansiedad y autolesiones se habían disparado a raíz del auge de las redes sociales.
Existir como joven joven hoy significa navegar entre dos paradojas, según Atlanta: "Es sentirse molesta por las imágenes de las redes, al tiempo que las consumes y recreas el mismo contenido de forma obsesiva", lamenta.
La realidad es que las redes sociales se aprovechan de algo natural –el deseo de ser visto– y la convierten en un arma. "Las plataformas están construidas para recompensar la visibilidad, pero sólo de cierto tipo. Prometen conexión, pero sus algoritmos prosperan con la comparación. Para las chicas y las mujeres, eso significa que cada publicación se convierte en una actuación y una prueba: ¿cuánta validación te puede comprar tu cuerpo?", reflexiona. Las redes sociales convierten la autoexpresión en autovigilancia. "Es una especie de patriarcado digital: invisible, adictivo y disfrazado de empoderamiento", alerta la autora. Incluso el sociólogo Ben Agger describía las selfies sexis como "la mirada masculina hecha viral".
Por otra parte, a mediados de los años noventa las encuestas indicaban que el 83% de las adolescentes leían revistas de moda una media de cuatro horas a la semana y revistas como Seventeen tenían una audiencia estimada de once millones de lectoras. Nada que ver con las cifras astronómicas de seguidoras que tienen hoy influencers como las Kardashian. "Ahora, en vez de leer una revista mensual o semanal de treinta páginas, podemos recibir el mismo contenido en tan sólo una sola hora", continúa la experta.
Belleza híbrida
La globalización de las redes también ha creado, según Atlanta, un nuevo ideal de belleza transcultural: "El ideal se ha vuelto más "inclusivo", pero también más imposible. Es una especie de rostro globalizado que toma rasgos de múltiples etnias sin pertenecer a ninguna. Se comercializa como diversidad, pero en realidad es un híbrido homo carnosos, pómulos altos, piel bronceada pero no demasiado. Todo ello no entrega a ninguna mujer de la necesidad de mejorar, y eso es el sueño de cualquier capitalista", apunta.
En este sentido, la tecnología ha acelerado este proceso gracias a los filtros y aplicaciones para editar imágenes, que contribuyen a borrar los matices culturales y los estándares de belleza locales. El resultado es que todo el mundo, en todas partes, persigue el mismo rostro: un arquetipo digital que no existe fuera de línea.
El uso de los filtros es cada vez mayor, pero paradójicamente, Atlanta asegura que hoy en día existe la ilusión de que la gente edita menos las fotos que antes. "Lo que ocurre es que lo hacen de forma más meticulosa. Es el equivalente a un moño despeinado: te puedes pasar horas intentando crear algo que parece natural y despreocupado", apunta. "Al menos en el 2016 se veía mucho cuando las fotos estaban editadas, pero ahora no. A nuestro cerebro cada vez le cuesta más distinguir entre las imágenes casuales y las que llevan todo un proceso de producción detrás", alerta.
Tomar conciencia
Una vez visto el panorama, uno puede preguntarse cómo podemos luchar contra esta dictadura de los filtros en internet y la perfección por la imagen. "Primero de todo, reconociendo que los filtros no son sólo herramientas, sino ideologías: nos enseñan a vernos como borradores, siempre con necesidad de corrección", apunta Atlanta. La lucha, a su juicio, no consiste en avergonzar a las personas que las utilizan, sino en cuestionar la cultura que hace que la modificación parezca obligatoria.
Por eso, propone que, individualmente, se hagan pequeños actos de rechazo a este sistema, como publicar imágenes sin filtros y hablar honestamente sobre lo real. A nivel colectivo, la autora también propone exigir transparencia a las plataformas ya los anunciantes: etiquetado obligatorio del contenido que ha sido alterado y visibilidad para todo tipo de cuerpos sin retocar. "Cada vez que mostramos una cara sin editar, cada vez que escogemos la presencia por encima de la perfección, reintroducimos algo radical en el feed: la realidad", remarca.
Por otra parte, la autora recuerda que el empoderamiento online no se trata de rendimiento, sino de participación con conciencia. "El acto feminista es mantenerse consciente dentro del mundo digital. Es publicar sin estar poseída por la necesidad de aprobación ni de convertir tus creencias en una marca", continúa. En otras palabras, se trata de rechazar la idea de que la visibilidad es igual a valor. El objetivo no es trascender el sistema, sino mantenerse despierto dentro de él. sentir bien. Del mismo modo, es igual de importante la vida fuera de las redes. "Pasa el tiempo con personas a las que no les importe tu espacio, donde sientas que tu cuerpo es un instrumento, no un ornamento o un contenido", matiza. donde el sistema no lo hace", concluye.