Por qué Tomás Molina hace lo mismo cada verano

El verano ideal del meteorólogo es volver cada año al mismo lugar: “No me gustan las sorpresas o los descubrimientos, me gustan las cosas normales”

Maria Antònia y Tomàs Molina, en la piscina.
18/08/2026 - 21:55 h.
2 min

Tomás Molina tiene muy claro cómo es su verano ideal, y está muy lejos de posibles imprevistos: “No me gustan las sorpresas ni las necesito, me gustan las cosas normales. No necesito descubrir nada, mi mujer y yo somos personas planificadoras y por eso hace treinta años que vamos al mismo apartamento en Menorca, y hacemos lo mismo los 15 días que pasamos allí. Yo me baño siempre en la piscina o en la playa de delante del apartamento, charlo un rato con las abuelas que flotan en el agua y me vuelvo a casa”, explica el meteorólogo. Ya lo confesó hace un par de años en una entrevista a esta misma sección, donde explicaba que conoció a su mujer en misa: “Soy una persona muy estable, conmigo no te lo pasarás nunca muy bien pero tampoco te lo pasarás mal. Soy aburrido pero práctico”.

De entre todas las rutinas que Molina sigue los 15 días que pasa en Menorca, hay una que reconoce que es especial: la contemplación de la lluvia de estrellas la noche de las lágrimas de San Lorenzo. “Es una tradición que compartimos con los hijos, los amigos y los hijos de los amigos. Me alegra mucho que, aunque ya rondan la treintena, los hijos todavía quieran compartir esto con nosotros, me imagino que para ellos también es una noche importante”, dice el meteorólogo. La noche de las lágrimas de San Lorenzo, que suele caer alrededor del 12 de agosto, todo el grupo se tiende con unas mantas en el suelo y esperan que caigan las estrellas mientras comparten Quelitas, las galletas saladas tradicionales de Mallorca. Molina se emociona cuando explica que en noviembre será abuelo por primera vez y que, quizá el verano que viene, habrá una personita más contemplando las estrellas: “Creo que lloraré”, asegura con la voz entrecortada.

Cuando Molina era pequeño, los veranos los pasaba de campamentos con el esplai. Tiene las noches de aquella época grabadas en la memoria, primero como niño y después como monitor. “Ser de esplai te marca, aquellos años me convirtieron en la persona que soy ahora”, explica. Recuerda con mucho cariño las noches cantando y tocando la guitarra alrededor de una hoguera, cuando todavía estaba permitido hacer fuego en el bosque. Tampoco olvidará nunca el día que vio una perdiz blanca, “un hecho raro y muy excepcional”, o el monitor que también era arquitecto y con quien levantaban “construcciones sofisticadísimas” que después desmontaban “para no dejar ni rastro” de su paso.

Molina se siente muy agradecido de conservar desde hace más de 50 años las amistades del esplai: “Mi amiga Núria Puente dice que la amistad es como un hilo, cuando eres adolescente estás enganchado a la otra persona, pasan los años y el hilo se estira, pero cuando te vuelves a encontrar es como si nada hubiera cambiado: el hilo sigue allí”.

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