El hermano, hermanito, hermanote o hermanísimo de Pedro Sánchez

El caso contra el hermano de Pedro Sánchez es de aquellas cuestiones que rápidamente ha derivado en un choque de narrativas paralelas en el que, según a quién leas, parece que David Sánchez sea firme candidato a la beatificación o merecedor de una temporada en remojo en las calderas de Pere Botero. Miremos, por ejemplo, este titular de El Mundo: “El testigo clave pone contra las cuerdas el concurso que ganó el germanísimo”. Ah, ¡el viejo superlativo de la culpabilidad sugerida! Pero, en esta subasta de los indicios, La Razón sube la apuesta y duplica el número de personas que condenan (al otro) Sánchez: “Dos testigos apuntalan los indicios contra David Sánchez sobre su puesto de trabajo en Badajoz”. ¿Quién da más? ¿He oído tres testigos en la fila de atrás? No, pero El Periódico propone a alguien más para clavar al hermano en la cruz: “El aspirante a la plaza de David Sánchez dice que «se sabía para quién era»”. Nadie apostaría mucho por la inocencia del encausado, leyendo a todo este personal que le tira el relato por tierra. Pero he aquí que El País lo ve muy diferente y, en su portada, intenta contrarrestar las narrativas adversas con: “Los funcionarios defienden que Sánchez consiguió la plaza en un proceso limpio”. 

No sabemos a ciencia cierta si la plaza la ha conseguido de manera limpia o no. Ahora bien, es un caso de lawfare de manual: las contrataciones a medida son una práctica habitual en la administración (y digámoslo todo: a menudo se hacen para consolidar profesionales que han sido absurdamente contratados como temporales durante años y años). En todo caso, si esta contratación salta a la palestra casi una década después de los hechos presuntamente irregulares es porque se trata del hermano del presidente. Como mínimo, hay una torsión de la justicia, siempre presta a activarse cuando conviene políticamente. La subasta de culpabilidades e inocencias de las portadas que la sigue solo es un subproducto de todo ello.