Juan Carlos y el pesado trayecto de amiga íntima a pareja

Leo en la portada de El País que “Juan Carlos I renuncia a los 65 millones que dio a Corinna Larsen”. Pero lo que más me llama la atención es que hablan de ella como “su expareja”. Pienso en el tortuoso camino que ha tenido que transitar la prensa para acabar llamando a las cosas por su nombre. Lo que la casa real un día aceptó definir como “amiga entrañable” –aunque no sé si, dada la naturaleza de la relación, sacar a colación las entrañas era una buena ocurrencia semántica– los medios más monárquicos persistieron en tratarla con eufemismos discutibles como “amiga especial” o “amiga íntima”. Hizo falta que cayeran algunos escándalos más, que abdicara y que interpusiera unos cuantos miles de kilómetros de distancia para poder llamarla finalmente como “amante” en la prensa. Es un término más ajustado, porque recoge sin rodeos las actividades lúdico-festivas a las que se entregaban, pero sigue evocando una relación pasajera, de encuentros esporádicos y clandestinos, ha estado muy bien, ya te llamaré, y después cada uno a su casa. Que El País hable de ella en términos de expareja son otros cien pesos y el término ayuda a comprender algunas dinámicas como este peculiar bizum de 65 milloncitos que quedará impune. “Guárdame esto un tiempo, reina”, quizá le debió decir Juan Carlos, antes de ponerse la mano ante la boca y exclamar “¡Ups, perdón!”.

Esta evolución semántica podría ser vista como una prueba saludable de la desacralización de la monarquía. Pero hay que recordar que, talmente como la evolución de las especies, fue lenta, lentísima. Y que los medios de comunicación del establishment solo se atrevieron a llamar a las cosas por su nombre cuando la institución ya había trazado su cortafuegos moviendo la corona de testa. La prueba verdadera del cambio de los tiempos la veríamos si alguna vez hubiera que informar de los resbalones y caídas –físicas y metafóricas– de un rey en activo.