A quién le importan las prostitutas?
“¿Es que a quién le importan las prostitutas? ¿A quién le importa una trama de algo así?” Estas preguntas las formulaba de manera retórica la actriz Laia Marull en una entrevista que Alejandra Palés le hacía hace unas semanas para este diario. Hablaban de la serie El castillo, de Movistar +, donde Marull interpreta a una policía que participa en la investigación del entramado criminal y económico de una red de macroprostíbulos de finales de los noventa. Marull hacía esta reflexión en torno a la dureza de la historia, porque, a pesar de ser ficción, se sustenta en un trabajo de documentación riguroso sobre este mundo. Son seis capítulos, cada uno de los cuales tiene un título en función de una tipología de cliente que frecuenta estos locales. Marull tiene razón con su reflexión: no es fácil digerir una historia sobre el tráfico y la explotación sexual de personas. Primero, porque es sórdido, y después, porque se le han asociado tópicos que lo han simplificado. Y esta es la virtud de El castillo: su capacidad para entrar en un submundo de negocios, delitos y miserias que acaban por sorprender al espectador. La serie te permite meter las narices allí donde no desearías entrar nunca. Y los espectadores que estén más familiarizados con estos ambientes quizá descubrirán todo lo que se mueve a su alrededor.
Isabel Peña y Eduardo Villanueva ya demostraron como creadores y guionistas de Antidisturbios esta voluntad de incorporar la realidad de una manera muy cruda a la narración. Nada es verdad, pero todo funciona como en la realidad. Con El castillo, además, han funcionado a la inversa que la mayoría de series españolas sobre prostitución. Así como las otras ficciones aprovechan para sexualizar a las actrices y convertir el sexo en un reclamo, en este caso rehúyen la opción de continuar explotando lo que precisamente denuncian con esta serie.
Claudia, interpretada por Valentina Vidal, es la protagonista que nos conducirá por las circunstancias que sufren las mujeres que son enviadas ilegalmente a España, explotadas y extorsionadas por los proxenetas. Un magnífico Raúl Arévalo se pone en la piel de El Suizo, el proxeneta protagonista a partir del cual vemos cómo se construye toda la organización criminal. La serie retrocede hasta los noventa y principios de los dos mil para mostrar cómo la sociedad, los medios de comunicación, la policía y la justicia percibían entonces el negocio de la prostitución. El castillo narra una historia que te atrapa, pero paralelamente construye una mirada distante que observa cómo lo haríamos nosotros si estuviéramos en estos espacios. Del plano general a unos detalles que a veces explican y otros solo transmiten un estado de ánimo o una atmósfera, donde los silencios, las miradas y las expresiones faciales dicen mucho. Hay una lectura de los hechos con perspectiva de género que resulta tan potente como sibilina.
Ciertamente, es lógico preguntarse a quién le importan las prostitutas. Pero cuando has visto la serie te das cuenta de que te importan en la medida en que te interesa saber cómo funciona nuestra sociedad más allá de lo que podemos ver con nuestros ojos.