Sopa de drama
El martes, el Sense ficció nos descubría las interioridades de Sopa de Cabra, uno de los grupos esenciales y de más éxito del rock catalán. Sopa de Cabra, tornar enrere jugaba con el título de una de sus canciones para hacer esta revisión del pasado. La estructura circular de la historia era un acierto. La cámara, situada en lo alto del escenario en el momento final de un concierto, seguirá a los músicos hasta el vestuario, donde presenciaremos un conflicto. Josep Thió hace marchar a todos para regañar a los compañeros en privado. Un arranque que nos anticipa una historia insólita y desconocida para muchos de sus seguidores. El documental entrevista a cada uno de los integrantes del grupo por separado. Un primer plano frontal sobre un fondo neutro que transmite casi la sensación de un interrogatorio en el que la edición escruta las coincidencias de sus respuestas. “Sopa de Cabra no ha sido nunca un grupo de amigos”. Todos coinciden con esta idea, y el espectador tendrá la oportunidad de comprobarlo. Muchos documentales que se adentran en la vida de las grandes bandas del rock o del pop, o de leyendas de la música, tienen una cierta épica, a pesar de que pueda haber episodios de excesos y miserias. Esta producción, en cambio, rompe con los códigos habituales: recupera imágenes de archivo de conciertos y entrevistas, y explica la evolución, las crisis y las contradicciones. También sabe activar la nostalgia de los seguidores del grupo, y contribuye a reordenar recuerdos vinculados a las canciones y a los conciertos. Pero no hay épica. Y justamente eso es lo que lo hace singular y memorable. Sopa de cabra, tornar enrere desprende una tristeza serena, un dolor latente que los protagonistas tienen asumido y al cual ya parecen estar acostumbrados. Quintana y compañía, estrellas del rock catalán, se presentan ante la cámara como unos antihéroes y exponen un relato íntimo que transmite desgaste. Hay un desencanto ante su propia historia. El documental tiene la virtud de la sinceridad. Los integrantes de Sopa hablan con la honestidad que da la distancia de los hechos. No les hace falta la impostura, porque ahora ya no tienen nada que perder. Hacen referencia a “la verdad que hemos construido juntos”. Parecen víctimas de la tiranía de su propio éxito, obligados a mantener el vínculo para ganarse la vida, porque lo que compartían funcionaba y gustaba. La estrategia del documental de reunir al grupo en una comida y observar las dinámicas de relación es magnífica, porque se hacen evidentes las incomodidades y las tensiones. La preparación de una receta de cocina deviene una metáfora de los delicados equilibrios para convivir. El documental trabaja muy bien esta sensación de extrañeza, de un malestar constante, un drama que va subiendo de tono y que cuesta de entender. Y el giro final que lo explica es liberador incluso para el espectador. Comprendemos aquel conflicto incómodo que ha abierto la historia. Se cierra el círculo. Y sirve de consuelo.