La tierra habla en '30 minuts'
Este domingo el 30 minuts analizaba la nueva generación de incendios forestales en plena emergencia climática: más fuegos activos, de una virulencia extrema, que se propagan a mayor velocidad y con comportamientos cada vez más difíciles de prever. Unas circunstancias que los convierten en más devastadores para el territorio y que desbordan los dispositivos de extinción.El reportaje lo trataba a partir de los grandes incendios que se han declarado este verano en Cataluña y en la Cataluña del Norte, cosa que demuestra una buena reacción periodística. El equipo del 30 minuts volvía a las zonas quemadas cuando la tierra y los árboles todavía humeaban, y recorría el terreno con algunas de las personas afectadas. Impactaba el testimonio de la pareja que vivía en el macizo de las Gavarres y distinguía entre las cenizas los vestigios de su hogar. El contraste entre el antes y el después, con una fotografía de la casa, era desolador. También hacía estremecer el recorrido con el coche acompañando al concejal de Seguridad de San Miguel de Llotes para comprobar que la evacuación de la localidad se había completado, con la sorpresa añadida de encontrar a un anciano solo en medio del pueblo desierto.El programa dejaba de lado las causas de los incendios, un tema delicado en el caso del del Ampurdán. En algún momento se tendrán que aclarar las responsabilidades. El objetivo del reportaje tenía más que ver con las medidas de prevención y con la manera de minimizar la potencia destructiva de estos incendios. Por supuesto, el testimonio de los bomberos expertos aclaraba muchos aspectos técnicos. Las imágenes grabadas desde el cielo, con los helicópteros, que mostraban el paisaje quemado eran muy reveladoras. Había momentos que parecían grabadas en blanco y negro a causa de la grisura de la ceniza y de tantas hectáreas arrasadas por el fuego. Distinguir una pequeña mancha de color en medio del paisaje te hacía tomar conciencia del enorme alcance del fuego.La familia Molla, campesinos de Calonge, fueron unos testimonios determinantes en el reportaje, por la claridad con la que exponían los argumentos. En especial las declaraciones de Núria, una de las hijas, que la noche del 3 de julio, con las llamas en el horizonte, lloraba ante el micrófono de TV3: “¡El mundo arde! ¡La tierra arde! ¡Tenemos que cambiar la manera de vivir, la manera de hacer! ¡Tenemos que hacer como nuestros abuelos! ¡La tierra habla! ¡Es increíble! ¡Es que el ambiente está caliente!” Su desesperación se hizo viral. Y el 30 minuts, unos días más tarde, recuperaba su voz y la de toda la familia con más calma. Magnífica también la contundencia de su hermana Montserrat. Sus explicaciones sobre la conducta del fuego y la importancia del trabajo agrícola eran más aclaratorias que las de cualquier bombero. Lo mejor del 30 minuts era cómo sus palabras se combinaban con las imágenes aéreas de la zona, de tal manera que el espectador entendía a la perfección el auténtico potencial de la prevención. Existe aquella letanía que se dice cada año en medio de la catástrofe: “Los fuegos del verano se apagan en invierno”. A ver si los que se tienen que encargar de ello se miran el reportaje.