Zapatero, las joyas y una entrevista incomprensible

Cualquier político sabe que a una entrevista se va con dos o tres ideas fuerza que, bien articuladas, deberían ser los titulares posteriores que se recuerden de aquella conversación. Después de sesenta y cinco días, José Luis Rodríguez Zapatero ofreció su primera entrevista tras ser gravemente imputado y escogió un terreno de juego amable: una TVE convertida en trinchera socialista y un Javier Ruiz como árbitro que estuvo correcto y profesional, pero sin hacerlo sudar. Eso sí, no me veo capaz de ofrecer una tesis convincente sobre qué efecto pretendía el expresidente español: ¿hacer de cortafuegos a Sánchez, como penúltimo servicio a la causa? Porque ni siquiera El País le dedicaba un titular muy amable: “Zapatero defiende su inocencia sin revelar el origen de las joyas”. Según detalló, consideraba que debía explicarlo en primera instancia al juez. Pero, si esta es la premisa, ¿qué hacía entonces ante un periodista y varios cientos de miles de telespectadores? La entrevista ha tenido espacios destacados en todas las portadas de Barcelona y Madrid, pero ninguno de los titulares aporta nada sobre el caso, porque nada, cero, zilch, es lo que aclaró el interesado. Lo que obliga a los medios a plantearse si vale la pena dar tanto bombo a una gran burbuja vacía de contenido.

Mientras tanto, en otro plató, un periodista afirmaba que aquellas joyas eran un regalo del rey Abdul·là de Arabia Saudí. ¿No tenía más sentido concentrar los esfuerzos en confirmarlo y los centímetros cuadrados de portada en recogerlo? El caso ejemplifica cómo la liturgia y la dependencia de la política devora el criterio instintivo. No abrir portada con la entrevista habría sido una opción marciana, de acuerdo, pero en el fondo no había mucho que ofrecer al lector. La paradoja ilumina los peajes que pagamos en esta era de infotainment televisivo.