¿Volverá a nadar el gigante del Mediterráneo por las costas catalanas?

Cataluña y las Baleares estudian reintroducir la foca monje, un mamífero marino de casi tres metros y 400 kilos que desapareció de nuestras costas después de siglos de persecución.

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31/10/2026 - 09:06 h

“Yo quiero hacer una petición: no le llaméis foca monje. Eso es un invento, una traducción literal del castellano sin ninguna tradición en nuestra lengua”. Con esta advertencia tan clara, el biólogo y conservacionista mallorquín Joan Mayol pone el dedo en la llaga de la memoria marítima: “En nuestro mar se le ha llamado de toda la vida viejo marino, ternero marino o león marino. Y recuperar su nombre no es un capricho, sino el primer paso para restituir la dignidad de un animal que convivió con nosotros durante milenios”. Esta reivindicación es el punto de partida para reencontrarnos con un gigante discreto que, durante décadas, condenamos al olvido.

La reaparición pública del viejo marino ha tomado un impulso renovado gracias al estreno del largometraje documental La odisea del viejo marino, dirigido por Núria Abad y Marta Hierro. La película, que está disponible en la plataforma CaixaForum, ha vuelto a despertar la fascinación por una criatura de casi tres metros de longitud y cuatrocientos kilos de peso, de pelaje oscuro y manchas blancas características en el vientre, que durante siglos fue el gran señor de nuestras cuevas litorales y acantilados; una crónica audiovisual que acompaña el debate real que ya mantienen sobre la mesa biólogos y gobiernos, con la intención de reactivar proyectos de reintroducción experimental en lugares como el Cabo de Creus o las Islas Baleares.

Lejos de la imagen de las focas de aguas frías, el viejo marino es una criatura plenamente mediterránea, de hábitos estrictamente costeros, que pasa la vida cerca de la línea de costa cazando pulpos y peces en la penumbra de las calas. Convertido en una de las especies de mamíferos marinos más amenazadas del planeta, su nombre vuelve a sonar hoy no como una añoranza del pasado, sino como un reto de futuro para nuestro mar.

Dos viejos marinos.

Historia de una persecución feroz

Para entender el vacío que dejó su ausencia, hay que reconstruir la larga historia de convivencia y persecución que sufrió la foca monje en la costa catalana. Su presencia no era testimonial: en la Barcelona medieval, el comercio de su piel estaba plenamente integrado en la economía urbana. Como detalla Joan Mayol, “hace poco tiempo se encontró un documento medieval en Barcelona en el que el precio de la piel de foca monje estaba reglamentado; si se regulaba su venta es porque debía ser un producto frecuente en los mercados”.

Durante siglos, el animal fue cazado de forma intensiva para extraer su grasa, la piel y el aceite, o simplemente para eliminar lo que los pescadores consideraban un competidor directo que estropeaba las redes. Figuras como el archiduque Luis Salvador de Austria dejaron constancia de esta caza descarnada mediante armas de fuego o trampas colocadas en las entradas de las cuevas, entre otros.

Esta presión extractiva fue acorralando a la especie hasta reductos cada vez más aislados. Si en el año 1900 todavía estaba presente en el archipiélago de Cabrera y en 1922 se capturaba uno de los últimos ejemplares cerca del puerto de Andratx, durante las décadas de los cuarenta y los cincuenta su presencia se volvió ya casi residual. La tragedia definitiva en las aguas baleares se consumó a finales de la década de los cincuenta: en 1958 la Guardia Civil mató a un ejemplar en Cala Tuent (Mallorca) y, aquel mismo año, se capturó una hembra preñada en Mondragó, y se certificó su extinción local durante la década de los sesenta.

Un ejemplar de foca monje capturado.

“En aquel momento, matar a los últimos ejemplares era visto socialmente como algo positivo para la pesca, no había ningún tipo de rechazo social”, recuerda Mayol. “En cambio, hoy en día la actitud es completamente opuesta: el gran cambio cultural ya se ha producido. Hemos pasado de ver a una especie como indeseable a reconocerla como un símbolo emblemático y protegido que sería un privilegio enorme volver a tener en nuestras aguas”.

Un rescate global en el Mediterráneo

Más allá de la restitución de un símbolo perdido, la reintroducción de la foca monje responde a una urgencia biológica de carácter internacional. Hoy en día, la especie está dividida en dos núcleos principales dramáticamente aislados: la colonia atlántica de Cabo Blanco (Mauritania) y grupos dispersos en el mar Egeo y en el Jónico (Grecia y Turquía). Esta concentración hace que la supervivencia global de Monachus monachus penda de un hilo extremadamente fino. En Mauritania, episodios naturales de proliferaciones de algas tóxicas han llegado a exterminar el 75% de la colonia en pocos días, mientras que la erosión acelera el riesgo de que el colapso de una sola cueva sepulte a decenas de ejemplares. “Tenemos la mayor parte de los huevos en una sola cesta”, advierte Mayol.

Crear una nueva población en el Mediterráneo occidental no es un capricho local, sino la única manera de reducir el riesgo de extinción catastrófica restableciendo el puente genético entre el Atlántico y Grecia. Y nuestras costas tienen las mejores condiciones para acogerlos. En comparación con el Mediterráneo Oriental —una región altamente oligotrófica, pobre en nutrientes y con menos biomasa—, las aguas de las Baleares y del noreste de Cataluña presentan una densidad de pescado y de pulpo muy superior.

Como destaca Jordi Sargatal, secretario de Transición Ecológica de la Generalitat de Cataluña, el retorno del animal va mucho más allá de la protección de una sola especie: “Retornar la foca monje a sus hábitats históricos es una operación de rescate global para una especie críticamente amenazada”. Además, Sargatal enfatiza el valor transformador de esta iniciativa: “Su éxito funcionará como una medida indiscutible de excelencia ambiental y de madurez social, y demostrará que la comunidad humana y la fauna salvaje pueden compartir la costa en perfecta armonía”.

La ciencia del rewilding

El camino hacia la reintroducción es una estrategia científica rigurosa que tiene el año 2027 como fecha clave en el calendario institucional. Como explica Sargatal, desde el departamento de Territorio la voluntad es retomar y actualizar los estudios técnicos de viabilidad elaborados años atrás, adaptándolos a la realidad ecológica y litoral actual. Este proceso de rewilding o renaturalización se fundamenta en una secuencia de pasos metodológicos muy precisa. En primer lugar, se hace un diagnóstico minucioso de la franja costera para identificar cuevas litorales que dispongan de playas interiores de reposo no inundables por los temporales. En la Costa Brava, la consolidación de figuras de protección como el Plan Rector de Uso y Gestión  (PRUG) del Parque Natural del Cabo de Creus garantiza espacios de reserva estricta, un requisito que se alinea con las condiciones que ofrece el Parque Nacional Marítimo-Terrestre de Cabrera en las Baleares.

Una vez seleccionados los ejemplares en la colonia de origen, el protocolo establece un período de cuarentena y soft release (liberación progresiva) en instalaciones acondicionadas en la misma costa. Este paso permite comprobar el estado sanitario de las focas, evitar la introducción de patógenos y favorecer que reconozcan el nuevo entorno como propio antes de su salida a mar abierto. Una vez libres, cada animal llevará un emisor de radio seguimiento por satélite y GPS que permitirá a los equipos de biólogos conocer en tiempo real sus rutas de desplazamiento, inmersión y descanso.

Pero, ¿cómo se puede hacer compatible la presencia de un gran mamífero marino con la frecuentación humana y el uso recreativo de la Costa Brava o las Baleares? La respuesta científica radica en la misma fenología reproductiva de la especie.

"La gran ventaja es que la foca empieza a criar a finales de septiembre y durante el mes de octubre", destaca Jordi Sargatal. En estas fechas de otoño, la navegación de recreo, la presencia de bañistas y la presión turística han disminuido drásticamente respecto a los meses de verano. “Esto garantiza que las madres puedan amamantar a sus crías en las cuevas en condiciones de paz absoluta, y demuestra que el cabo de Creus es un santuario tan viable como lo puede ser Cabrera”.

Señal de madurez ambiental

Ningún proyecto de restauración ambiental puede prosperar sin el consenso de las comunidades que habitan el territorio. El anuncio de la reactivación de la iniciativa ha generado debates en el norte de la Costa Brava, donde las reticencias expresadas por el Ayuntamiento de Cadaqués con respecto al impacto en la navegación recreativa y la pesca artesanal han situado la negociación en el centro de la mesa. Ante estos recelos, Jordi Sargatal apuesta por la diplomacia y la pedagogía: “Desde que salió la noticia hemos recibido un montón de llamadas de gente de Cadaqués que está a favor del proyecto y de otros ayuntamientos encantados de recibir a las focas. Todo esto se tiene que ir reconduciendo, hablar con mucha calma y diplomacia; evidentemente tiene que ser una cosa querida por el territorio”.

Un ejemplar de foca monje.

Sargatal recuerda que la convivencia entre actividad humana y fauna es una realidad cotidiana en la cuenca oriental: “Es absurdo pensar que la foca pueda convivir con la gente de Grecia o de Turquía, donde hay fotografías de focas durmiendo sobre las barcas en los puertos y los pescadores allí manejándolas, y que los catalanes, la gente del cabo de Creus, no podamos hacer esto posible. Será un indicador clarísimo de calidad ambiental y de civilización”.

Este enfoque cuenta con precedentes institucionales firmes. Como recuerda Joan Mayol, en las Baleares ya se evaluó un anteproyecto técnico ante el comité de fauna y flora, donde están representadas las administraciones y las cofradías de pescadores: “Este comité examinó el anteproyecto y fue informado favorablemente sin ningún voto en contra”.

Además, el marco legislativo ambiental vigente obliga a las administraciones públicas a recuperar especies autóctonas extinguidas cuando existe viabilidad técnica y hábitat favorable. Las conclusiones de el Informe Planeta Vivo 2026 de WWF refuerzan este horizonte: la restauración ecológica basada en datos científicos, cooperación comunitaria y planes sostenidos demuestra que la fauna amenazada puede revertir su tendencia de colapso y volver a florecer. Como concluye Jordi Sargatal con una convicción profunda: “La presencia de la foca monje será un atractivo imponente y un factor importantísimo de seducción ambiental. Puedo garantizar que cualquier persona que cruce su mirada con una foca monje quedará enamorada de ella para siempre”.

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