8-M: todavía mucho trabajo por hacer y cada vez menos aliados

Venimos de un año, en el 2023, en el que un beso no consentido en público ha provocado la dimisión de un alto cargo deportivo. Y acabamos de ver que Francia ha blindado en su Constitución el derecho al aborto. Pero también venimos del año en el que los Mossos han recibido más denuncias que nunca de mujeres por ataques contra su libertad sexual (4.027 mujeres, dos cada hora), con 14 mujeres asesinadas en Catalunya por serlo. Y estamos viendo cómo el derecho al aborto está en claro retroceso en Estados Unidos, Argentina y otros países. Los avances, que debemos celebrar siempre, rara vez son definitivos, y hay que estar atentos a que no se reviertan, sobre todo ahora que vienen mal dados por la ola conservadora global. La prueba son las últimas encuestas públicas que dicen que casi la mitad de los hombres, y un tercio de las mujeres, en su mayor parte en la franja más joven, afirman que se ha ido demasiado lejos con el feminismo. ¿Demasiado lejos?

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Hoy dedicamos el tema del día a analizar este fenómeno, que ha sorprendido porque parecía que la pedagogía hecha hasta ahora había funcionado. Analizamos qué puede haber detrás de esta percepción, porque es importante tener los datos, saber qué pasa y ver qué hacer para cambiar esta percepción que en el futuro puede ir en detrimento de unos derechos ya conseguidos y, también, de los que quedan por alcanzar. El feminismo, que en los últimos años ha vivido un estimulado debate interno dentro del movimiento que ha provocado algunas crisis internas que lo han debilitado, tiene mucho camino por recorrer. Hay muchas cosas que mejorar, en Cataluña, en España, en Europa y en el mundo, para llegar a la igualdad de derechos. En algunos países son cosas tan básicas como el derecho a estudiar, el derecho a ir con la cara descubierta sin que esto suponga la cárcel o la muerte, o el derecho a elegir con quien casarse. En la mayoría, también aquí, es el derecho a no ser sitiada, violada, denigrada o humillada por ser mujer. El cuerpo de las mujeres es suyo, y nadie, nadie, tiene la potestad de considerarlo una propiedad o decidir sobre qué debe hacer con él. Sea la familia, la Iglesia, el clan o el entorno social.

Pueden parecer cosas obvias, pero no lo son tanto. Como tampoco lo son otras formas de discriminación y de machismo que aparecen en el trabajo, en la vida cotidiana o en las interrelaciones sociales. La brecha salarial es un hecho y una realidad incuestionable. El año pasado, por ejemplo, fue un año récord de empleo femenino, sin embargo, a pesar de este buen dato, sobre todo en Barcelona, ​​donde la tasa alcanzó el 77,9%, la mayoría de los trabajos estaban peor pagados y tenían un nivel más bajo. Las mujeres trabajadoras tienen aún más paro que los hombres, tienen más peso en los sectores de actividad más precarizados, sufren más contratos temporales y más jornadas parciales y, por tanto, los salarios son peores. Las áreas de servicios, de cuidados o de limpieza se mantienen como algunas de las ocupaciones más numerosas, sobre todo entre las mujeres inmigradas, que por lo general tienen una doble discriminación, por mujeres y por migrantes.

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De datos para cargarse de razones hay muchos. Pero está visto que esto no es suficiente. El feminismo todavía está a medias y no puede permitirse perder ningún aliado. El machismo tradicional debe combatirse, siempre, pero ahora también hay que elaborar estrategias para recuperar, a favor de la igualdad y los derechos, los conversos a un neomachismo que no podemos minimizar.