Crímenes

El condenado a muerte que clamaba por su inocencia

La última ejecución pública de la historia de Barcelona, ​​en 1897, fue la de Silvestre Lluís, un hombre acusado de matar a su esposa y dos hijas. Pero él defendería hasta el último segundo que no era culpable

BarcelonaAquellos que lo presenciaron en directo nunca pudieron olvidar esa mañana. Eran otras épocas, cierto. Y hoy en día es lícito preguntarse qué impulsaba a los ciudadanos a ir a ver en directo una ejecución. ¿Era por morbo o era normal, en una sociedad donde la violencia estaba más aceptada? Sea como sea, aquel 15 de junio de 1897 Barcelona vivió por última vez una ejecución con público. El escenario fue el patio de la cárcel Reina Amàlia, en la actual plaza Folch i Torres. La mayor parte de condenados a muerte solían pedir perdón, llegando su última hora. Muchos no decían nada, otros rezaban. Pero Silvestre Lluís, el condenado, llegó al patíbulo gritando: "¡Barceloneses, soy inocente!" Se hizo un silencio incómodo. Sí, había una sentencia que le condenaba, pero aquél era un caso donde más de uno se preguntaba si no era un error, sentenciarle a muerte. Muchos creían que era inocente. El verdugo era Nicomedes Méndez, todo un personaje de la época. Un hombre bien conocido, que conseguía mesa en los mejores restaurantes gracias a la fama que tenía ejecutando a personas. Un hombre que amaba su trabajo, que lo hacía de manera teatral, bien vestido. Méndez dejó que Lluís clamara, y cuando fue la hora lo ejecutó en el garrote vil. Eran las 9 de la mañana.

Silvestre Lluís era el asesino del crimen de la calle Parlament. Un caso del que se habló mucho a finales del siglo XIX. El crimen se había cometido el 26 de julio de 1895. Aquel día, a las dos de la tarde, los gritos de un niño alertaron a los vecinos del número 56 de la calle Parlament de Barcelona. En el piso vivía Silvestre Lluís con Concepció Nadal y sus tres hijos, Joaquima, de 10 años; Concepció, de 7, y el pequeño Silvestre, de dos añitos. Los padres se habían conocido en la calle Urgell, cuando él trabajaba en un taller donde hacían llaves, justo enfrente del domicilio de ella. Eran gente humilde. Los padres de Concepció, de hecho, no tenían buena fama en el vecindario. Eran personas de pocas palabras y mal carácter que habían sido detenidas más de una vez por pequeños delitos. La hija, Concepció, parecía decidida a ser una persona honesta. Silvestre, también. Se ganaba la vida haciendo de cerrajero, aceptando encargos y trabajando en una fábrica. Siempre faltaba dinero y sobraba desgracias en casa de Lluís. Concepció, que en aquellos momentos estaba embarazada de tres meses, había parido seis veces antes de cumplir 35 años. Pero tres de los más pequeños habían muerto de enfermedad cuando tenían pocos años de vida.

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Aquel 26 de julio de 1895, Silvestre no estaba en casa cuando se oyeron los gritos. Un guardia de la Urbana se dirigió al lugar de los hechos, llegando casi a la vez que Concepció Tey, la madre de la Concepció. El guardia se encontró un escenario escalofriante. Concepció y sus dos hijas habían sido asesinadas a navajazos. La niña de cinco años había sido degollada. En el piso, sólo había un superviviente, el pequeño Silvestre. Poco después apareció su padre. Venía con la ropa mojada y cara de espanto, ya que al ver al gentío en la puerta de casa, imaginó que algo había pasado. Las crónicas explicarían que lloró y se golpeó en las paredes al saber del crimen. La policía no le dejó acercarse al cuerpo de su mujer.

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Un caso donde el pescado tenía su valor

Las autoridades no hallaron el arma del crimen. Tampoco se había robado nada en el piso. Así que empezaron a investigar por el círculo más cercano de la familia y, rápidamente, encontraron una pista: Silvestre no había ido a trabajar a la fábrica donde se le esperaba. Ya la misma noche de los hechos, le interrogaron. Él explicaría que había decidido ir a pescar en el muelle del puerto de Barcelona. Sonaba extraño, pero era cierto que aquel 26 de julio había aparecido con la ropa mojada y una bolsa llena de pescado en sus manos. Algunos pescadores explicarían a las autoridades que, efectivamente, le habían visto pescando. Pero los policías, sin ningún otro sospechoso, siguieron investigando, y se dieron cuenta de que la ropa de Silvestre estaba mojada... pero que no olía a mar: era agua dulce. Los policías llegaron a llevar el pescado que Silvestre afirmaba haber pescado frente a un perito, que afirmó que era pescado de alta mar y que no se había pescado ese mismo día. Es decir, era una especie que no podía pescarse con caña. La policía sospechaba que Silvestre lo había comprado en el mercado y se había mojado en una fuente para intentar despistar a todo el mundo. Así pues, le detuvieron y fue acusado formalmente de ser el asesino de la mujer y las hijas.

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El testimonio del niño pequeño

A medida que se acercaba el juicio, aparecieron un montón de testigos diciendo que Silvestre era un hombre celoso, inestable y que, para ganarse dinero, tenía relación con la fabricación de moneda falsa. Pero durante el juicio, realizado en mayo de 1896 y presidido por el juez José Agustín Moreno, no pudo establecerse el motivo por el que Silvestre habría cometido el crimen. ¿Por qué lo había hecho? ¿Por celos o porque su mujer habría descubierto que cometía delitos con moneda falsa? Él se seguía declarando inocente, mientras la gente se preguntaba por qué el asesino no había matado también al niño pequeño. ¿El hecho de que la Concepció estuviera embarazada tenía algo que ver en el caso?

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De hecho, el juicio no hizo más que generar dudas entre la población sobre si el marido era realmente el culpable. El padre de familia seguiría todo el juicio con los ojos llorosos. Sin embargo, de vez en cuando soltaba gritos: “¡Asesinos!” Pero ¿a quién se lo decía? Pues a sus suegros, Josep Nadal y Concepció Tey. En un giro de guion que sorprendió a muchos, Silvestre les acusó de ser los asesinos. Unos suegros, por cierto, que se habían convertido en los responsables de cuidar del pequeño Silvestre, algo clave. La principal prueba que utilizaría la acusación fue la declaración del hijo pequeño, que tenía apenas dos años en el momento de los hechos y tres durante el juicio. El niño declararía algo como “Padre hace pum-pum a la madre. Mamá dice ay porque tiene daño en el cuello”, según se lee en algunos diarios de la época. En otros, la frase era más confusa. Fuera como fuere, su testimonio fue clave para condenar al padre, que sospechaba de los suegros, con quien vivía el pequeño.

Silvestre Lluís explicaría ante el juez que, efectivamente, participaba en una red de falsificación de dinero, pero que era un negocio en el que había entrado por culpa de los suegros, que se dedicaban hacía años a esta práctica. Necesitado de dinero, había aceptado ayudarles. El día del crimen había ido a falsificar moneda. Y al ver el gentío en la puerta de casa, se asustó pensando que lo venían a detener por llevar moneda falsa, por lo que compró pescado y se remojó, para tener una coartada.

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De nada le sirvió, a Silvestre. Algunos de los testigos que habían afirmado haber visto esa mañana al Silvestre cerca del puerto, donde quizá intentaba mover dinero falso, se desdijeron. En la ciudad se contaría después que Josep Nadal, el suegro, les había amenazado. Así pues, Silvestre Lluís fue condenado a muerte. La pena se decidió por un solo voto.

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Pero no sería el final del caso. En los meses que pasó en prisión, Silvestre recibió la visita de periodistas, a los que daría entrevistas dando su versión de los hechos. Explicaría que había aprendido a hacer moneda falsa gracias a los suegros, que tenían la mano rota en estas malas artes. Pero, según el condenado a muerte, con el paso de los años, las peleas con los suegros rompieron a la familia. Silvestre no quería depender más de ellos y se fue alejando tanto que los suegros se enfadarían. Concepció se habría puesto a favor del marido, lo que habría provocado que, en un ataque de locura, sus propios padres acabaran con su vida. Silvestre se vengó de los suegros en aquellos artículos donde acusaba a Josep Nadal de haber intentado violar a su hija, dando detalles de los delitos que habían cometido, de cómo fabricaban moneda falsa y de cómo intentaban arrastrar a toda la familia a los infiernos. No sólo Silvestre se había visto atrapado en la red. Sus cuñados, Josep Saborit y Florenci Rossich, también habían acabado con problemas con la justicia después de casarse con hermanas de Concepció.

La voz del ejecutado

Pocos días antes de la ejecución, Silvestre Lluís intentó quitarse la vida cortándose las venas con un pedazo de plancha de hierro del candado de una de las puertas de la celda. No lo logró y no escapó de su destino escrito en aquella sentencia: pasaría por las manos de Nicomedes Méndez, que había perfeccionado tanto su técnica en el garrote vil que incluso había creado una versión conocida como el garrote a la catalana, en la que un punzón accionado por el tornillo principal servía para romper el bulbo raquídeo. Esta modificación la había estrenado en 1894 cuando ejecutó al acusado por la famosa bomba del Liceu, el anarquista Santiago Salvador Franch. La ejecución de Silvestre sería la última con espectadores que se hiciera nunca en Barcelona. Y todo el mundo le recordaría clamando en el cielo que él era inocente, proclamándose la “cuarta víctima de la familia”. De hecho, una vez se retiró, Nicomedes Méndez intentó abrir una especie de museo de las ejecuciones y llegó a pasarse horas en la Rambla charlando con quien tuviera curiosidad. Explicaba que había aprendido a saber si los presos eran o no inocentes, si mentían o no, en función de la voz que tenían antes de ser ejecutados. "La voz de Silvestre Lluís sonaba a verdad", diría.

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Pero el caso no acabó aquí. El 26 de junio de 1901, una pelea en un portal de la calle Mendizábal llamó la atención a un sereno. El sereno utilizó su silbato cuando vio cómo el hombre levantaba el puño contra una mujer, separándolos. Ella, llamada Manuela Carrasco, se escondió en el edificio. Él huyó, antes de que le detuviera la policía. Y en la fuga, se le cayó un papel donde se podía leer, en un catalán lleno de faltas de ortografía: "Yo soy coñano de Silvestre Lluís y él era inocente. Yo soy la sesino de las dos niñas de la mujer. Y él se fue a las seis de la mañana a trabajar en la moneda falsa. Él, cuando vino a las doce del mediodía y vio a tanta gente, se hogó en la fuente, pensando que era un registro". El hombre era Florenci Rossich, uno de los cuñados, casado con Maria Nadal, hermana de Concepció que había muerto en 1894 de una enfermedad.

La policía abrió una investigación en Florenci, que se había alistado en el ejército participando en la guerra de Cuba, de donde volvió con honores y condecoraciones. De hecho, al volver tenía una pensión de veterano de guerra porque tenía un brazo inmovilizado por culpa de una herida. Nunca pudo demostrarse si él había escrito la carta, ya que se declaró inocente. Aquel papel no hizo más que generar más dudas en torno a aquella familia. Y, en general, la opinión pública llegó a la conclusión de que no se podía saber quién había asesinado a Concepció y a las dos niñas. El caso acabó con más sombras que certezas.

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