Por dónde empiezo

Por qué no hemos llevador a nuestros hijos a Port Aventura

Como familia, los padres no nos hemos sometido a los gustos de los hijos; más bien ha sido al contrario

BarcelonaLa primera vez que realmente obligué a un hijo, mínimamente consciente de su yo, a hacer algo que no quería hacer fue con las papillas de frutas. Fue un poco igual con los tres: Benet, Jaume y Feliu. Querían quedarse con la dulzura de los cereales. ¿Por qué cambiar? Con diferentes grados, la hazaña tuvo un punto de batalla campal: ellos capaces de escupir todo lo que yo les metiera en la boca, yo impasible ante tanta pataleta. Nos amábamos mutuamente como locos, pero en ese trance yo adoptaba el papel de domador y ellos hacían de potros salvajes. El espectáculo era siempre fenomenal el primer día. Podía alargarse una semana. No más. Los tres siempre han sido de buen comer. Si no comían la de frutas, no había más. Claudicaron. Hoy uno es chef profesional y los otros dos son grandes aficionados a cocinar. En casa se come bien y de todo.

Educar también es eso. Uno no –en este caso uno obligado, que viene a ser lo mismo– es muy educativo. Doy un gran salto en el tiempo: a pesar de su insistencia, nunca los llevamos a Port Aventura (ni tampoco a Eurodisney). No lo tenían prohibido, pero a Mariona y a mi es un tipo de ocio adocenado que no nos convence. Para ir, tuvieron que buscarse la vida por otros caminos –los amigos del instituto, unos primos...–. Tampoco les compramos una PlayStation, prehistoria de las pantallas. Ni los llevamos a esquiar, en este último caso sin demasiados razonamientos ideológicos añadidos. Sencillamente, los padres no tenemos afición y además es muy caro. Punto y final.

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Esta es otra idea importante: como familia, los padres no nos hemos sometido a los gustos de los hijos; más bien ha sido todo lo contrario. Nuestra comodidad o intereses –leer, museos, el mar– han contado bastante. Siempre me han dado angustia los padres esclavizados por la tiranía de los hijos, que son muy importantes, pero no pueden ser el centro de todo. Creo que así cuesta mucho disfrutar de la maternidad y la paternidad. ¿Sacrificarse por los hijos? Sí, claro, aunque no quieras ocurre. Pero también está bien que ellos se sacrifiquen un poco por ti.

Madres y padres también tenemos derecho a la felicidad

También somos de los que hemos mantenido hasta el final los rituales y la magia de Navidad, Misa del Gallo y Canto de la Sibila incluidos. Esto ha sido sobre todo cosa de Mariona. Aún hoy, cuando ya están todos en la veintena, seguimos celebrando los Reyes Magos con toda la pompa y el secretismo teatral. Me atrevería a decir que nunca les dijimos explícitamente que los Reyes éramos los padres. Como mucho hubo una sonrisa cómplice en el momento adecuado… y que siguiera la fiesta. ¡Es que a los padres nos hacía (y nos hace) tanta ilusión! Y como he dicho más arriba, nuestra felicidad también cuenta.

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Termino. Ahora que las pruebas PISA nos han dejado aturdidos, y que en medio de la algarabía ha salido la cuestión de la hiperprotección de los niños (tanto en los hogares como en la escuela), en nuestra familia nunca jamás una queja de un hijo contra una o un maestro ha sido aceptada. Nada de llorarles la desgracia: “Algo habrás hecho”. El maestro de entrada siempre tiene razón y el hijo lo que debe hacer es esforzarse y obedecer. Sí, obedecer. Y espabilarse. Esto no quiere decir que, si no lo veíamos del todo claro, sin hacer mucho ruido no fuéramos a comentar respetuosamente el problema con la tutora.

¿Hemos sido demasiado duros? No lo creo. Les hemos amado mucho. Lo que no hemos sido es condescendientes.

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Apa, feliz Navidad familiar a todos.