2.300 daneses
Los daneses tienen nuestra simpatía general. No es de ahora que Trump quiere quedarse Groenlandia. Hubo una época (no lo hemos soñado, ¿verdad?) que nuestros políticos proyectaban el futuro deseable de Cataluña como "Dinamarca del sur", pero ese tren pasó de largo, y ahora no pasan trenes y las mercancías deben esperar al puerto y, como decía el poeta, vosotros no sabéis qué es guardar containers en el muelle.
Son un país pequeño y aseado que ha dado al mundo Andersen, Simonsen y Laudrup (aunque no jugaban exactamente en la misma posición) y un diseño funcional tan distintivo que, si en la etiqueta le dice "fabricado en Dinamarca", será una pieza elegante y de calidad. Y cara.
Dinamarca ha dado también la serie Borgen, cuya protagonista, la actriz Sidse Babett Knudsen, dice, en su papel de primera ministra: "Hubo un día que sentí que éramos un país unido y que dejábamos de ser los amables perdedores de siempre: cuando ganamos la Eurocopa del 92".
El miércoles, 2.300 daneses vinieron a Barcelona a ver el partido de Champions del Barça contra el Copenhague. Como el campo está a medias, a las aficiones foráneas las ponen en lo alto de la segunda gradería, junto a los seguidores del Barça, separados por unas mamparas. No fueron de las peores aficiones rivales que nos han visitado, aunque lanzaron botellas de plástico llenas de todo tipo de líquidos sobre los barcelonistas que estaban cerca, primero porque ganaban y después porque perdían. O sea que perdedores igual, pero ya no tan amables. Las ganas de ir por el mundo a hacer el gamberro futbolero se contagian. Ya digo que se han visto aficiones mucho peores, pero qué lástima para el estereotipo danés. Cerca de donde yo sentía oí decir: "Si lo llego a saber llevo una bandera americana".