29-N: de la decadencia a la modernización

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El Congreso de los Diputados, a principios de octubre.
30/10/2026 - 19:54 h
129º presidente de la Generalitat

En pocas semanas habrá una nueva cita con las urnas, concretamente las elecciones a las Cortes Generales. Aunque la durísima tragedia del accidente ferroviario de la alta velocidad ha cambiado un montón de cosas y ha causado un enorme impacto emocional, las elecciones se celebrarán igualmente y, por tanto, vale la pena hacer una reflexión sobre lo que está en juego.

Se nos dice habitualmente, y se nos empuja a pensar, que el dilema electoral pasa por elegir entre dos bloques: las derechas y las izquierdas. A un lado, el bloque PP-Vox; al otro, PSOE-Frente Amplio. Los acuerdos que unos y otros han formalizado para presentarse al Senado van en esta dirección. Unos dirán que hay que echar a Pedro Sánchez de la Moncloa a cualquier precio, y los otros replicarán que hay que evitar de todas todas la llegada de Feijóo al gobierno. Este esquema, suficientemente conocido, responde al interés de las cúpulas de algunos partidos, pero no necesariamente al interés general. Y, en cualquier caso, no responde en absoluto a lo que conviene a Cataluña.

Me explico. Cataluña, toda ella, debe hacer frente a cuatro retos de alta complejidad: transformar su modelo económico, garantizar su estado de bienestar, controlar su demografía y reforzar su identidad. No son retos antagónicos, sino al contrario, están íntimamente entrelazados. Para superar estos retos, la receta no puede consistir, de forma reduccionista, en elegir entre derecha e izquierda. Hace falta un proyecto que contenga la semilla del espíritu modernizador. A mi parecer, en este punto radica la misión principal del catalanismo: pasar página de la decadencia y abrir las puertas a la regeneración y a la modernización.

Decadencia es lo que vivimos en verano con la crisis de Ceuta. Un estado incapaz de controlar mínimamente sus fronteras. Un estado desbordado y sin norte. Si tenemos en cuenta que el gran crecimiento demográfico del mundo vendrá en las próximas décadas por el continente africano, nuestro sur, imaginad qué escenarios nos podemos encontrar si no somos capaces de prever este tipo de fenómenos, que temo mucho que no serán aislados.

Decadencia es la actitud de altas instancias judiciales del estado español consistente en no querer aplicar una ley, la de amnistía, aprobada por el Parlamento también español. La cúpula del sistema judicial enfrentada públicamente a la cúpula del árbitro constitucional. Todo un espectáculo, representado a la luz pública, que proyecta la degradación de un pilar básico de cualquier estado, y mucho más si se define como democrático.

Y decadencia, sobra decirlo, es haber convertido la alta velocidad en España en una auténtica pesadilla. Resulta imposible de aceptar que con muy pocos meses de diferencia la gestión de la alta velocidad haya provocado dos tragedias de la magnitud de las que hemos sufrido. Esto no es un cúmulo de mala suerte, ni de malentendidos, es el signo evidente de la degradación. Se han invertido cantidades ingentes de recursos en la alta velocidad ferroviaria, España se ha dotado de una de las redes más extensas del mundo, mucha de esta inversión se ha hecho a cambio de deteriorar gravemente la movilidad de Cercanías, y ahora resulta que el gigante tenía los pies de barro porque fallan el mantenimiento y la gestión más elementales. El daño de reputación es descomunal.

Y, sin embargo, por mucho que todas estas losas pesen, el gran desafío es cómo pasar de la indignación, la frustración y la rabia a una corriente de regeneración y de modernización. Las elecciones de finales de noviembre también van de eso. Nos hemos habituado demasiado a valorar las opciones políticas y sobre todo los liderazgos por su capacidad de ser ocurrentes en las redes sociales, simpáticos en ciertos programas televisivos, o por supuestamente hablar claro, a menudo a base de gritar mucho, gesticular más y prometer sin límite y sin fundamento. Y olvidamos, también demasiado a menudo, que no podemos dejar nuestras vidas, y nuestro futuro, en manos de los insolventes. Los asuntos públicos son demasiado trascendentes para dejarlos en manos de los que quieren quedar bien pero no buscan el bien.

Es precisamente en este panorama donde, en mi opinión, el catalanismo tiene una oportunidad y a la vez una responsabilidad. Por definición, y por contraste empírico, las mejores versiones del catalanismo siempre han traído el germen de la modernización. En este sentido, hay que volver a sentir el gusto, y el orgullo, del trabajo bien hecho. Cuando eso ocurre, los espíritus se elevan. Hace pocos meses ocurrió, en nuestra casa, con la inauguración de la Torre de Jesús de la Sagrada Familia. Hace más de tres décadas ocurrió con los Juegos Olímpicos. Y, de manera más difusa, hemos sentido este orgullo de catalanidad en muchos momentos en los que ejercer de catalanes era un signo de calidad diferencial.

Las próximas elecciones no son solo un combate entre derechas e izquierdas. Son también un pulso entre modernidad y decadencia, entre calidad y mediocridad. Justo el espacio donde Cataluña y el catalanismo podrían marcar la diferencia.

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