Ahogados por el coste de la vida?
El próximo miércoles estamos llamados a una huelga general para reclamar mejores salarios, una vivienda asequible y medidas contra el encarecimiento de la vida. Y esto en un momento en que Cataluña registra una de las tasas de paro más bajas desde 2008, el salario mínimo ha aumentado casi un 66% desde 2018 y la pobreza monetaria se ha reducido en los últimos años. Y, sin embargo, muchas familias siguen teniendo dificultades para llegar a fin de mes. ¿Cómo se explica?
Las buenas cifras no siempre se traducen en una vida mejor. La tasa de pobreza mide los ingresos en relación con el resto de la población, pero no si son suficientes para cubrir las necesidades básicas. Y un mismo salario no permite vivir igual en Barcelona que en Santa Coloma de Gramenet, ni a quien vive de alquiler que a quien tiene la vivienda pagada.
¿Pero cuánto cuesta, realmente, vivir? Es lo que hemos estudiado en KSNET y Daleph calculando el salario de vida (living wage) en cinco grandes áreas metropolitanas. En el área de Barcelona, una persona que vive sola necesita 1.722 euros netos al mes para vivir dignamente, equivalentes a 2.189 euros brutos en doce pagas. Un 54% más que el salario mínimo. No ser pobre, estadísticamente, no significa necesariamente llegar a fin de mes.
Buena parte de la explicación es la vivienda, que representa el 58% del presupuesto de una persona en Barcelona. Pero el problema no es solo cuánto cuesta, sino quién asume el coste. Según Oxfam, en Cataluña el 28,3% de las personas que trabajan y viven de alquiler son pobres una vez pagada la vivienda, frente al 6,1% de las que tienen una hipoteca. Tener trabajo ya no garantiza las mismas oportunidades: cada vez importa más si vives de alquiler, tienes una vivienda en propiedad o puedes contar con el patrimonio familiar.
Mejorar los salarios y reforzar las prestaciones sociales es imprescindible. Pero no podemos confiar en que los salarios compensen indefinidamente el encarecimiento de la vida. También es necesario mejorar la productividad para que los incrementos sean sostenibles.
También es necesario actuar sobre lo que las familias necesitan gastar. Un transporte público asequible, becas de comedor con umbrales de renta más altos o mecanismos para reducir la factura energética alivian los presupuestos familiares. Pero no todas las medidas son igualmente eficaces: las bonificaciones generalizadas de la energía o los combustibles pueden acabar beneficiando más a los hogares que más consumen. No es lo mismo abaratar la factura de todo el mundo que ayudar a quien tiene más dificultades para pagarla.
Y, sobre todo, hay que actuar sobre la vivienda. En Cataluña, la construcción de nuevas viviendas no sigue el ritmo de creación de hogares, hecho que encarece su precio. Necesitamos ampliar la oferta de alquiler asequible, también para las rentas medias, proteger a los hogares más vulnerables y ampliar el parque público de vivienda, todavía muy inferior al de otros países europeos.
Las cifras dicen que vamos mejor, y es cierto. El reto es que esta mejora se note en el día a día, y por eso no basta con esperar que los salarios hagan todo el trabajo. La huelga del miércoles nos recuerda que, más allá de los indicadores económicos, lo que importa es qué vida nos podemos permitir con lo que ganamos.