El "alma rusa" y el expansionismo de Putin
Suena un poco extraño hablar del “alma catalana”, o del “alma española”, o del “alma sueca”. Y, sin embargo, se da por hecho que existe un “alma rusa”, ese “lugar oscuro” del que hablaban Fiódor Dostoyevski, Lev Tolstói, Nikolái Gógol y casi todos los demás escritores de la edad dorada de la literatura rusa. Vladimir Putin apela también con frecuencia al “alma rusa”, en oposición a la supuesta falta de alma de la Europa occidental.
Es un asunto que se sobreentiende sin ahondar demasiado. Igual que se sobreentiende que Europa y Asia son continentes separados, pese a que nunca ha habido un consenso científico razonable acerca de dónde se situaría la hipotética frontera.
Asumamos que la realidad geográfica es Eurasia, una gran masa de tierra, y que ese inmenso continente tiene, de un extremo a otro, mucha historia compartida.
En el pequeño subcontinente europeo tendemos a pensar que de Asia sólo nos han llegado horrores: el huno Atila, en el siglo V; el mongol Gengis Kan, entre los siglos XII y XIII; el tártaro-turco Tamerlán, en el siglo XIV. Identificamos los imperios nómadas surgidos de las estepas de Asia central con la máxima barbarie.
En realidad, hay un imperio nómada anterior que unifica de alguna forma el continente, salvo las remotas costas occidentales. El primero en intuir un nexo común fue René Grousset, en su clásico El imperio de las estepas (1939). Grousset detecta en la historia antigua euroasiática una serie de vacíos que sólo pueden explicarse con la existencia de un “imperio fantasma”, poco conocido y, hasta el siglo XX, considerado un simple mosaico de tribus móviles y dispersas: el imperio escita.
En 2023, Christopher Beckwith completó el rompecabezas con su obra El imperio escita, la civilización clave en el nacimiento de la Edad Clásica. El historiador griego Heródoto (484-425 antes de nuestra era) ya indicaba que el imperio persa tenía raíces escitas. Beckwith demuestra, con una abrumadora cantidad de pruebas lingüísticas y arqueológicas, que, entre los siglos VIII y II antes de nuestra era, los escitas, una civilización original y creativa, tuvieron una profunda influencia en lo que hoy es China (Qin Shi Huang, el “primer emperador”, era de origen escita) y en lo que hoy llamamos Oriente Próximo, y en toda la inmensidad que va de una región a otra. El breve imperio de Alejandro Magno funcionó como puente entre la tradición escita y lo que llamamos “cultura occidental”.
La herencia escita duró mucho tiempo. Lo que se interpretaba como sistema tribal escita fue en realidad un eficiente sistema feudal, idéntico al establecido en el subcontinente europeo tras la caída de Roma.
Desde los escitas hasta los mongoles y los otomanos, el territorio que hoy es Rusia fue barrido, durante siglos y siglos, por las fuerzas esteparias asiáticas. Y, a partir de la edad moderna (pongamos el siglo XV), fue amenazado por la superioridad tecnológica y armamentística de las pequeñas naciones europeas.
La historia rusa es un continuo zarandeo que genera dos rasgos, creo, indiscutibles: una mezcla de resiliencia y resignación, por un lado, y por otro una preocupación obsesiva por la seguridad y la estabilidad.
A caballo entre el confín occidental europeo (San Petersburgo), las inclemencias del norte siberiano, el sur casi infinito y culturalmente ajeno (Kazajstán, Mongolia, China, Corea) y las nuevas potencias de su oriente (Japón y América del Norte), el país más grande del mundo siempre ha necesitado sentirse imperio para sentirse seguro.
Y ha necesitado inventar una serie de mitos (Moscú como “tercera Roma” y “reserva espiritual”, el “alma rusa”, etcétera) para crearse tanto una identidad como un destino, no muy distinto al “destino manifiesto” que sustenta al imperialismo estadounidense. Ambos “destinos manifiestos” se basan sobre la religión y la expansión continua.
Resulta comprensible que dos imperialistas fervientes como Donald Trump (nótese su fijación con Groenlandia y la operación de las últimas horas en Venezuela) y Vladimir Putin (empeñado en conquistar Ucrania), ambos cleptómanos, ambos obsesionados con acumular riqueza, se entiendan bien. Resulta igualmente comprensible que ambos sean vistos como una amenaza para el resto del mundo.