América, América...
El narcisismo suele funcionar a partir de una lógica implacable. En este sentido, no es nada extraño que Donald Trump haya yuxtapuesto, sin ningún tipo de complejo ni sentido del ridículo, la celebración de su 80º aniversario con la de los 250 años de la creación de su país. El pasado 4 de julio hizo público un breve discurso triunfalista y un punto delirante en el que los Estados Unidos eran presentados como la culminación del género humano. Me vinieron a la cabeza dos autores que, como saben las personas que tienen la amabilidad de leerme, me han ayudado a entender aquella nación por razones bien diferentes: Alexis de Tocqueville y Walter Lippmann. Si no conocen La democracia en América (1835) o La opinión pública (1922), este es un buen momento para adentrarse en ellas. Si Tocqueville hubiera contemplado el 250º aniversario de los Estados Unidos coincidiendo con una presidencia tan polarizadora como la de Trump, es bastante probable que su lectura fuera más curiosa que escandalizada: Tocqueville no era bien bien un profeta del consenso, sino un analista de las fuerzas que modelan la democracia. En este sentido, probablemente vería el fenómeno Trump como una expresión extrema, pero a la vez comprensible, de las tendencias que él mismo diagnosticó hace 191 años. Afirmaba que la democracia norteamericana es capaz de generar liderazgos inesperados porque el sistema favorece el ascenso de figuras que conectan con las pasiones inmediatas del pueblo. Me imagino que no lo celebraría, aunque tampoco lo consideraría forzosamente una catástrofe: son cosas que pueden pasar. Tocqueville también alertaba del peligro del despotismo democrático, una forma de poder que no se impone por la fuerza, sino por la capacidad de un líder de presentarse como intérprete único del “pueblo real”. Aquí sí que haría quizás una objeción severa: la simplificación de los conflictos y la descalificación de las instituciones y de los contrapoderes son los mecanismos que erosionan la libertad sin remedio. El despotismo moderno, decía, “degrada a los hombres sin atormentarlos”. Es decir, los hace niños, los alimenta con certezas fáciles, los dispensa del esfuerzo crítico. Tocqueville admiraba la solidez del sistema constitucional norteamericano, su capacidad de absorber tensiones sin romperse. El hecho de que, a pesar de la intensidad del conflicto político, las elecciones continúen celebrándose, los tribunales actúen, los contrapoderes funcionen, etc., confirmaría la intuición de que la democracia americana tiene una elasticidad excepcional. La pregunta es: ¿hasta cuándo? Antes del segundo mandato de Trump, esta sospecha podía parecer una exageración. Ahora mismo es una posibilidad perfectamente real.
Lippmann tampoco era un moralista ni un profeta del declive democrático, sino un analista de la percepción, de la manera como los ciudadanos construyen imágenes del mundo que raramente coinciden con la realidad, pero que siempre tienen una traducción política u otra. Para Lippmann, la democracia moderna funciona por medio de representaciones simplificadas, de esquemas mentales no forzosamente racionales, pero que permiten orientarse en un mundo demasiado complejo para ser conocido directamente. Muchos ciudadanos no reaccionan a la realidad, sino a las imágenes que reciben de ella, producidas por actores que compiten por definir el marco de lo que es “real”. De esto Trump sabe un rato: el otro día, por ejemplo, explicó a sus conciudadanos que había arrasado Irán. La enhorabuena, pues.
Seguramente, Lippmann vería la presidencia de Trump y el clima político actual como una exacerbación del problema estructural que describió: cuando cada grupo vive dentro de su ecosistema informativo, la noción de un espacio público compartido se debilita. Entonces la democracia deja de ser un debate sobre hechos y pasa a ser una imprevisible batalla campal de percepciones. En estas condiciones la opinión pública deviene por fuerza volátil, manipulable y modulable con narrativas simples que ofrecen supuestas certezas en medio del caos. Lippmann murió en 1974, mucho antes, pues, de la eclosión de las redes sociales y las fake news. La opinión pública se publicó en 1922, el mismo año en que Mussolini se convertía en el hombre más poderoso de Italia. Lo que pasó posteriormente en Europa (y en el mundo en general) ya estaba intuido en aquel lúcido ensayo. La posibilidad de un Donald Trump, también, por supuesto, pero con matices: una anomalía de esta clase estaba prevista... pero la normalización de la anomalía, no. Y esta peligrosa normalización es justamente la que se ha mostrado con claridad en el 250.º aniversario de la creación de los Estados Unidos de América.