1. Cojo la R11 para hacer el trayecto Barcelona-Girona. Voy en tren si no me hace falta ser puntual. Tengo que reconocer que los trenes son bastante regulares; eso sí, solo en los retrasos y las incidencias que sufren. Cuando no es un socavón es un robo de cobre; si no es una huelga, es un accidente. Las personas que esperan conmigo en el andén (usuarios regulares) ya no se quejan. Han tirado la toalla. Nos vamos convirtiendo, poco a poco pero sin desfallecer, en un pueblo resignado.Aceptamos con deportividad las listas de espera para ir al especialista. Si podemos, nos pagamos una mutua, pero también en la privada la presión asistencial es fuerte. Si tenemos que hacer alguna gestión con la administración –renovar el DNI, regularizar la residencia, hacernos el pasaporte o tramitar una pensión–, concertar una cita es una pesadilla. ¡Pero qué le vamos a hacer! ¡Las cosas son así!2. La entrada a Barcelona entre las 7 y las 9 de la mañana es terrorífica, pero a los catalanes nada nos da miedo. Los habituales, impasibles tras el volante, ya no pierden los nervios: aguantan civilizadamente las colas. Resignación. Mejor mantener la calma, que una maniobra inapropiada acabará en una multa. Cuando la recibas, si quieres pagarla a través de tu banco en línea, tendrás que copiar unos números minúsculos, apretados bajo un código de barras, que solo se pueden leer con una lupa de 20 aumentos. Resignación.3. En la estación de Girona, la parada de los convoyes está en un viaducto levantado sobre casas y calles, con una marquesina de hormigón que, supuestamente, te protege de las inclemencias del tiempo. Quien la diseñó se cubrió de gloria. Ahora, en verano, da sombra, sí, pero... siempre fuera del andén. Es imposible ponerse a resguardo de los rayos tórrido de un sol hirviente y salvaje.En la estación de Paseo de Gracia las cosas no son mejores. En lugar de bancos o sillas, hay una estructura de dos tubos de aluminio enganchados horizontalmente a la pared para apoyarse: están diseñados de tal manera que, quien los usa, no está ni sentado ni de pie. Pasados unos minutos, te duele todo.4. La grandeza de un país se mide también por el amor que se pone en hacer equipamientos y servicios de uso público. La primera condición, claro está, es que satisfagan la función para la cual han sido creados: las marquesinas deberían dar sombra, en las sillas te has de poder sentar, los códigos numéricos se han de poder leer. Pero la segunda es que sean agradables, que no echen atrás. Que estén bien diseñados y bien mantenidos. De esto se llama gestión.Las cosas se estropean. Envejecen. Se gastan y se estropean. La política efectiva, aquella que se dirige a mejorar la vida de la gente, tiene un primer mandamiento que debería estar grabado en una placa en las paredes de todas las consejerías y gobiernos: antes que nada, no empeores las cosas. Gestión, gestión, gestión. Para saber cuánto tiempo lleva un servicio funcionando mal, solo mira el nivel de resignación del usuario. 5. Voy a Girona a cenar con un buen amigo. Cataluña tiene restaurantes para elegir y remover; algunos, clasificados entre los mejores del mundo, están en Girona. En muchos de estos establecimientos no puedes elegir lo que comes, y cada vez menos –la servidumbre de los maridajes– lo que bebes. La justificación: lo que vives en estas ocasiones es una experiencia única.Estos días se puede ver en los cines La Odisea. He leído que el director la ha rodado pensando en un sistema de proyección solo disponible en 41 salas del mundo. Ninguna de ellas en Cataluña. La lógica de este cine es la misma que la de la alta cocina contemporánea, o de tantas otras cosas: lanzarse en paracaídas, invertir en criptomonedas o hipnotizarse con reels.6. Es la lógica de una supuesta gratificación instantánea, intensa e irrepetible. La del ravioli de yuzu cristalizado con emulsión de melanosporum. La de las explosiones sensoriales, las declaraciones bombásticas, la ganancia sin esfuerzo, las descargas de adrenalina, o las grandes operaciones colectivas que prometen redimir a un país entero.Ante esta lógica del instante único, quiero reivindicar el valor de la experiencia repetida. La lógica del cocido, podríamos decir. El sedimento de las cosas ordinarias y buenas; maneras de hacer y de ser, objetos, equipamientos o recetas que, como los refranes, representan el precipitado más valioso de una cultura, de una tradición y de la identidad de un país. Mantener amorosamente, con respeto y admiración, la cocina de la madre o del padre no está tan lejos de mantener, con el mismo amor, respeto y responsabilidad, los servicios que vertebran un país.