Andalucía: la derecha marca el paso
“Mis amigos hombres se arriman a la ultraderecha, pero las mujeres mantienen la sensatez”. Lo dice la poeta andaluza Aurora Luque en el diario El País, en víspas de las elecciones en Andalucía. Toda elección —y más las autonómicas, en las que la relación con los aspirantes es más directa— tiene sus singularidades. El actual presidente andaluz, Juan Manuel Moreno Bonilla, llegó a la Junta en 2019, después de 40 años de hegemonía socialista. Con un estilo amable y poco enfático —lejos de la política agresiva a piñón fijo de Núñez Feijóo y su entorno—, se ha ganado una cierta consideración que, en la práctica, se traduce en un desgaste limitado que le permite pescar votos más allá de su espacio, tanto a la derecha (de Vox) como a la izquierda (del mismo PSOE). Y eso en una tierra que había sido feudo del felipismo.
Andalucía es el agujero negro del PSOE desde que emergió el sistema clientelar que se había instaurado. La corrupción hizo estallar el principal feudo socialista. Y mientras no enderece su posición en esta comunidad autónoma, el sueño de las mayorías absolutas en España continuará siendo imposible. Por mucho que el perfil contenido de Moreno Bonilla pueda maquillar-lo, Andalucía confirma la tendencia dominante en la Europa actual: la radicalización de la derecha y el desdibujamiento del voto de izquierda, con un estancamiento de los socialistas y confusión más allá. Parece que la sensatez femenina aún no suma lo suficiente. Ahora mismo, es la derecha la que marca el paso con la extrema derecha a caballo. Por mucho que a Aurora Luque le resulte difícil de entender (y a mí también) —“Me deja perpleja y avergonzada la aceptación que tienen ciertos discursos de exclusión y de odio de pura estirpe nazi”, dice la poeta—, ya están aquí.
La figura de los candidatos es bastante determinante en las elecciones, y, en este caso, parece evidente que el PSOE no la ha acertado con la exvicepresidenta del gobierno María Jesús Montero, quizás porque las ambiciones socialistas eran limitadas de inicio. Mal vamos cuando se entra en una campaña con el objetivo fijado de no quedar por debajo de los 30 escaños (a veinte del potencial vencedor), cosa que ahora mismo no está garantizada. No es fácil ganar si la moral está tan baja. Un presidente-candidato consolidado frente a una aspirante que no acaba de adecuar el perfil al contexto apunta a un combate desigual: visiblemente, Moreno Bonilla se da por investido, y a Montero se le agudiza la expresión de desasosiego.
Y todo ello llega en un momento en que Pedro Sánchez ha dado un paso adelante impulsando la socialdemocracia europea en horas bajas e intentando una cierta reconstrucción de la izquierda, que ha necesitado a Trump y la guerra para empezar a despertarse. Sánchez ha visto que se abría una vía y ha dado un salto mirando más hacia fuera —y hacia sí mismo— que hacia dentro del país, una decisión que da la dimensión del personaje, pero que está por ver si está en condiciones de cuajar aquí. Moreno Bonilla no es Feijóo, ni Montero es Sánchez. Y, de momento, la derecha, cuidadosamente vestida por el candidato andaluz, continuará firme en lo que era un feudo socialista (o quizás felipista), y Sánchez tendrá que seguir jugando al todo o nada, confiando en que el cambio de ciclo llegue.
Es cierto que los delirios trumpistas complican el escenario a las derechas, pero también es cierto que las lógicas del poder financiero y digital —a pesar del nivel de degradación al que Trump ha llevado a América— aún marcan el paso, y la democracia no es su prioridad. Todo hace pensar que el domingo el PP pedirá a Sánchez que se retire tras la derrota y que Sánchez seguirá a su aire como si nada hubiera pasado, a la espera de un cambio de corriente que ahora mismo no se ve inminente.