Andrés y la cultura del reservado
"La ley debe seguir su curso". Es leer la declaración de Carlos III de Inglaterra sobre la detención de su hermano y que te venga a la cabeza Juan Carlos I refiriéndose a su yerno con aquella frase célebre, hipócrita y desmentida posteriormente por la realidad "la justicia es igual para todos". Quizá a partir de ahora lo sea un poco más, igual, la justicia, porque la detención de Andrew Mountbatten Windsor es una piedra que hace olas en el estanque mundial de los intocables. Es el estado de derecho logrando pisar territorio desconocido: los privilegios escritos y no escritos de la monarquía británica. Andrés detenido en comisaría es la carroza de Cenicienta convirtiéndose en una calabaza tirada por ratones.
La corona, para situarse por encima de la gente corriente, ha necesitado el misterio y el secreto, combinando ser de carne y hueso para parecer llanos un día, con convertirse al día siguiente en estrellas inalcanzables, y así ir alimentando el mito fascinante de la testa coronada por el derecho ancestral, ante la cual todo el mundo.
Pero la relación de Epstein y del ex príncipe Andreu va mucho más allá de la evidencia de que en las zonas de sombras se multiplica la tentación de sentirse impune. Es la demostración de cómo incluso aquellos que lo tienen todo pueden caer en la cultura vulgar de lo reservado, que es el recurso de quienes no son nadie pero tienen mucho dinero. Epstein tenía una isla privada, una mansión reservada, un avión particular y una agenda única de contactos, e incluso la realeza cayó de cuatro patas como vulgares plebeyos. Como moscas en la miel.