Los arquitectos de lo posible
Nos hemos acostumbrado a confundir el pesimismo con la lucidez. ¿Cuándo fue la última vez que un debate público te dejó con ganas de hacer algo, y no simplemente resignado? Esta pregunta define una paradoja de nuestro tiempo: nunca habíamos dispuesto de tanta información, de tantos expertos y de tanta capacidad de análisis, y nunca había estado tan extendida la sensación de que los grandes problemas escapan a nuestro control.Cada día, el debate público sigue un ritual conocido. Guerra, polarización, crisis de la vivienda, cambio climático, inmigración, envejecimiento, inteligencia artificial. Después llegan los analistas y los tertulianos, que con argumentos sólidos nos explican por qué las instituciones son débiles, por qué la política está bloqueada y por qué los retos son cada vez más difíciles. Análisis necesarios, pero que dejan una conclusión implícita: hay muy poco margen para cambiar las cosas.Quizás este es el gran ángulo muerto de nuestro debate público. Hemos confundido la inteligencia con la capacidad de diagnosticar problemas. Prestigimos a quien detecta antes los riesgos y a quien construye el relato más convincente sobre el declive; en cambio, dedicamos mucha menos energía a explorar soluciones, a comparar experiencias que han funcionado o a imaginar instituciones capaces de responder a los nuevos retos.Es como si admiráramos más al médico que describe brillantemente una enfermedad que a aquel que dedica el mismo talento a encontrar su tratamiento. El diagnóstico es imprescindible, pero no es la finalidad de la medicina. Tampoco debería ser la del debate público. La democracia necesita crítica, pero sobre todo imaginación cívica: la capacidad colectiva de imaginar futuros posibles y movilizar voluntades para hacerlos realidad. Cuando esta imaginación se debilita, dejamos de preguntarnos "¿qué podemos hacer?" y nos limitamos a preguntarnos "¿qué nos pasará?" La primera pregunta crea ciudadanos; la segunda crea espectadores.La historia nos recuerda a menudo que el futuro no obedece los pronósticos. A mediados de los años ochenta casi nadie preveía la caída del Muro de Berlín; el orden europeo parecía inmutable. Pero millones de ciudadanos demostraron que aquello que parecía inimaginable solo lo era hasta que alguien empezó a hacerlo posible.
Pensemos en la inteligencia artificial. Unos ven en ella la clave de una nueva prosperidad; otros, una amenaza para el empleo, la democracia o la creatividad. Probablemente, ambos tienen parte de razón, pero comparten un mismo error: hablar de ella como si tuviera un destino propio. No lo tiene. La pregunta no es cuál será el futuro de la inteligencia artificial, sino qué futuro queremos construir con ella. No es una fuerza de la naturaleza: es una tecnología creada por personas y orientada por decisiones (u omisiones) políticas y sociales. Que la IA refuerce los servicios públicos o amplíe las desigualdades dependerá sobre todo de nosotros, como ocurrió con las renovables, que dejaron de ser una alternativa cara y marginal cuando la investigación, la política y la inversión transformaron lo que parecía imposible.Esta es la diferencia entre predecir el futuro y construirlo, y es también la asignatura pendiente de nuestro debate público. Deberíamos dejar de premiar casi exclusivamente a quien describe mejor los fracasos y valorar igualmente a quien identifica experiencias útiles, a quien compara políticas que funcionan o a quien propone reformas viables sin caer en la ingenuidad.Imaginemos una norma no escrita: que después de cada gran diagnóstico hubiera la obligación intelectual de explorar, con el mismo rigor, al menos un camino de mejora. No una receta milagrosa: una hipótesis, un experimento, una reforma que merezca ser discutida.El nivel del debate cambiaría profundamente. También cambiaría la política. Porque el populismo prospera cuando los ciudadanos dejan de creer que la democracia puede transformar la realidad. Cuando el relato dominante es que nada funciona y que todo solo puede empeorar, es comprensible que muchos confíen en quien promete soluciones tan simples como imposibles. El sentimiento de impotencia es el mejor aliado de los demagogos y charlatanes.Hannah Arendt escribió que la política existe porque los seres humanos tienen la capacidad de empezar algo nuevo. Es quizás la idea más esperanzadora de la democracia: el futuro no está escrito, y cada generación puede alterar su rumbo si sabe imaginar aquello que aún no existe y construir las instituciones que lo hagan posible. Esta debería ser también la ambición de quienes participamos en el debate público: no solo explicar el mundo tal como es, sino ayudar a la sociedad a verlo tal como podría llegar a ser.Las democracias no necesitan más profetas del declive. Necesitan arquitectos de lo posible.