Ayuso, el poder banal
A estas alturas, el único interés de la figura política de la presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, es el de personificar la idea del poder banal: el poder en bruto que no tiene ningún otro objetivo ni propósito que el de mantener en funcionamiento el poder mismo –y beneficiarse de él, por supuesto, ella y un círculo formado por cómplices y usureros (a quienes hay que devolver los favores con intereses)–. Sus posicionamientos ideológicos son inconsistentes, vagos; incluso su anticatalanismo es rutinario, un capítulo del mismo libreto de instrucciones que incluye también el nacionalismo madrileño, la exaltación de las “raíces cristianas” de la cultura española (sea lo que sea que entiende esta gente por cultura española), la reivindicación del colonialismo español en América, el antifeminismo o el negacionismo del cambio climático y de la pandemia.La Comunidad de Madrid –un artefacto administrativo y político que debería ser discutido a fondo, empezando por su misma razón de existir– se ha convertido hace tiempo en un engranaje óptimo de esta manera de entender el poder, en la que la política, las finanzas, la justicia y los medios de comunicación configuran, en efecto, un estado dentro del estado, con unas leyes propias no escritas en ningún lugar pero conocidas por todos. Una oligarquía, si quieren llamarlo así. La escenificación más contundente de la eficacia y la afinación alcanzadas por este engranaje es el enfrentamiento de la Comunidad de Madrid con el gobierno de España presidido por Sánchez y con la Generalitat presidida por Illa, en tanto que poderes alineados dentro de la esfera socialista. El episodio –hasta ahora– más crudo y espectacular de este enfrentamiento lo han protagonizado a medias Ayuso y su asesor Miguel Ángel Rodríguez, un personaje que desmiente por completo el perfil de los spin doctors como cerebros escondidos en la sombra o detrás de la tramoya del poder. A Rodríguez, que es un bocazas, las cámaras, los micros y las redes sociales le entusiasman, y se permitió el lujo de anunciar paso a paso la caída de todo un fiscal general del Estado sin que el poder judicial que debía hacer efectivo el guion que Rodríguez iba anticipando –el Tribunal Supremo– tuviera ningún tipo de vacilación a la hora de llevar adelante una jugada tan burda y descarada. Al contrario, había una clara autocomplacencia en todo ello.Uno de los ingredientes más reconocibles de esta receta de entender el poder es la impunidad, que tiene efectos embriagadores, estupefacientes y afrodisíacos. Igual que hace de estado dentro del estado, al poder de la Comunidad de Madrid también le gusta hacer de partido dentro del partido, y Ayuso y su entorno se han hecho el mito de haber tumbado a un secretario general y candidato a la presidencia (Casado), y de tener al siguiente (Feijóo) en sus manos. Pero últimamente Feijóo se ha permitido dejar sola a Ayuso en el escándalo del ático y en la reunión del viernes del Consejo de Política Fiscal y Financiera, donde acudieron todos los barones del Partido Popular, contra el desplante de Ayuso. La impunidad es una sustancia que tiene subidas potentes, pero también bajadas bruscas.